SAN
ISIDORO EN LA ACADEMIA
Ve:
vierte el visigodo sobre el lienzo
el
oro destilado de una turba
mordida
a tremedales caledonios
o
pantanos de Hibernia nebulosa.
Su
hábito y casulla, el crucifijo,
el
libro abierto, el báculo inclinado
y
esa tonsura que la tiara cubre
componen
el perímetro de un hombre
que
como el público apenas si reprime
un
bostezo que da nonas y asiente
a
las otras externas que redoblan,
a
las otras eternas que se doblan
desde
espadañas graves, cielo arriba,
como
siglos de bronce admonitorio
que
marca los instantes fugitivos.
Escucha
la visión que se oscurece
con
eco que se apaga y late ciega
camino
de la noche y del silencio
igual
que la dalmática que vuelve
al
ropero en que gira ya la llave.
(Un poema que escribí esta semana ante la vista de una copia de Murillo que preside el salón de actos de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras)

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