FORMAS DEL AGUA. LA POESÍA DE JOSEP M. RODRÍGUEZ
Despacharé enseguida el asunto inevitable de la intromisión
personal, que tan parecido es al agua –un pintor de brocha gorda me decía la
otra tarde que el agua no tiene huesos, para indicar que siempre se cuela por
cualquier rendija–, y diré que cuando empezaba a preparar el lanzamiento de la
revista Estación Poesía tuve muy
claro desde el inicio que Josep (a quien desconocía en lo personal, aunque
estaba familiarizado con su obra) tenía que aparecer en el primer número. Ello,
por razones que trataré de exponer a continuación.
Las
características de su poesía podríamos fijarlas provisionalmente en hondura
metafísica, cuidada factura y presencia de imágenes y metáforas muy certeras.
De la tradición japonesa toma, además, la concisión (se trata en general de
composiciones breves) y una estructura que a menudo, independientemente del
número de sílabas, replica la del haiku. En muchos poemas suyos hay estrofas o
partes de ellas que podrían funcionar aisladamente como haikus. Espigarlas no
es difícil. Una muestra: “La nieve del tejado se deshace / poco a poco, / igual
que la belleza de la mujer que amo.” (“Inicio”). Si el poema anterior abre su
antología Ecosistema (Pre-Textos, 2015),
el siguiente en esta ofrece también en “Extremos” lo que podría ser, rotas las
amarras con el resto de la composición a la que pertenece, otro haiku
espléndido: “Igual que los extremos de una cuerda, / la oscuridad / y el miedo
a que despiertes.” Es una tendencia que persiste, porque en “Distancia” (Frío, 2002), poema que en Ecosistema sigue a los ya citados, “Miro
mis pies / desnudos / y pienso en todo aquello / que lo pasos no abarcan.” Otro
ejemplo serían estos tres versos de “Nocturno y mar”: “A lo lejos, / los peces
trazan surcos en el agua. / Ágil caligrafía.” La plasticidad es buena y
abundante, como sucede asimismo en “Las nubes”, cuyo principio es un poema
imaginista que se podría codear con otros de H.D., Richard Aldington o Ezra
Pound. Quizá le convenga esta calificación: mostración con elipsis, poesía
imaginista con misterio. Así, el humo de una fábrica es un intestino que crece
y “oscura imagen de la serenidad”. Otra joya:
El
sol es un faquir
que se ha
tumbado
lento
sobre
pinos de aguja.
Hay,
como se ve arriba, un rasgo de esta poesía que se aviene mal a ser representado
en un texto en prosa con el corte versal señalado por barras. Mejor
reproducirlo como en las páginas de sus libros, a pie de verso:
¿Qué
se extingue primero,
el fuego
o la madera?
Esos
sangrados refrenan la dicción sin romper el ritmo, y resaltan, enfatizan. No
rompen, dan alas. Y físicamente retardan la acción, hacen que cuaje lo físico,
como en “Continuidad”, donde al hablar de los errores, “que están bajo la
piel”:
Fluyen
lentos
como
un arroyo helado.
No
tiene miedo a reiterarse, porque en “El corazón del bosque” vuelve a emplear el
mismo recurso, con la repetición de las palabras “fluyen” y “arroyo”. Pero
ahora este fluir es en singular, “pesadamente, / como una babosa.” Lo más
prosaico, una lata vacía de refresco, roja, se convierte por la transfiguración
de la mirada poética en ese “corazón del bosque”. En otra página, “Todo es
parte de todo, / un mismo árbol.” Rodríguez se ha impregnado de sustancia
oriental y se diría que hay mucho de zen en su obra: se ve en ese buscar el
reverso de las cosas, en potenciar la visión mágica, alternativa o paralela; en
apreciar lo relativo de distancias, magnitudes, imposiciones naturales. En
primavera, fueren a florecer los azulejos. El adentro y el afuera son el uno el
correlato del otro, como en lo declarado por Hermes sobre el arriba y el abajo.
En “No impreciso, incompleto”, el sujeto del poema parte el pan, y el mantel se
llena de migajas; unos versos más allá, el mismo fenómeno ya no es doméstico
sino de la fenomenología atmosférica: “Afuera / también se desmenuza el día: //
cada copo de nieve es una tregua.” Esa permeabilidad de lo externo e interno reaparece
en varios poemas suyos. En “Necesidad”, “las sensaciones nacen en la piel, //
son una lluvia lenta, / hacia adentro.” Esta idea introspectiva está igualmente
en el crecer hacia adentro del hormiguero en “También”.
Uno
de sus mejores poemas tal vez sea “Yo, o mi idea de yo”, donde el individuo se
pone en contraste con la especie, y la creación con la destrucción, la muerte
con el nacimiento. Hay mucho de poesía y vida cíclicas en Rodríguez, y de
correspondencias. Sobre las personas del verbo y sobre ese ouroboros, el poema
“Principio y fin”. Vuelve a hacerse precisa la presentación tipográfica que
respete el sangrado:
Y
hablar de ti,
en el fondo,
también
es una forma de egoísmo.
Esa circularidad reaparece de
diversas maneras. En el mencionado “Continuidad”, la interlocutora dice: “Si tengo mariposas en mi estómago / es
porque en otro tiempo / me tragué las orugas.” “Astilla” abunda en esto, en
una suerte de canto a las reencarnaciones (no metempsicosis, sino
transformación de la materia). Parece imposible arrancar de este poema unos
versos a modo de ejemplo. Aquí va entero, un organismo vivo del que no se puede
extirpar ninguno de sus órganos:
ASTILLA
Ha
esperado
paciente
a clavarse en
tu dedo.
La simiente
creció
hasta
ser árbol,
que más tarde
fue mueble
y ahora
germina en ti su podredumbre.
Dime entonces
qué aguardas
para cerrar el
ciclo,
para hundirte
en la carne
de lo que
llamas mundo.
Sería un error creer que como
explícitamente en “Estancia japonesa” las influencias del poeta soplan todas
del este, porque también en el oeste hay referencias, no solo mediante las
presencias como epígrafes de Trakl, Rilke, Yeats o Breton, por ejemplo, sino en
versos que son casi el cierre de un soneto de Shakespeare (de los primeros
dedicados al Fair Lord): “No dejes
que la rosa se marchite, // comienza a construir tu invernadero.”
El poeta baila al viento y no es
que sortee los obstáculos, es que a veces se apoya en ellos, como para tomar
impulso. Una comparación, un “esto parece aquello”, son por lo general maneras
de abordar la analogía inferiores a la metáfora. Lo que comienza siendo un
inicio débil, aunque bien presentado visualmente por la caída de “y profunda”
por la demostrada capacidad del poeta, se convierte en palanca que levanta esa
gran pregunta, deudora de lo anterior, a lo que completa y da sentido,
rescatándolo de lo simple y casi inane:
De tan negra
y profunda
la tristeza parece un pozo de
petróleo.
¿Se formará también de aquello que
está muerto?
Cierro con el líquido que empecé;
transparente en Josep y nunca insípido. Como el agua, también sin huesos, su
poesía entra con facilidad en el lector, sin abandonar la niebla, el enigma.
Cuidada, con mucha elaboración que no es contradictoria con el fogonazo, tienen
una apariencia natural, accesible, que apela lo mismo a quien no acostumbra a
leer poesía como al más exigente asiduo del género.
(Publicado en un monográfico de la revista Fragmenta dedicado a Josep M. Rodríguez)

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