Me
gusta, me gusta verlos así, juntos en una misma página. Arrebujados en
una entrada de la Enciclopædia Britanica que se ocupa de todos ellos, veo a los
hermanos Brontë, de tan corta y trágica vida, como en un panteón familiar,
compartiendo unas imaginarias flores marchitas o aventadas por el viento de su
nativo Yorkshire hasta nuestros mismos pies estos días de difuntos.
Maria
(1813), Elizabeth (1814), Charlotte (1816, celebramos pues el segundo
centenario de su nacimiento), Branwell (1817), Emily (1818), Anna (1820)… Todos
murieron jóvenes. Charlotte, la que más vivió, solo alcanzó los 38 años.
Muertas en su adolescencia las dos mayores por las malas condiciones de vida
del internado en que estudiaron según Charlotte, esta se convirtió en la hermana
mayor, y en la precursora de una tendencia a escribir y a cultivar las artes que
fue general entre los cuatro vástagos supervivientes del matrimonio contraído
por Patrick Brontë, un clérigo anglicano irlandés del condado de Down, inclinado
a la literatura, y Maria Branwell, que falleció de cáncer en 1821. Charlotte,
Emily y Anne, junto con el hermano varón Branwell, idearon reinos (Angria y,
luego, Gondal) de los que imaginaron romances, guerras, intrigas. Acaso lo
hicieran para aminorar el dolor de la madre muerta y la desazón de la convivencia con una
tía, hermana de la madre, que fue a cuidar a los huérfanos más desabridamente
que con cariño. Se conservan algunas de aquellas páginas infantiles, que ya
apuntan a lo que se convertiría en un año admirable de la literatura inglesa:
1847. Ese año, con diferencia de muy pocos meses, Charlotte, Emily y Anna
publicaron cada una de ellas una novela: respectivamente, Jane Eyre, Cumbres
borrascosas y Agnes Grey.
Branwell
fue educado por el padre, que pronto tuvo que hacer frente al carácter díscolo
del chico, quien luego se dio a la bebida y al opio (como un trasunto de Thomas
de Quincey) y murió en 1848. Las chicas aprendieron las labores femeninas
propias de su sexo en aquella época (que se limitaban a coser y poco más), de
modo que dispusieron de mucho tiempo para leer y urdir, también ellas mismas,
historias.
Charlotte
y luego Emily siguieron a sus hermanas mayores a aquel internado de Cowan
Bridge, en Lancashire, pero volvieron a casa al terminar el curso de 1825, tras la
muerte de Maria y Elizabeth. La experiencia resultó opresiva y deprimente.
Cuando en Jane Eyre escriba sobre el colegio al que va la
protagonista, Lowood, Charlotte se inspirará en aquel centro de tan desagradable memoria.
En la rectoría de Haworth siguieron a su aire los cinco años siguientes, hasta
que en 1831 aproximadamente Charlotte fue enviada a otro colegio del que fue
primero alumna y luego, a partir de 1835, dos años maestra. En el ínterin
volvió a Haworth y se ocupó durante tres años de la enseñanza de sus hermanas
pequeñas, y sobre todo, a leer y escribir junto con ellas. Charlotte fue contratada como
institutriz por algunas familias, y en 1842 fue con Emily a mejorar su francés,
con la intención de montar luego una escuela. Allí Charlotte se enamoró de
Héger, el dueño de la academia. A su regreso a Inglaterra le escribió unas
cartas de amor que fueron halladas en 1913.
Si
decimos que se cumple el segundo centenario del nacimiento de Currer Bell,
nadie sentirá ninguna emoción al respecto. Pero si añadimos que era el seudónimo
adoptado por Charlotte Brontë, la percepción cambia radicalmente. Temerosas de
la acogida desfavorable que pudiera tener su obra entre los críticos en una
sociedad literaria que era casi íntegramente masculina (como el conjunto de la
sociedad, por otra parte), y recelosas tanto de la severidad como de los
halagos vacuamente caballerosos, Charlotte, Emily y Anne firmaron una colección
de poemas en 1846 con el sencillo pero engañoso título de Poems by Currer, Ellis and Acton Bell. Los tres eran nombres
masculinos, cuyas iniciales correspondían a los nombres de pila de las tres
chicas Brontë. El apellido Bell, que también compartía inicial con el de ellas,
pertenecía al ayudante de su padre en la rectoría, alguien que no solo cedió su
apellido para este pequeño embuste literario, sino que volvería a hacerlo a la
propia Charlotte cuando casó casi un decenio después con esta. Ellas mismas
sufragaron el libro, del que se vendieron únicamente dos ejemplares. Son
estimables las composiciones de Charlotte y de Anne, pero la que verdaderamente
destaca como poeta es Emily, una de las grandes poetisas del XIX inglés.
En
1847 salieron las novelas, ya se dijo, y poco después, en ocho meses murieron
Branwell, Emily y Anne. La hermana precursora quedó sola. En 1849 apareció Shirley, una novela social en la que se
refleja la irrupción del mundo industrial, con las nuevas maquinarias y las
pérdidas de puestos de trabajo, y también con un tratamiento feminista. Luego, Villette, que recoge la experiencia de
la autora en Bélgica, con temas que fueron elaborados a partir de la primera
novela que escribiera y que fue rechazada, El
profesor (editada póstumamente en 1857).
