Poeta y prosista (esto último, en textos por lo general
breves, muchas veces adelantados en su blog), Elías Moro (madrileño de 1959,
pero residente desde 1982 en Mérida) es uno de los escritores extremeños que
más destacan en todo lo que hacen. En el terreno del aforismo, que él a partir
de la greguería de Ramón Gómez de la Serna llama morería, otorgándole el sello de su propio apellido, ya había
publicado dos entregas: 99 morerías (2011)
y Algo que perder (2015). Ahora
ofrece tres centenares en Morerías,
una colección publicada en Ediciones Liliputienses al cuidado de José María
Cumbreño.
Aunque
oficialmente la sede de esa editorial tan de gulliveriano nombre sea la Isla de
San Borondón, los libros que saca se conciben y prepararan entre Plasencia y
Cáceres. En cualquier caso, no en Andalucía, donde radican las tres principales
colecciones españolas dedicadas al aforismo (quizá haya más, pero estas son las
que ahora recuerdo): las sendas sevillanas de Renacimiento y La Isla de Siltolá
y la granadina de Cuadernos del Vigía. Quizá, por razones de distribución, el
libro de Moro no llegue a todos los lugares que debe; sería una pena, porque
hay aquí dos docenas de piezas antológicas entre muchas buenas o muy buenas.
No
es la mejor morería, desde luego, la
que equipara una nuez partida por la mitad con un cerebro (seguramente se le
habrá ocurrido antes a muchos otros, que lo habrán expresado en parecidos
términos). Pero uno cae rendido ante el acierto casi continuo (que en los
aforismos, si se me permite el oxímoron, consiste en unaexactitud imaginativa), como, en
por citar algunos ejemplos: “Cuando nos tapamos la cabeza con la almohada, nos
convertimos sin querer en los avestruces del sueño”, “Todas las noches
enviudamos de nuestra sombra” o esta otra, una de mis preferidas: “La hamaca
tendida entre los árboles es la tela de araña de las siestas”.

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