LOS
MURCIÉLAGOS
Cada uno, en su ceguera,
ha visto más portentos
que el sol:
alzarse las campanas en la
torre
también alzada
achicando los ámbitos aéreos
y aupada como un niño sobre
el padre
que fue hijo suyo,
un obstáculo, un eco
sentido sin tocar o
contemplado
por un sentido que la lengua
nombra
dificultosamente;
también ha visto
crecer el caserío de
tinieblas,
horas hechas a la escala
del hombre;
el silencio del muecín.
Giran, regresan,
y guardan la memoria de otra
forma
en un cielo más amplio:
el
minarete.
Royendo nubes,
dejan caer migajas de rocío
en el mantel de cuadros de
las calles
que los miran partir cada
mañana,
no migratorias aves,
no pájaros:
las fijaciones negras
de viejas pesadillas.
Circunvalan la piedra,
evitan las paredes
cortejándolas
lo mismo que quien baila con
un muerto.
Obstinadas membranas
rememoran
un circuito de noches
repetidas.
Eternos en lo breve,
perpetúan,
el individuo no, sino la
especie,
un vértigo y vestigio
de lo futuro y bajo.
Al tribunal supremo de la
luna
acuden y en sesiones
levantadas
dirimen largos pleitos con
las aves.
El aire sin aristas se les
duele
de su miembro amputado,
el volumen del vuelo ya
imposible.
La arquitectura, sin embargo,
canta
fundiendo tradiciones e
instrumentos
en un coro que danza, como
ellos,
giróvagos en torno a la alta
torre
–ese tallo crecido–,
tornasombrados.
Comentarios
Buen poema.