Se ha escrito que, entre otras posibles en el interminable bosque
taxonómico, hay dos clases de lectores: los que prefieren La tierra baldía y los que hallan más cerca de su sensibilidad Cuatro cuartetos. Los primeros serían
vanguardistas, más amantes del riesgo. Los segundos poseerían un temple conservador.
Pero en el fondo, es esa una distancia que en general recorre todo ser humano:
la que media entre la juventud y la madurez. Al menos, es así perceptible en el
autor de ambos poemas: T. S. Eliot, que dejó pasar quince años entre la
publicación de The Waste Land (1922) y
la escritura de “Burnt Norton” (1937), el primero de los cuartetos. Quiere esto
decir que el Eliot segundo ya pertenece a una generación distinta de la del
primero, lo que da pie para un jugoso juego paradójico sobre el transcurso del
tiempo, el fin y el principio, la relación entre el pasado y el futuro y el
lecho en que se acoplan: el presente (los temas que, junto con la redención
cristiana, imperan en Cuatro cuartetos).
José Emilio Pacheco, que estuvo
dedicado años y años a la versión (que él prefirió llamar en algún momento “aproximación”)
de los Cuartetos hasta prácticamente
el mismo momento de su muerte, anotó prolijamente el poema y entró a fondo en
sus referencias religiosas, entre las que hay paráfrasis del Eclesiastés y de
san Juan de la Cruz. Pero también del hindú Krishna. Aquí, Eliot es como el mar
en “The Dry Salvages”, que tiene muchas voces; muchas voces, y muchos dioses.
Para goce de cualquier lector, con todo, lo religioso no empece lo poético.
Pero lo cierto es que en “East
Coker” hay una reprimenda a la poesía, y un cuestionamiento de que la vejez
comporte sabiduría en vez de locura o necedad, teñidas por el miedo. Cernuda
sintió desprecio por el hombre y lo que de doctrinario, desde su punto de
vista, había en él, pero admiró al poeta y su voluntad crítica. De él, Eliot, y
de los Cuartetos procede esa Desolación de la quimera que es título
de su último libro de poemas. Son numerosos los ecos del de Missouri en el
sevillano, como lo serán en incontables poetas (de otro sevillano que vivió en
Cambridge como Cernuda, Aquilino Duque, es El
engaño del zorzal, traducción literal de un sintagma que aparece en “Burnt
Norton”).
Eliot, y concretamente los
engañosos Cuatro cuartetos (engañosos
porque cada una de las cuatro secciones son cuartetos al modo musical, pero no
constan como pudiera uno pensar de cuatro movimientos, sino de cinco, lo que no
invalida que lo contenido en este libro sea poesía al cuadrado), los han
traducido poetas de nuestra lengua como, además de Pacheco, el también mexicano
José Luis Rivas, o los españoles Vicente Gaos, José María Valverde o Jordi
Doce. Las dificultades al verterlo son varias: desde el mantenimiento del
equilibrio entre lenguaje coloquial y estilo elevado al empleo de formas
cerradas insertas en un texto aparente y predominantemente compuesto en verso
libre.
“En mi fin está mi principio”, escribe Eliot. Yo termino aquí estas
líneas volviendo a su inicio, a la comparación con La tierra baldía. El examen atento de las correcciones de Ezra
Pound al manuscrito muestran que originalmente el poema era mucho más
desordenado, una acumulación más heterogénea. El Eliot que ya es otro –quince
años después– ha aprendido y Los cuatro
cuartetos son ya una obra maestra de la coherencia y la jerarquía; también
del freno, del decoro, incluso de la flema anglicana que caracterizó a Eliot
desde su conversión en –un año que a nosotros siempre nos sonará a poesía y
generación– 1927.
(Publicado en la revista El Ciervo)

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