Tras
rechazar también ella a varios pretendientes, cuando ya parecía que era un
solterona irredenta, Charlotte se casó en 1854 con el coadjutor de su padre,
aquel Bell que fuera su seudónimo. Murió al año siguiente por complicaciones en
el embarazo. Si hoy, a partir de los cuarenta de la gestante se puede hablar de
un embarazo de riesgo, a mitad del XIX una mujer de treinta y ocho años era
definitivamente mayor para ello. Dejó el comienzo de otra novela más, Emma, que luego ha tenido continuación
en manos de otras autoras. La crítica de su tiempo vio “groseras” Shirley y Villette, pero el público se rindió a Jane Eyre, que fue pronto reeditada. En 1857 también una escritora
de fama y a la que llegó a conocer, si no a entablar con ella una gran amistad,
publicó su biografía: era Elizabeth Gaskell; el libro, Vida de Charlotte Brontë.
Jane Eyre. Una autobiografía es una
excelente muestra del llamado romance gótico, un género en el que intervienen
lances amorosos rodeados de ambientes y situaciones en apariencia
sobrenaturales que luego resultan tener una explicación racional. Rechazado el
manuscrito de El Profesor, los
editores la invitaron a enviar en el futuro alguna otra novela, y Charlotte,
que ya tenía muy avanzado Jane Eyre
la terminó y envió en muy poco tiempo.
La
novela está escrita en primera persona (a la que volvería en Villette), y narra la vida de una joven
que pasa por algunas vicisitudes parecidas a las de ella, como la temprana
enfermedad y una educación traumática, hasta el hallazgo del amor y, tras pasar
varias pruebas, dar a luz un hijo del hombre que ama (lo que Charlotte, ay, no
pudo llegar a hacer).
Sería
una burda tarea por mi parte tratar de resumir en una página la trama de la
novela. Someramente, se puede decir que sigue cinco etapas: la infancia de
Jane, que sufre los malos tratos de su tía y de sus primos; educación de la
huérfana en Lowood School, donde hace amistades pero sufre el peso de una
educación muy rígida; su empleo como institutriz en Thornfield Hall, una
mansión aislada en los páramos, y el enamoramiento de Edward Rochester, el
dueño de la casa; su huida y estancia con la familia Rivers, y la propuesta de
matrimonio de St. John Rivers, tras saberse que Rochester estaba casado, y tras
producirse la aparición de la esposa de este, que, loca, estaba encerrada en
una habitación, lo que justifica algunos misterios que se han tenido lugar
hasta entonces; la llamada telepática o corazonada que hace que regrese a Thornfield, que arde en un incendio
provocado por la esposa loca y acarrea importantes lesiones para Rochester, a
quien cuida y, con el cual, purgada su culpa simbólicamente por el fuego, se
casa y engendra un hijo.
Al leer Jane Eyre se tiene la impresión de que hay algo de ella en Rebecca, la novela de Daphne du Maurier
convertida en exitosísima película por Alfred Hitchcok. Esto es algo que ya ha
señalado la crítica: ese pasado que arroja su sombra gótica sobre el presente y
hace claustrofóbica la mansión que finalmente arde, purificando y haciendo
borrón y cuenta nueva. Por cierto, que Jane
Eyre también ha sido adaptada varias veces al cine y al formato de las
series de televisión.
Hay
algunos estereotipos en la novela, como las penalidades del huérfano –aquí la
huérfana–, tan presentes en la literatura de Dickens y otros pero una realidad
insufrible para quienes la padecieron. Al igual que en las farsas judiciales de
la actualidad siempre se echa la culpa a los muertos, en las novelas del XIX
los difuntos eran los seres virtuosos, como sucede, por ejemplo, con el bueno
del tío de Jane Eyre, que en paz descanse, y la malvada tía, que hace la vida
imposible a la niña. Pero una gran aportación suya es la de mostrar desde una
perspectiva femenina las relaciones amorosas. Además, presenta un tema que el
feminismo ha estudiado a fondo, como es el de la loca encerrada en el ático,
que ha tenido una destacada presencia en el imaginario literario de las
escritoras de aquel siglo y que ha sido interpretado por algunas ensayistas. En
el capítulo XII escribe estas líneas que son, también en esto, precursoras:
“Se supone que las mujeres han de ser por lo general muy
sosegadas: pero las mujeres sienten lo mismo que sienten los hombres; necesitan
ejercitar sus facultades, y un ámbito para sus esfuerzos lo mismo que sus
hermanos varones; padecen una contención demasiado rígida, un estancamiento
demasiado absoluto, el mismo que sufrirán los hombres; y es mezquino por parte
de sus congéneres más privilegiados decir que deberían limitarse a hacer dulces
y hacer calceta, a tocar el piano y bordar bolsos. Es una desconsideración
condenarlas, o reírse de ellas, si quieren hacer más o aprender más de lo que
la costumbre ha dictaminado como necesario para su sexo.”


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