I
Despojadas
de piel, las calaveras
se
apilan blanquecinas en sus gradas,
en
paredes de ojos y mandíbulas
y
orificios nasales. Contemplaron
la
luz de México-Tenochtitlan,
pero
hoy que están ciegas las observo
con
el pavor de un hombre de Cortés
que
ha sobrevivido al escorbuto
para
ver estas olas de cadáveres
y
horror petrificado. El mediodía
bruñe
ya sin sudor unos frontales
que
no guardan recuerdos ni inquietudes.
Un
coro silencioso grita y calla
conjuros
de una raza enmudecida.
II
Marcho con Bernal Díaz del Castillo
y
no dejamos huellas tras nosotros
como
no imprimen trazas por el cielo,
pese
a su nombre azul, los zopilotes.
Pero
aquí sin embargo los vestigios
de
una cruel sillería alucinada.
Como
huevos que puso el sacrilegio
en
hileras que incuba la serpiente,
¿es
esto un camposanto o la fatiga
de
hombres que se cansan de ser hombres
y
elevan un altar al matarife?
III
¿Se
puede profanar lo abominable?
¿Masacrar
a los muertos? Sin pensarlo,
desecamos
de sangre la laguna
dejando
sangre nueva sobre el polvo.
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