Son numerosos los poetas que como vía paralela a la creación
de su obra propia traducen poemas ajenos, casi siempre por afinidad, por gusto,
por hallar una cierta forma de completarse en una alteridad que hacen propia al
tiempo que se enajenan convirtiéndose en voz de otros. No era tan frecuente
esto, sin embargo, hace seis o siete décadas. El caso de Luis Cernuda es
especial porque destaca entre los miembros de su generación, la del 27, como un
poeta que traduce, al igual que también fue un poeta que hizo crítica (por
crítica me refiero al juicio sosegado, no al presuroso despacho de recensiones
de compromiso o faenas para ganarse unas perras en algún periódico o suplemento),
pero no fue un caso aislado. Fueron varios los compañeros suyos que vertieron a
otros poetas, es cierto; señaladamente, Manuel Altolaguirre, quien junto con su
mujer Concha Méndez llegó a fundar la espléndida revista 1616 (fasto fúnebre de Shakespeare y Cervantes, como este año vamos
a oír hasta la saciedad), que unía lo mejor de la poesía inglesa y la española;
pero también Jorge Guillén, por ejemplo, fue reuniendo versiones de poetas
universales en Homenaje. Alonso,
Alberti, Prados, también vertieron a otros poetas. Una amplia muestra de las
traducciones del 27 fue publicada por la Fundación José Manuel Lara en su
colección Vandalia a cargo de Francisco Javier Díaz de Revenga.
Con
todo, Cernuda es relevante porque él fue quizá el mejor poeta romántico español,
con todos los matices que se quiera, más de un siglo después del apogeo del
romanticismo, como supo ver Philip Silver. Y porque podemos rastrear la huella
de los autores traducidos en su propia obra poética, que, no es ningún secreto,
acaso sea la más alta de su generación y, desde luego –en esto no cabe
discusión– la más vigente.
De familia francesa por parte de
madre, Cernuda leyó en la lengua de esa parte de sus antepasados, los Bidou –o
Bidón, como se naturalizó el apellido en España–, y cuando terminó sus estudios
y abandonó Sevilla fue lector de Español en Toulouse. Pese a ello, y al margen
de seis poemas de Paul Éluard aparecidos en la revista malagueña Litoral en 1929 (encargo de ese casi
borrado José María Hinojosa), su primera tentativa como traductor fue de una
lengua de la que apenas tenía conocimiento: el alemán. En colaboración con Hans
Gebser, con quien tomó clases, emprendió la traducción de una selección de
poemas de Hölderlin. Y esta fue la puerta por la que entró en el mejor
romanticismo europeo, luego acrecentado con su lectura de Leopardi y el trato y
la traducción, con y de, algunos románticos ingleses.
Publicado en Cruz y Raya, su Hölderlin es de 1935, el año en que Cernuda, tras
ser más o menos neoclásico y simbolista en Perfil
del aire y Égloga, Elegía y Oda, tras recalar en el
surrealismo de Los placeres prohibidos
y el romanticismo en ciernes de Donde habite
el olvido (título que coloca al amparo de Bécquer), compone Invocaciones, que será su último libro
escrito íntegramente en España antes de los dos primeros de su período
británico, cumbre de su poesía: Las nubes
y Como quien espera el alba. En
“Canción al destino de Hiperión” hallamos alguna torpeza expresiva, como “Mas
no es dado a nosotros” (en vez de “Mas no nos es dado”), pero los aciertos son
notables (sin duda, Gebser proporcionaba una primera traducción más o menos
literal y Cernuda le daba el toque poético, el acabado).
“Mi conocimiento de la lengua alemana era
menos que elemental”, confiesa, y lo da a entender una vez más cuando dice en
el mismo Historial de un libro: “Al ir descubriendo, palabra por
palabra, el texto de Hölderlin, la hondura y hermosura poética del mismo
parecían levantarse hasta lo más alto que pueda ofrecernos la poesía.” Hay
además, poemas de Hölderlin que se vinculan a otros suyos. “Tierra Nativa” es
como presentimiento de su propio destino de exiliado, y exactamente el título
del cernudiano “Tierra nativa” (escrito en 1941 e incluido en Como quien espera el alba). Pero es más,
su eco alcanza a esa composición acerbísima, “A sus paisanos”. Invierto aquí el
orden; primero, la estrofa con el final del poema de Cernuda, luego la del
comienzo del de Hölderlin en traducción de aquel:
Si
queréis
Que ame todavía, devolvedme
Al tiempo del amor. ¿Os es
posible?
Imposible como aplacar ese fantasma
que de mí evocasteis.
