En 1961, Luis Cernuda mandaba una tarjeta postal a José
Lezama Lima en la que acusaba recibo de Dador,
la última publicación del cubano: era un mensaje escueto en el que simplemente
agradecía la atención del envío y no entraba en detalles sobre el libro. Algunos
años antes, en 1953, el poeta sevillano escribía también al habanero
agradeciéndole, tardíamente, el envío de Analecta
del reloj. Allí sí que se explayaba y entraba a fondo en la poesía de
Lezama. Me parece que sus opiniones, dirigidas al mismo autor en carta y no
mediante comentario indirecto publicado en reseña o estudio, hablan por sí
mismas y, por debajo de la natural amabilidad habitual en las relaciones
epistolares, pone los puntos sobre las íes en esto que últimamente se debate a
partir de mi crítica de la edición de envoltorio tan hermoso de la Poesía completa de Lezama, en la que –se
trata de mi opinión– es mejor el papel que lo envuelve que el caramelo,
empalagoso y con sabor extravagante para mi paladar.
Decía Cernuda al cubano: “Hace
tiempo que quería escribirle, y darle las gracias por el envío de Analecta del reloj, su libro tan
inusitado en cualquier tierra de habla española, admirable y diabólicamente
hermético. Pero no es usted autor de lectura, no digo ya fácil, ni siquiera
difícil, sino recóndita, y exige tanto empeño y concentración como su trabajo
ahincado y reconcentrado merece.” Añadía que acababa de estar con Octavio Paz y
que tanto el mexicano como él sentían “muy vivo interés por sus escritos”. Y
que él, Cernuda, sintió admiración y extrañeza al leer el estudio de Lezama
sobre Góngora al publicarse en Orígenes.
Las líneas que siguen vuelvo a reproducirlas en su integridad por lo valiosas
que me parecen en esto de la poesía de Lezama:
No crea, al oírme estas palabras
de “extrañeza”, “hermético”, recóndito, en prejuicio alguno. Trato de reconocer
una cualidad suya o reacción de lector mía, nada más, sin que ello represente
opinión favorable o desfavorable.
Es que usted,
querido Lezama, no concede ventaja a
priori al lector. Y como ocurre en el poeta, sus escritos en verso y
prosa corren paralelos y el mismo
pensamiento, aunque en distinto medio, se enfrenta en uno y otra. No exige
usted menos del lector cuando le habla en verso que cuando le habla en prosa.
Finalmente, antes de pasar a otro asunto, Cernuda declaraba,
y yo creo que en clara oposición a la poesía: “No sé si decirle que prefiero
los dos estudios sobre Garcilaso y sobre Góngora.” Yo, y con casi rubor por
adosar el mío a esos nombres, tengo también en más estima la obra en prosa de
Lezama que sus versos. Lo cual no quita para que en estos, como ha quedado de
manifiesto en el debate mantenido estos días pasados, halle momentos felices y
fogonazos intermitentes a los que el “ruido” de tanta iluminación eclipsa.
He
citado a Cernuda. Un poeta que él admiró y que yo admiro, Yeats, a quien he
traducido por extenso, tiene una obra también amplia y variada. De ella no es
el oscuro “Letra para música, quizá” lo que me parece más estimable, ni el
galimatías en prosa Una visión, sino
poemas memorables como “Un aviador irlandés prevé su muerte”, “Plegaria por mi
hija” o “Meditaciones en tiempo de guerra civil”, por no hablar del hipnótico y
mágico “El sueño de Aengus”. Pero lo más hermético de Yeats (muy diferente de
lo hermético de Lezama) no invalida la altura del irlandés, que es a su vez
profundidad. Sigo manteniendo que no me parece un gran poeta Lezama, como he
descubierto gracias a mi crítica que es opinión extendida entre muchos, como
también son numerosos, hay que reconocerlo, los que la aprecian e incluso, en algún caso, idolatran. Ello
no le resta grandeza como autor en conjunto, prodigioso creador de Paradiso y artífice de revistas,
impulsor de movimientos y ensayista. Si no creo en el maniqueísmo en la vida en
general, tampoco hago artículo de fe de las opiniones literarias, y no me niego
en redondo a ver virtudes parciales en el protagonista u objeto de estos párrafos.
Cierro con Cernuda, con quien empecé: hay quienes valoran más su época
surrealista y los que anteponemos la de libros como Las nubes o Como quien espera
el alba. Depende de gustos y afinidades. Ahora bien, hallo en el Cernuda más
irracional elementos menos arbitrarios y gratuitamente floridos que en Lezama.
Será por eso que el autor de La realidad
y el deseo sí me parece un gran poeta y el de Dador no.
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