Julio
Martínez Mesanza (1955) es probablemente uno de los poetas más incómodos para
el crítico de hoy. La impecable factura de sus poemas, con su sempiterno
endecasílabo blanco, como la constante lluvia en una batalla antigua, las
imágenes rotundas y también las atrevidas, su sabia sintaxis llena de ecos
clásicos —y no sólo de la mejor tradición castellana, aún también de la
grecolatina—, todo ello parece puesto al servicio insobornable de un extraño
afán en el que lo religioso y lo metapolítico —una fe polvorienta pero viva,
fronteras que no volverán, un proteico imperium—
no son la contingencia de la actual iglesia de Roma ni el programa de partido o
bandería de ninguna laya.
Que
un poeta, a las puertas del siglo XXI, hable del Salvador y de la añoranza de
la guerra, resultará extraño. Que lo haga además con convicción y estilo, esto
debe de ser imperdonable. Al Diablo, que sin duda existe, le gustará la poesía
de Martínez Mesanza, porque al fin y al cabo habla de cosas que bien conoce:
Dios, los vericuetos del alma atormentada, las guerras, las traiciones que
hieden en puñales internos. Fangales y falanges son lo mismo. En los poemas de
Martínez Mesanza, la victoria y la gloria son la meta ante la que se interponen
y sobre la que vierten su lodo los pantanos del yo; y el caballero, el
guerrero, el soldado, el peregrino, tienen como principal adversario —y aquí su
épica se desgaja en lírica— a la voz de su propia Kundry: su ánima.
Las trincheras, su última entrega hasta
la fecha, ensancha su obra anterior, y goza de tres o cuatro poemas
memorabilísimos que con la escolta de otras tiradas admirables y algún dístico
y verso perfectos hacen que un lector escogido quiera engancharse a tan alto
ejército y, voluntario suyo, batir las mismas páginas una y otra vez en el
conocimiento de que aún ahí, tras sus filas, sus líneas, sus versos, se agazapa
una resistencia terrible: “y, con todo, empezar otra campaña: / ver que la
soledad que nos recibe / es nuestra estéril alma, que la yerma / lejanía
nosotros mismos somos; / y que somos también el enemigo”. Hay composiciones que
aportan la novedad de su extensión (alguna alcanza los 88 versos), muy superior
a la que era habitual en las primeras entregas de Europa; igualmente, se percibe una mayor inclinación a la alegoría,
que a veces coincide con el onirismo y con él se confunde en poemas como “Las
tropas en el puente”, “El río” o “El peregrino” (“La torre y los cerdos” entra
en la profecía con sus dos decenas de versos a los que gobierna el futuro).
Sucede con la obra de este autor —y puesto que en su último libro aparecen por
primera vez piezas de artillería— que muy fácilmente el lector suyo habitual cae
bajo los obuses que el poeta dispara contra una hueste de fantasmas, quedando
herido en su conciencia por las esquirlas del fuego amigo. Hablamos de
proyectiles imantados para corazones de hierro. Al autor de Europa se le puede leer la primera vez
por azar; a quien persevere, ha de perseguirle su misma gangrena para siempre.
Ni
teólogo ni estratega: hondo poeta de los conflictos del espíritu, Julio
Martínez Mesanza es una voz hoy irremplazable de nuestra literatura. En la
gaélica medieval se habla con frecuencia del “salto de los héroes”: el que
éstos, como los venerados salmones de su mitología, dan contra la corriente.
Calado hasta los huesos, Martínez Mesanza está cada vez más cerca del
nacimiento del río.
(Publicado en Las líneas de otras manos, 2009)
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