Pocos meses después de que Andrés
Trapiello haya inmortalizado en la revista Clarín
su viaje a la ciudad del poeta, Eloy Sánchez Rosillo escoge una muestra de
los Canti y nos la entrega en una
versión que tal vez sea la mejor que nos haya sido dado leer hasta la fecha.
Después se ha echado encima la primavera y ya definitivamente, con algún
desengaño, podemos decir que pasamos por una estación leopardiana, estación a
la que también ha contribuido con su granito de arena —tiempo y desolación— la
más envarada y arcaizante traducción del mejicano Bernal en la colección
trapiellana de “La Veleta”. Jugando con doble baraja, las dos magníficamente
impresas y llenas de triunfos, el autor de Salón
de pasos perdidos ha hecho de tipógrafo y diseñador de ambas ediciones
recientes de Leopardi.
Un
ramo de rosas suele ser la coincidencia, en visión y aroma, de unas flores y el
verde aderezo que las escolta, pero Sánchez Rosillo ha querido quedarse sólo
con los carnosos pétalos, los diamantes, prescindiendo de las hojas y la ganga.
Su Leopardi es esencial e irrebatible, podado a la mitad del número de poemas
que escribiera, es decir: la veintena de composiciones elegidas gozan todas de
la no prodigada condición de obras maestras. “El pájaro solitario”, “El
infinito”, “El sábado en la aldea”, “Los recuerdos”, “La retama o la flor del
desierto” y “A la luna” son ya cuentas de un rosario al que todo amante de la
mejor poesía vuelve una y otra vez. Desde ahora lo hará de la mano de Sánchez
Rosillo y su inventario de sílabas, que copian a las originales de Giacomo
Leopardi y que en el discurrir armónico de endecasílabos y heptasílabos (música
que Cernuda confiesa haber aprendido del autor de los Canti) constituyen auténtica poesía en español, hasta el punto de
que es fácil olvidar que se trata de traducciones.
El
poeta murciano ha antepuesto un prólogo confesional a este libro: palabras de
poeta sobre otro poeta. Lo que prefiere del italiano es la emoción, nos dice, y
no el frío tono moralizante de algunos otros textos. Ramillete de reflexiones y
juicios personales, las notas a los poemas sitúan a éstos en la vida del autor,
establecen las coordenadas de su dolorida existencia. Por ellas sabemos, o
recordamos, que el autor de esos versos amó perdidamente y, valga la
redundancia, fue sumamente infeliz, cosas ambas que a él, un clásico, lo
acercan al canon del romanticismo.
Uno
también tiene a Leopardi como poeta de cabecera o doctor que le prescribe su
ajenjo, y en su cerrado panteón de la tristeza lo coloca junto al autor de Endymion. Al más imperecedero y clásico
de los románticos ingleses, John Keats, lo une, efectivamente, la tragedia de
la enfermedad e incluso el nombre —Fanny— de la amada imposible (“jamás
gozada”, como se dice en un poema de Desolación
de la Quimera), mas sobre todo una forma de mirar las cosas y una decepción
que se va haciendo amargura. Pero Leopardi es aún más desconsolado que Keats.
La “Oda sobre una urna griega” del inglés precede en tres lustros a su “Sobre
un bajorrelieve sepulcral antiguo”, y en aquélla aún laten esperanzas que no
tienen de ninguna forma cabida en esta última, cuyos versos terribles rezan:
“Madre adversa y temida / por todo ser mortal desde que nace, / Natura,
detestable maravilla, / que por matar nos pares y nos nutres, / si es un mal
para el hombre / el precoz perecer, ¿cómo lo admites / en almas inocentes?”.
Trapiello
nos pintó un Recanati inolvidable en su melancolía, el natal escenario de tanta
soledad y tan honda. Al corazón lo punzan frases como ésta: “Quizás venga uno a
Recanati como cuando se visitan unas ruinas, tal vez como hizo el propio
Leopardi con las ruinas de Pompeya: para constatar una vida sepultada y
recordar un fin previsible y triste para todos”. En la biblioteca del palacio
familiar donde la árida erudición le echó años encima, entre las lomas que
encierran el pueblo y lo estrangulan, por jardines que conservan los ecos de
sus poemas y lejanas reverberaciones como de rústicas esquilas de una paz que
él no alcanzó nunca, es más fácil entender a Leopardi, escuchar con oídos más
receptivos sus fundados reproches a la vida.
Si
en un bar se nos acerca un tipo tan quejumbroso y entristado como Leopardi, lo
más seguro es que pongamos barra de por medio y lo mandemos a paseo. A idéntica
filosofía ya habíamos llegado antes nosotros (si no, no estaríamos apurando,
solos, la enésima copa, lejos de esa chica cuyos preciosos ojos no han sido
hechos para mirarnos). Ahora, cuando nos adentramos por los poemas del
contrahecho y enfermo Giacomo Leopardi, y es él quien nos invita a una
interminable ronda de derrota con su vieja verdad más abrasadora que cualquier
otro alcohol, no sólo lo miramos con simpatía. Llegamos a pensar, incluso, que
si la musa nos hubiera deparado su elocuencia, esos versos los podríamos haber
firmado nosotros.
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