Se publicó este volumen de imágenes de Joyce el
pasado 16 de junio, haciéndolo coincidir con la celebración, una vez más, del
Bloomsday. No es el primer libro de su género, pero sí uno de los más bellos.
Es un hecho
que ningún prosista contemporáneo ha concitado una mayor atención de críticos y
estudiosos, habiéndose creado un culto joyceano del que biografías como la de
Ellmann, Beja o Costello serían los evangelios; una pléyade de estudios e
interpretaciones, la teología; y los libros ilustrados, su iconografía sagrada.
Esta encrucijada de artes plásticas y literatura ha dado en los últimos años
tres espléndidos frutos que, como trinidad, encarnan en su diferencia tres
aspectos de un mismo Joyce.
Joyce’s Ireland (Yale, 1992) desplegaba un abigarrado retrato
del país del autor de Ulises durante
los años de su vida y en el marco de sus obras: Parnell y John McCormack, un
homenaje a la reina Victoria en Leinster House (hoy sede del gobierno de la
República) y un tranvía al que sortean encopetados peatones en Nassau
Street... James Joyce: Reflections of Ireland (Little, Brown and Company,
1993) era por su parte un original paseo por los libros de Joyce a través de
fotografías contemporáneas, en una sabia combinación de color y blanco y negro
(éstos últimos, mixtura mágica, en estado de gracia en unas pintas de stout).
Este Joyce Images, que en el lenguaje de Finnegans Wake podría traducirse como
“Imágenes del júbilo”, es realmente un placer para la vista y la sensibilidad,
un libro que concilia el pasado y el presente de los citados libros anteriores.
Aquí el protagonista es el propio Joyce: en Dublín, en Trieste, en París, en
Zurich; solo, con otros, irrenunciablemente él mismo bajo las muchas caras y
máscaras. Junto a fotos más conocidas hay sorprendentes hallazgos, como el de
su negra silueta recortada contra unos árboles y casas de Zurich: de espaldas,
con los brazos en jarra, con una pose a mitad de camino entre la arrogancia y
la perplejidad. Dibujos de Brancusi y Wyndham Lewis, una ilustración de
Matisse, una caricatura de F. Scott Fitzgerald y otra de David Levine se suman
a las fotografías, casi todas magníficas.
No sabemos
qué opinaría Ezra Pound, que tanto teorizó sobre el dinero, al ver a su amigo y
protegido convertido en papel moneda (el nuevo billete de diez libras
irlandesas), pero desde luego daríamos cualquier cosa por conocer sus
pensamientos en esa impresionante fotografía que lo retrata —viejo, sabio,
mudo— frente a la estatua sedente de Joyce, en el cementerio de Fluntern.
El libro,
diseñado y editado por Bob Cato y Greg Vitiello para la editorial W. W. Norton,
está primorosamente cuidado en todos sus detalles. Anthony Burgess terminó de
escribir la introducción tres meses antes de su muerte, en noviembre de 1993.
Allí, en un breve y ajustado recorrido por la vida y obra de Joyce, señala:
“James Joyce fue el más paradójico de los escritores (...) Estuvo casi tan
ciego como sus predecesores en el linaje épico, Homero y Milton, y aun así
ningún escritor ha ejercido tanto atractivo sobre los profesionales de la
imagen, ya fueran pintores, fotógrafos o cineastas.” Esta antología gráfica es
una prueba de ello.

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