Vas a la frutería a aprovisionarte de naranjas para los
próximos días. Y te encuentras con un río de carretas, ya presagiado por los
cánticos escuchados nada más pisar el patio, camino del zaguán. Vas a por fruta
para mañana y te encuentras estos restos de ayer, o de hace siglos, mondas del
tiempo. El buey que mete la testuz bajo los ejes, ¿es de hoy o de otro mayo, de
1654 por ejemplo? No les dejan pasar este año el Quema, desbordado por las
lluvias. Tú tienes que vadear como puedes esta corriente de sombreros de ala
ancha y zahones, de vestidos de flamenca. Aún no se ve el simpecado.
***
En la frutería, la que despacha saluda a una que llega tras
de mí. Parece que la visitante está al tanto de la vida y milagros de la que
ralentiza mi atención y tarda más por kilo, más segundos por naranja. Le
muestra los zapatos de deporte que se compró ayer, no sin advertirle que ya les
ha cambiado los cordones. La otra, para no quedar atrás como presumida se saca
el teléfono móvil y le enseña, no sé a cuenta de qué, una de las fotografías
almacenadas y, gorda por lo ufana más que por el peso, le dice mira la
cinturita que yo tenía. Me fijo en el calibre de las alcachofas, estupendas. En
los esbeltos espárragos que a su
vez miran, con ligera torsión de la cabeza, el techo del establecimiento.
Cuando salgo con mis bolsas, aún están ponderando lo juncal de la oronda, y no
responden a mi hasta luego. El viejo que pasa las mañanas sentado en el banco
dando cuenta de los periódicos deportivos del hermano de la frutera,
solidarizándose conmigo, profiere con la boca desdentada adió, sin levantar la vista de la crónica de un entrenamiento y sin
saber que he dejado con toda su orfandad en el quiosco el diario balompédico
que acompañaba al que he comprado.
***
Volviendo a casa, al alcanzar el Postigo, me doy
cuenta de que hay más clientes de lo habitual ante la churrería. Estas cosas
ocurren: se anuncia que va a echar el cierre y la gente viene a llevarse los
últimos churros, como tras un naufragio la playa se llena de buscadores de
despojos. A unos metros, lo que fue restaurante francés, que traía borgoña y
burdeos, abre ahora como abstemio restaurante halal, según anuncian la
caligrafía árabe y el alfabeto latino. Insensible al curso de las cosas y los
rostros de la decadencia, la pared que cierra el establecimiento, en su fondo,
tal vez se alegre, como resto de la muralla almohade que es.
***
(Al regresar a casa, la calle que recorrieron los romeros se
ha adelantado a la descarga de la borrasca: está mojada antes de que las nubes
se abran en chaparrón –¡ahora empieza!–, con un baldeo que se ha llevado,
siguiendo a Heráclito, los orines y los excrementos de las bestias)
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