El otro día escribí siete poemas, uno detrás de otro. Bien sé que esto, en vez de motivo de orgullo, es como confesar que uno ha cometido los siete pecados capitales.
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Las mejores erratas son las que se cuelan en las propias fes de erratas. Son, por así decir, su aristocracia.
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Tres veces he visto en directo a Bob Dylan. Tampoco quiso hablar conmigo ninguna de ellas.
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Oír los pasos propios por la calle. Eso sí que asusta en una ciudad que ha sido tomada por el ruido. De repente es uno un fantasma.
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