Benignas riberas, vosotras por
quienes fui formado,
¿podéis calmar las penas del amor?
¡Ay!
¿O devolverme vosotros, bosques de
mi infancia
cuando retorne, mi tranquilidad nuevamente?
“Aplauso de los hombres”, del de
Tubinga, es prácticamente el mismo título de su “Aplauso humano” (del mismo
libro y fechado en 1942). En ambos poemas se trata del poeta enfrentado al
mundo, que es uno de los temas recurrentes del sevillano. Estas palabras del
traducido suenan con un dejo
personal de labios del traductor: “Gusta la multitud lo que el mercado precia /
Y sólo al violento honra el criado”, y particularmente anuncian la tercera
estrofa del poema de Cernuda: “La consideración humana tú nunca la buscaste, /
Aún menos cuando fuera su precio una mentira, / como bufón sombrío traicionando
tu alma / A cambio de un cumplido con oficial benevolencia.” Por su parte,
“Fantasía del atardecer” recuerda poderosamente a “Primavera vieja”. Las estrofas
4 y 5 concuerdan particularmente con el poema de Cernuda:
Por el cielo crepuscular la
primavera abre;
Rosas innúmeras florecen; quieto
semeja
El mundo áureo. Oh, llevadme
hacia allá
Púrpuras nubes, y que allá arriba
En aire y luz se aneguen mi amor y
sufrimiento.
Pero como ahuyentado por inútil
pregunta
El encanto se va. La noche cae. Y
solitario
Bajo el cielo, como siempre,
estoy yo.
Finalmente, “El cementerio” tiene
su correlato en sendos poemas de Las
nubes y de Como quien espera el alba:
respectivamente, “Cementerio en la ciudad” y el bellísimo “Elegía anticipada”.
Por otra parte, entre las traducciones de Hölderlin que Cernuda dejó inconclusas, está “El Águila”,
título que se corresponde con el poema de Cernuda que abre Como quien espera el alba. Ambos textos tienen como referente la
Grecia clásica, con su mitología, sus dioses. El de Cernuda trata del amor de
Zeus por Ganimedes (sobre le cual Hölderlin escribió –una coincidencia más– otro
poema).
Luego, al comienzo de su estanca
en Gran Bretaña, Cernuda elige traducir con su amigo Stanley Richardson dos
sonetos de William Wordsworth, que entre la gran obra del coautor de Baladas líricas son elegidos porque
tienen algo que ver con España, que en esos momentos está ya en su tercer año
de Guerra Civil: “El roble de Guernica” y “Cólera de un español altanero” (Hora de España, 1938). También traducirá
poemas de William Blake (“El niño negro”), John Keats (“Oda al otoño”) y
William Butler Yeats (“Ephemera”) en
la revista mexicana Romance (1940). Igualmente
traducirá a Andrew Marvell (“La definición de amor”), Robert Browning (“Una Toccata de Galuppi”) y, también Yeats, (“Bizancio”),
que incluirá en Poesía y Literatura.
Inéditas en vida de Cernuda, son traducciones de Gérard de Nerval, Hölderlin, William
Blake, y un poema anónimo inglés del siglo XVI. Entre los poemas blakeanos, hay
uno que guarda un verso con el que sin duda se sintió identificado, dado su
carácter que muchos hemos calificado de difícil: “Si altanero me envidian; si
débil, me desprecian.” Hizo también algunas otras traducciones de las que tal
vez no quedara satisfecho, porque no han llegado hasta nosotros. Así, en 1940
escribe desde Glasgow a Concha Méndez y Manuel Altolaguirre que tiene traducida
la Defensa de la poesía, de Shelley,
y El matrimonio del cielo y el infierno,
de Blake. También les decía a sus amigos en esa carta que había pensado
traducir algunas de las hermosas cartas de Keats, aunque aún no lo había hecho.
Algunos párrafos los vertió, no obstante, en Pensamiento poético en la lírica inglesa. Siglo XIX. Defensa de la poesía se lo ofreció a
Bergamín, quien aceptó publicarla en su editorial Séneca, pero nunca más se
supo. Por cierto, que Bergamín sí recuperó en su editorial las traducciones de
Hölderlin en 1942, para indignación de Cernuda, que se las tuvo que ver con los
hechos consumados sin posibilidad de corregir algunos fallos que había
detectado.
Luego en la segunda mitad de 1946
traduce Troilo y Crésida, de Shakespeare.
