Esta mañana, cuando me dirigía a comprar los periódicos en
el quiosco de prensa de la calle Almirantazgo, me he encontrado con Ana y Ángel
Yanguas justo ante el portal del edificio en el que he estado varias veces para visitarlo y recabar alguna información e él, quienes me han dado la noticia: el
pasado jueves murió su padre, Ángel María Yanguas Cernuda, el sobrino de
Cernuda. Se trataba del único hijo que sobrevivió (el otro murió niño durante
la guerra civil) de Ana, la hermana casada del poeta.
En el correspondiente tomo de sus
diarios, Andrés Trapiello cuenta cómo lo trató cuando se preparaba un volumen
con motivo del congreso que en Sevilla se celebró para conmemorar al autor de La realidad y el deseo en el veinticinco
aniversario de su muerte. Creo que Andrés cargó las tintas ahí, pues el retrato
que ofrece lo presenta desfavorablemente, típico de tantos herederos de autores
que estorban la difusión de sus deudos. Al menos, no es la imagen que yo guardo
de él: puedo decir que me trató con corrección y disponibilidad cuando me
documentaba para escribir la biografía de Cernuda. No me facilitó, alegando el
carácter íntimo y lo difícil de su acceso, en un trastero, las cartas que el
exiliado desde 1938 fue mandando a lo largo de los años a la familia. Lo
comprendo, en el fondo. Ese epistolario habría aportado sin duda información
para reconstruir la vida de Cernuda, pero en él no hablaba el poeta sino el
familiar, el hombre.
Cuando fui a México, llevé
recuerdos de su parte a la familia de Concha Méndez, a Paloma Altolaguirre y
Paloma Ulacia. A la vuelta, le transmití saludos de quienes conocieron al
sevillano que en su casa de Coyoacán escribió Desolación de la Quimera. Fui testigo del afecto entre aquellos que
llevan la sangre de quienes convivieron en Madrid y en la Ciudad de México.
El
legado de Cernuda fue adquirido hace años por la Residencia de Estudiantes. En el
domicilio sevillano junto a la catedral cantada en Ocnos quedaban algunos ejemplares valiosos de la biblioteca del
poeta, libros sobre él y poco más. Cernuda quiso a este sobrino, al que
conoció, y fue feliz cuando le dio a su vez un sobrino nieto, al que ya no
llegaría a ver en persona. A don Ángel, caballeroso, amable, me lo encontraba
por este barrio nuestro dando el paseíto primero a pie y luego, ya impedido, en
compañía de una cuidadora, aún caminando con bastón inicialmente, luego ya en silla de
ruedas. Hacía tiempo que no lo veía por el Arenal, por la avenida. He sentido
su muerte como la de alguien cercano; como un apéndice, un capítulo o una nota
al pie de la vida de su tío. Leeré algunos versos de este para recordarlo.
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