Así tituló Cernuda un poema acre de Desolación de la Quimera en el que fustigaba a Salinas,
catedrático suyo en Sevilla. Alejandro Duque Amusco, especialista en
Aleixandre, es el único poeta sevillano que ha ganado el Premio Loewe, ese lujo
literario que se permite la fundación de la marca que tiene tienda abierta en
la plaza Nueva (el año pasado, quedaba en la Feria del Libro a la espalda de la
caseta de Renacimiento, que uno es tanto de librerías, aunque sean nómadas, que
se imagina que los que mudan de sitio son los locales comerciales, los
edificios que las rodean). Expirado el contrato de edición y seguramente
agotado, aquel libro galardonado en 1994 viene ahora a recuperarlo la colección
Calle del Aire y se deshace con ello un malentendido que ahora, pasado el
tiempo, tiene su gracia: un comentario de Octavio Paz, presidente del jurado, que…
Mejor leerlo en la nota que incluye el libro, que es un estupendo relato, si
breve, que pende de una sílaba, como casi siempre todo en la poesía.
Son los haikus a los que se
refería Paz, y otro puñado de ellos, los integrantes de “Briznas”, el anexo del
libro, ese ático construido en lo que antes era su azotea. No son canónicos en
la distribución silábica, pero sí varios de ellos muy hermosos. Aunque hay
poemas sobre el autor de la “Oda a un ruiseñor”, acerca de Pessoa y en torno de
la protagonista doliente de Hamlet,
el libro no se ahoga en el culturalismo de estas flores, y hay verdad profunda,
especialmente sobresaliente en el memorable “Trampas” (“Aquello que posees / se
revuelve contra ti, / uña venenosa que su abundancia / clava en propia carne, /
aquello que tienes / excava dentro de ti un pozo de penuria / y te desata de lo
que más amaste.”) o el conciso y mágico “Despoblado”, en el que el aforo de las
palabras está completo y ya no se espera ni una más: todas las ahí reunidas,
tan pocas, son imprescindibles.
Aunque Marie-Christine del
Castillo no diseñe para Loewe, la cubierta del libro es más hermosa que la
original.

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