Al hispanista Edward M. Wilson le hizo numerosas consultas. En reconocimiento a
Wilson, Cernuda le dedicó la publicación malograda del primer acto en la
revista mexicana El Hijo Pródigo,
dirigida por Octavio Paz. Pero la revista dejó de publicarse, y la traducción
no apareció hasta ver la luz, completa (pues Cernuda siguió trabajando en ella
durante su estancia norteamericana), en Ínsula, en 1953. En Con otro acento.
Divagaciones sobre el Cernuda “inglés”, escribí: "No podemos sino especular por qué
eligió esta obra, pues el poeta no declara en parte alguna los motivos, pero el
caso es que efectivamente la obra es amarga en lo amoroso y tiene como telón de
fondo una guerra interminable en la que pueden verse concomitancias con la
civil española o la recién terminada contienda mundial, o la suma de ambas, que
Cernuda padeció primero en España y luego en el Reino Unido bajo los raids de
la aviación alemana".
En el prólogo a su traducción,
Cernuda expresó cuál había sido su voluntad: “En la traducción he pretendido, ante todo,
fidelidad al texto original, combinadas literalidad y equivalencia, tratando de
que el lenguaje no choque al lector o auditor por una modernidad extemporánea.”
También manifestó que “pocas veces, excepto en mi traducción de Troilus and Cressida,
de Shakespeare, he trabajado con fervor y placer igual”.
Un día otro hispanista, Charles
David Ley habló en la BBC sobre poesía española, y se ocupó de Cernuda, Panero,
Ridruejo, Montesinos y otros, y al poco recibió sendas cartas de un poeta que
escribía en español y deseaba publicar en alguna revista española y de un
conocido poeta inglés que había estrenado un poema dramático en Londres y París
(confieso que no he podido averiguar quién era) y deseaba verlo representado en
nuestra lengua. Habiendo preguntado Ley a Cernuda si estaría dispuesto a hacer
la traducción, el sevillano contestó con suficiencia característica que él sólo
traducía a Hölderlin y a Shakespeare, y añadió: “Además estas dos cartas que
recibe usted son típicas de la gente de este país; no le importa nada las cosas
interesantes que usted dice de la poesía española, pero en cambio, un don nadie
quiere verse traducido en español.”
También tradujo Cernuda el primer
acto de Romeo y Julieta. Lo comenzó
en 1948, pero quedó inédito. Lo que nos ha llegado es muy buen trabajo, cosa
que él no siempre pudo o quiso decir del de otros. En algunas ocasiones Cernuda
emitió opiniones sobre otras traducciones de Shakespeare. Así tilda de ridícula
la versión de Hamlet a cargo de
Salvador de Madariaga (con quien tuvo buena relación y mantuvo una valiosa
correspondencia), o con gran expresividad censura a León Felipe: “extraña que
eligiese a Shakespeare, el máximo artífice del lenguaje, que haya probablemente
existido en cualquiera de las lenguas modernas, para traducirlo o adaptarlo. Al
leer las traducciones o adaptaciones que de Shakespeare hace León Felipe,
nuestra sorpresa dolorosa acaso sea igual a la de Don Quijote al ver transformada
a Dulcinea en labradora manchega”.
Entre los papeles póstumos de
Cernuda se encontró un texto introductorio que explica su labor al traducir Troilo y Crésida: “El diálogo alterna
prosa y verso, éste sin rima excepto al final de algunos parlamentos, donde
aparecen uno o más pareados, cuyo consonante he sustituido por asonante. La
ausencia casi general de la rima ha permitido mayor fidelidad a la expresión
original, que en una traducción poética estimo como más importante.” En cuanto
al tipo de verso, a su métrica: “He usado un verso de medida variable, por lo
general entre el endecasílabo y el alejandrino, que trata de sustituir a su
manera el tono y el acento dominantes del verso original. Es más que probable
que no lo haya conseguido. Pero sí creo evidente en mi traducción el amor y la
reverencia que me animaron y sostuvieron para llevarla a cabo.” También entre
los papeles póstumos había una nota introductoria de Romeo y Julieta: “El verso se ha traducido como verso y la prosa
como prosa; cada verso dice, o trata de decir, lo mismo que el verso
correspondiente de Shakespeare. Para eso el traductor ha creído necesario
adoptar un verso de arte mayor de medida variable, y no exclusivamente el
endecasílabo que correspondería en la métrica castellana al “blank verse”
inglés.”
Y un poco más adelante: “Los
juegos de palabras se han traducido tratando de buscarles equivalentes en
castellano, sin pretender explicarlos por medio de notas, en las cuales el
lector, a menos que conozca el inglés (en cuyo caso no necesita que le ofrezca
traducción), no halla, ni comprende, el rasgo de ingenio o de humor original.”
