El año que termina es, entre otras efemérides literarias, el
del centenario del nacimiento de Roald Dahl. El escritor británico más conocido
del siglo XX en el ámbito infantil hasta la aparición de J.K. Rowling y su saga
de Harry Potter nació efectivamente en 1916 en Llandaff, cerca de Cardiff, en
Gales. Murió en 1990 en Oxford, pero ese es otro cantar –fúnebre– y hoy lo que
toca es celebrar su venida al mundo.
Roald
era hijo de padres noruegos, que le pusieron ese nombre por un compatriota que
había copado las primeras planas de los periódicos del país escandinavo, el
explorador Roald Amundsen, culillo de mal asiento que teniendo tan cerca el
círculo polar ártico emprendió el camino del sur y fue el primero en acertar de
lleno en la diana de la Antártida. Inquieto como él sería su tocayo, quien
también tendría alma aventurera y que ya desde la infancia demostró ser
travieso, inconformista. Unos la travesura la dirigen a alterar la geografía y
a saltar la tapia de los límites geográficos, y otros como Roald Dahl la
canalizan en pequeñas gamberradas, como cuando una vez este metió un ratón en
el interior de un tarro de dulces en una tienda de una arpía que arrojaba su
sombra biliosa sobre él y sus compañeros, aquellos zagales galeses. Aquellos
galopines de Gales luego, como es regla en las narraciones de este tipo, aunque
sean de hechos reales, fueron castigados en el colegio y azotados con vara, que
era el rasero con el que Inglaterra medía los dos polos, los dos hemisferios de
las posaderas de sus escolares.
Luego,
porque las desgracias nunca vienen solas, Dahl fue a un internado en
Inglaterra, no muy lejos de Llandaff, y más tarde a otra escuela más remota. No
fue feliz en ninguna de las dos, siempre sometido a la rigurosidad de la educación
que al padre le parecía tan excelsa y que, precisamente por seguir la voluntad
de este, ya muerto, hizo que su madre lo mandara a una suerte –mala suerte, sin
duda– de exilio, del que Roald quiso desterrarse aunque fuera fugazmente en
regreso a la patria, al hogar, fingiendo descaradamente una apendicitis que al
menos, enfermedad fantasma que daba miedo con sus aullidos artificiales entre
las sábanas, lo hizo volver por casa unos días y dormir en su propia cama.
Dahl
no quiso cursar ninguna carrera universitaria. De modo que cuando acabó su
educación se presentó a una entrevista de trabajo de la petrolera Shell y, al
ser aceptado, marchó a Canadá y luego a Kenia y a lo que hoy es Tanzania,
peregrinajes que lo fueron confirmando como digno heredero del nombre de Roald
Amundsen. Su evocación de África es muy atractiva, con el encuentro con
serpientes y leones que deseaba hallar.
Al
estallar la Segunda Guerra Mundial, Dahl ingresó en el ejército británico con
el grado de teniente, y al mando de un pelotón de nativos se enfrentó a los
alemanes. Luego entró en la RAF como piloto. Herido, fue trasladado a
Alejandría, en Egipto. Combatiría en Grecia, pero no cansa con batallitas y da
gusto seguirlo por esos cielos y esas tierras que recorrió.
Dahl
escribió muchísimas obras infantiles y también relatos para adultos. Pero por
su encanto, por su sencillez, son muy recomendables dos obras suyas que no
pertenecen a la ficción. La primera es Boy
(Chico), sus memorias de infancia. La
segunda, Going Solo (Volando solo) la continuación de la
historia de su vida, ya en la juventud y hasta la entrada en la edad adulta,
con sus lances en la aviación. Finaliza esta autobiografía nada literaria (en
el sentido de que son los años previos a la escritura y a su carrera de autor
de éxito) sin pisar el umbral de la madurez, sobre la que ya no escribirá, como
si quisiera limitar su recuento a los sucesos que forjaron su personalidad, y
cómo él también fue modelándolos, pues este es un rasgo principal de las
personalidades fuertes, y la de Dahl lo lo era.
En
las últimas semanas he dado algunas charlas sobre Roald Dahl a la chavalería de
varios institutos. Más allá de la monserga sobre lo bien que está leer,
blablablá y hacer, por ejemplo, una apología de Matilda, del personaje de la
chica lectora de una de sus novelas más conocidas, he preferido centrarme en la
vida del autor tal como él la contó, del ser de carne y hueso. Algunas
lecciones se pueden extraer de ella: sin ir más lejos, la conveniencia de
aprender idiomas, pues fue gracias a su conocimiento del swahili como pudo
salvar la vida de su criado africano al advertir a este, a voz en grito, cuando
una gran serpiente estaba a punto de devorarlo. Y que se puede padecer alguna
lesión, por ejemplo en la vista, y ver luego, cuando parecía que esta estaba
perdida, hasta con clarividencia y enfrentarse a la página en blanco y llenar
miles de ellas al convertirse en escritor. Tampoco es manca la lección de luchar
a brazo partido, de la perseverancia, del empeño en trabajar duro para llevar
la vida que se quiere. Finalmente, se me ocurre, que hay vidas que, bien
contadas, como es aquí el caso, pueden entretener y enseñar más que libros de
ficción. Vidas ejemplares, no necesariamente de santos ni de héroes, en las que,
espejo mediante de la simpatía humana, vernos reflejados, reconocidos.


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