Suroeste. Revista de Literaturas Ibéricas publica en su número 5 algunos poemas inéditos míos. Aquí, uno de ellos:
LA POSTRACIÓN Y EL CANTO
(El poeta)
Esta anemia del alma, esta
lisura
de todo lo que pudo ser relieve.
La encharcada apatía, su bostezo
sin fuerza y que abandona a la
mitad
–como todo lo deja a medio hacer
(hasta el abrir la boca)– la
desidia.
Fuera, pájaros cantan. Primavera
ya va traspareciendo el
calendario
con vagas filigranas que se
aferran,
tinta fresca, a la página del
mundo,
pero eso no le basta a su vacío:
aunque el sol distribuya su
soldada
con monedas de oro y tintinee
entre todo el ejército del aire,
no luce el mediodía si él se
apaga
y quema las jornadas perezoso
sin que les prenda fuego,
permitiendo
que se haga cenizas este tiempo
que es papel de fumar, tan
consistente
como el humo o las mótulas de
polvo.
Las horas en que el sueño queda
atrás
y parece lejana la promesa
de otro que pudiera rescatarlo
de esta total ausencia de
apetito.
Somnolencia entre sueños
dominados
por el insomnio que nunca pega
ojo.
Una resaca sin haber bebido,
una debilidad fortalecida
por toda esta desgana que, resuelta,
ha tomado el poder de su
anarquía.
Ya no hay nada que hacer: todo
está hecho
por más que reconozca que no es
nada.
El vano de la piedra de un
molino
al que se acopla el eje que la
gira
sacando de la pulpa el verde
aceite
desde ese nombre denso: la
almazara.
El surco que el estiércol
coloniza
y luego brindará dones frutales,
el tiesto puesto al sol y
vegetante
que al cabo elevará brotes y
pétalos.
Un recoveco, un pozo cuyos
límites
también forman la piel de la
expresión,
pues gracias al reposo y su letargo
llega la juventud al que
aguardaba
bajo la inercia, pleno de
energía,
caudal cuando la presa cede y
cae
con un furor de espuma
despertada.
Esta fecundidad que de lo
estéril
surge al rebotar desde la sima,
el cauce seco, senda de esa rata
–fatiga, acedia, angustia,
flojedad–
ahogada en el agua del poema.
Funambulista, duerme en el
alambre
y más desea el suelo que la red.
La indolencia no teme a la
caída;
si acaso, a tener que levantarse
de nuevo inútilmente, como el
alba
cuando ya la noche toca a su
final.
Y, con todo, aprovecha la
jornada:
la abulia lo confirma, porque el
hombre
que, aun quieto y callado,
laborando
está sin que se vea; el
deprimido
que se abisma y que cede
melancólico
a no hacer nada, mucho es lo que
hace
si vuelve canto el ritmo de su
pulso
sin tono, el vago espectro de un
latido
remiso y fantasmal. Es el poeta:
quien vierte en el vacío que es
su molde
el bronce al rojo vivo de su
vida
fría, aterida, yerta, congelada,
y llena la oquedad con la
sustancia
que da forma a su vez al hueco,
al eco,
como el aire iracundo los
pasillos
de una casa en que habitan los
ausentes
y no queda un cristal en las
ventanas.
El silencio lo es porque se dice
una vez ha acabado su silencio.
La inacción no es acción cuando
termina,
que siempre el acto estuvo allí
larvándose,
salvaje en la aparente
mansedumbre.
Retrocede el columpio hacia
adelante.
En la trinchera el héroe se
agazapa
antes de que coseche la
victoria.
En el pulmón vacío el aire
siembra
el sueño de las velas
desplegadas.
El arco inmóvil manda velocísima
la flecha, las rodillas se
flexionan
para saltar más alto; en el
ayuno
el estómago comienza su labor,
vigilia ante el banquete
presentido.
Ahíto está el que el hambre
padeciera.
En el vientre, invisible, el
feto crece
lo mismo que el tubérculo, hasta
el día
que dejen la placenta y los
terrones
con un llanto de luz
celebratorio.
El tiempo muerto es como ese
blanco
que asedia la negrura de los
versos:
un espacio que inútil se
presenta,
una falta que es todo siendo
nada,
el lienzo en que se posan las
palabras.

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