Hay que prestar especial atención –cuidado– al final del
poema.
Tras el vuelo, el viaje a las alturas, el momento de posarse
es delicado. Hay que desplegar los alerones, descender con cautela y aplomo a
lo inferior de la página: el renglón, el verso último que es la pista de
aterrizaje.
El final del poema ha de ser suave, y casi imperceptible. O
brusco de travesura y cerval, un efecto para inyectar una dosis de emoción calculada
en el pasaje, porque no hay nada como salir indemne de un riesgo, cierto o
figurado.
Y como en los vuelos de antaño, cuando la técnica era aún maravilla
y milagro, ha de suscitar –aunque sea el silencioso del lector a solas– un
aplauso –aun callado– por un
pilotaje diestro y seguro.
Comentarios
La importancia del final, en un poema, me parece imposible, o al menos dificilísima, de exagerar: es decisivo. Pero no es de eso de lo que yo hablaba, sino más bien de lo que Borges dice, en el prólogo que escribió para una antología de la poesía de Quevedo preparada por él. Copio: "El defecto esencial de lo barroco es de carácter ético; denuncia la vanidad del artista". Creo que es una advertencia muy justa, y no aplicable sólo a lo barroco.
Si mi anonimato impide la publicación de esta respuesta, no importa: me basta con que la lea usted. Me gusta repetir la frase de Séneca, en la VII de sus "Cartas a Lucilio" -él la da como anónima, pero no soy el único en pensar que probablemente es suya-; como alguien reprochara a un escritor que se tomase un gran trabajo en detalles que, en el mejor de los casos, sólo muy pocos apreciarían, éste respondió: "Me basta con esos pocos, me basta con uno, me basta con ninguno". Digo lo mismo.