Casi mil páginas y algo más de un millar de cartas recoge
este volumen de la correspondencia de Gabriele d’Annunzio (1863-1938) con su
amante Elvira (Barbara) Leoni, una malcasada ávida del verdadero amor (como él,
que había tenido con otra mujer unas nupcias de conveniencia). D’Annunzio fue
un ser excesivo en casi todo; también en el amor, o por mejor decir pasión:
tempestuosa, arrolladora, llena de cimas y de simas. A d’Annunzio no le basta
despedirse con un “Tuyo”. Tiene que decirlo por triplicado, como una
contrafigura de san Pedro y sus tres negaciones: “Tuyo, tuyo, tuyo.” Con
triunvirato verbal, lo mismo dice: “¡Ah, bella, bella, bella!” Escribe con la
velocidad que se le supone al abanderado del futurismo, raudamente, y cuando le
cuenta al objeto de sus zozobras y delectaciones cómo lleva un libro le anuncia
que prevé la escritura de cien páginas en menos de una semana.
El escritor, militar a la sazón,
tiene que hacer frente a guardias, arrestos, imprevistos que le impiden abandonar
el regimiento e ir el encuentro con la amada; pero cuando se unen –ah, amigo
cuando se unen, y digo esto en plan decimonónico, como lo son estos billetes,
misivas, epístolas fechados entre 1887 y 1895, con una última carta rezagada de
1907– cómo vibra. Las ondas de ese diapasón aún vibran en estas páginas.
También en algunos casos tenemos las cartas de Barbara.
Él firma las más de las suyas
como Ariel, una forma apocopada de su nombre, o magnificada, según se mire,
porque así se llama el espíritu aéreo de La
tempestad, el último drama de Shakespeare. En un libro suyo, Crónicas romanas y autorretrato, cuenta
la visita al Cementerio Inglés, donde están las tumbas de Shelley y de Keats.
En una de las cartas también refiere la belleza del lugar, y en otra se hace
eco del Endimión del segundo: ese a thing of beauty is a joy for ever; en
otro lugar se acuerda de La Belle Dame
sans merci. Amelia Pérez de Villar ha traducido, introducido y anotado el
epistolario para Fórcola, desvelando sus referencias, fijando el contexto de esta
relación amorosa. No dejaría nunca de
escribirte es el título. Pero las cartas cesaron, con la ruptura, como lo
encendido busca la aliteración con las cenizas.
A ratos empalaga, satura este
amor tan reiterativo. Y sin embargo, pocas veces tiene uno ocasión de asistir,
tan al desnudo, al corazón de un autor de genio, uno de los mayores escritores
italianos del siglo XX, que ya daba excelentes frutos en las postrimerías de la
centuria anterior.

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