No siempre in embargo empleó ese
verso flexible, que suele oscilar entre endecasílabos y alejandrinos y que
permite no dejar fuera contenido léxico del original. Al traducir los
tetrámetros yámbicos de Marvell emplea uniformemente el eneasílabo.
Pero sería faltar a la verdad
ocultar que Cernuda hizo también traducciones para hacerse con algo de dinero.
No ganó mucho ni se sintió a gusto realizando este trabajo. En una carta a
Derek Harris, fechada justamente la víspera de su muerte, escribió: “Yo no
acepto y reconozco como traducciones hechas por mí sino las dos que menciono,
que el amor y la admiración me llevaron a realizar. Esas otras traducciones las llevé a cabo por
necesidad de ganarme algún dinero (poco, dadas las costumbres groseras y
salvajes de los editores españoles), sin que yo eligiese obras ni autores a
traducir, sino la estupidez ignorante de los editores. Por eso no quiero que se
mencionen."
Fueron estos libros alimentarios,
Molière, de Ramón Fernández (Madrid,
La Nave, 1932), Teatro de Clara Gazul y
La familia de Carvajal, 3 tomos, de Próspero Mérimée (Madrid, Espasa Calpe,
1933), Pablo y Virginia, de
Bernardino de Saint-Pierre (Madrid, Espasa-Calpe, 1933), La prodigiosa vida de Honorato de Balzac, de René Benjamin (Madrid,
La Nave, 1934), y Goethe y Beethoven,
de Romain Rolland (Madrid, La Nave, 1934). Es probable que también le
disgustara que saliera a la luz, en particular la de Benjamin, que apoyó al
bando nacional en la Guerra Civil y que, miembro de L’Action Française, más
tarde fue acusado de colaboracionismo en la Francia que emergió de la II Guerra
Mundial, por lo que fue obligado a abandonar la Academia Goncourt. Aunque
Benjamin no aparece mencionado en ningún momento de la obra de Cernuda,
suponemos que este estaría al tanto de sus vicisitudes. Fue también autor de un
libro, Gaspar. Los soldados de la guerra,
con el que obtuvo el Goncourt en 1915 y que tradujo nada menos que otro
insigne, Manuel Azaña (Calpe, 1921).
Ya antes, en carta de 31 de
octubre de 1928 había hablado Cernuda de unas traducciones que iba a hacer y
cuyo cobro le permitirían a la vuelta de Toulouse no tocar el dinero que tenía
ahorrado. No sabemos cuáles serían estas traducciones. Sí sabemos por otra
parte que en 1936 tradujo el Ubu Rey
de Jarry para su representación a cargo de María Teresa León (no se conserva el
texto de la traducción y la obra no llegó a montarse), y que en 1926 había
pensado hacer lo propio con Une saison en
enfer, de Rimbaud, así como que cinco años después tradujo La historia del soldado, de Stravinski,
para una representación con muñecos que montó la Sociedad de Cursos y
Conferencias de la Residencia de Estudiantes bajo la dirección de Daniel
Vázquez Díaz y con la participación de Rivas Cheriff y José Caballero, pero
estas traducciones hay que enmarcarlas en el grupo de las hechas por motivos
literarios y no para ganarse la vida o vivir más holgadamente.
Pero volvamos, para acabar, a
esas traducciones que hizo por gusto. Por ejemplo, la “Oda al otoño”, de Keats,
en general traducida en alejandrinos salvo dos versos de la segunda estrofa:
“Aquel que en torno mira hallarte suele / Sentado con descuido en los
graneros.” Keats murió el 23 de febrero de 1821. El último verso de la oda dice
“o trinan por el cielo bandos de golondrinas”. Esos bandos (“and
gathering swallows twitter in the skies”) van a posarse a “Primavera
vieja”. Cernuda retuitea el verso de Keats y lo hace gorjeo propio, más que
como gorrión como urraca que hurta, como cuco que se apodera del nido. “El
cielo harán más vasto con su queja / bandos de golondrinas”, escribe en uno de
sus más bellos poemas. Un poeta que siempre ha sentido admiración por Keats y
por Cernuda, Andrés Trapiello, acoge en un poema de El mismo libro a esas aves con los que se va este artículo de
versos migratorios, es decir traducidos de la latitud de una lengua a la de
otra.:
De agitación y sombras
llenaron el crepúsculo los
grandes
bandos de golondrinas
que ensayan la partida.
(Publicado en el nº 122 de Clarín)

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