Si no soy profesor, es por voluntad propia (yo mismo me cerré la puerta a serlo); si soy crítico,
lo soy por propia voluntad, pero únicamente en la medida en que leo con
atención y solo ofrezco mis impresiones después de seleccionar
cuidadosamente las obras. En realidad soy solo un tipo que escribe, sin
desdeñar, en las páginas en que lo hace, el comentario de sus lecturas. Naturalmente,
no puedo ni debo decir públicamente qué me parecen muchos libros que recibo,
porque ello supondría herir a sus autores y emplear un tiempo del que no
dispongo y que, en cualquier caso, sería más provechoso dedicar a otras tareas.
Agradezco la deferencia de pensar en mí como lector, pero leerlo todo no está a
mi alcance y en cualquier caso me impediría realizar mis propios proyectos de
escritura, que a lo mejor también merecen ser publicados. Además, creo que los
errores más comunes es preferible señalarlos de manera genérica, no para
ilustración y quizá escarnio de un autor en particular sino para el hipotético aprovechamiento
de muchos otros. Aquí dejo, pues, algunos defectos hallados en un libro
reciente de poesía, que empañan sus virtudes aunque no lleguen a anularlas. Las
comparto sin ánimo de aleccionar y porque su autor o autora ha solicitado mi
opinión.
El
yo, hay que cuidar el yo: dejar que se ausente del poema. El impulso lírico
nace de él, de sus emociones, pero en los poemas que admiramos muchas veces
estas surgen a su vez de la contemplación del mundo exterior, de otros seres
humanos, de la naturaleza, de la huella del tiempo en los objetos. Conviene
mirar afuera. Incluso inventar. La poesía no es necesariamente no ficción;
dicho de otro modo, puede serlo. Y también es útil no dejarse arrastrar por
cadenas de asociaciones y de imágenes muchas veces irracionales, y por el
contrario es recomendable dominar el flujo del poema haciendo que este sea una
unidad orgánica, que parezca que no podía ser de otra manera, con una
conclusión que, sorprendente o lógica, parezca ser el destino necesario de todo
lo anterior que hasta allí conduce.
Pero
no todo es cuestión de mirada y perspectiva. La sonoridad es muy importante.
Quien empieza debe entender que son las palabras y su disposición las que hacen
al poema, no su asunto o la mera expresión de sentimientos. Conviene cuidar los
metros: si se es un genio, innovar y conseguir una música propia, original,
inconfundible; si no, manejar con soltura los versos clásicos, que en nuestra
lengua son, desde hace mucho, los de la familia impar (pentasílabos,
heptasílabos, eneasílabos y endecasílabos), sin menospreciar el alejandrino. Y
estos versos no son únicamente un número, un cómputo de sílabas como el niño
que se pone a contar con los ojos cerrados y, jugando al esconder, los abre a
ver si ahí está el verso: hay que conocer y emplear la distribución acentual
correcta, que es la que el lector de poesía reconoce y aprecia. El verso libre,
el versículo, se pueden emplear también, naturalmente que sí. Pero es precisa
la solvencia rítmica para hacerlo sin desfallecer. Ah, y se pueden incluir a
veces versos de otra medida o sistema acentual, pero para romper la posible
monotonía, no por impericia.
Igualmente
hay que vigilar las asonancias: el oído fino –y el autor ha de tenerlo en grado
superior al lector, si quiere retener a este a su lado– las detecta y rechaza
cuando no obedecen a una arquitectura deliberada como en los casos del romance
o de los espléndidos endecasílabos asonantados, por ejemplo, de Claudio
Rodríguez en Don de la ebriedad.
Se
me ocurren más cosas, pero no quiero fatigar a quienes hayan tenido la paciencia
de llegar hasta aquí, en esta nota ya demasiado larga. Por otra parte, no
descubro nada nuevo: repito lo ya sabido y que uno mismo, no sin tropiezos y
sonrojos, ha ido aprendiendo a partir de sus propios errores y, sobre todo, de
la lectura de los grandes.
Biblioteca de la duquesa Anna Amalia en Weimar

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