La voz de Johnny Cash desembocaba, como la de todos, en los
oídos, y se puede afirmar que fue, y es, muy del gusto de los del público, lo mismo en
su país que fuera de él. Lo que no está tan claro es de qué fuentes venía,
porque ese río caudaloso es difícil que ascendiera de los pulmones y más
probable es que surgiera de algún órgano (y órgano es también nombre de
instrumento) aún no identificado por la ciencia médica, alguna caverna oscura
en cuyas reverberaciones se producía el milagro de que, oyéndolo, uno asistiera
a una novela invertida de Julio Verne: viaje desde el centro de la Tierra.
Pero no se quedaba Cash en el
alarde de su voz portentosa: también fue compositor de un elevado número de
canciones y de poemas, que hablan de América pero con un eco –otra voz el
sonido– de Judea y de la Biblia. Cash tuvo formación de pastor evangélico, especialista
en el Libro de Job. Pastor descarriado que sucumbió a la adicción a las drogas,
un sureño desnortado que recuerda, en su tortura autoinfligida, al protagonista
de la novela Sangre sabia, de Flannery
O’Connor. Son esas palabras las que recoge Eternas
Palabras. Los poemas inéditos (Sexto Piso) en solvente traducción de Andrés
Catalán, quien ya ha vertido a importantes poetas y pronto realizará la gesta
de dar, íntegras, las producciones líricas de dos gigantes estadounidenses y
tocayos: Robert Frost y Robert Lowell. Otro poeta residente en Nueva York, el
norirlandés Paul Muldoon, es el encargado de introducir a Cash en Eternas palabras. Y ahí se pregunta algo
que es pertinente cuando se trata de inéditos: “¿Es posible que el propio Cash
eligiera no redondear, puesto que no pensaba grabarlos, algunos de estos
textos? ¿Estamos haciéndole a él y a su memoria un flaco favor al bajarlos del
desván para ofrecérselos al resto del mundo?”. La respuesta, más allá de lo que
pueda decir Bob Dylan, sopla según el grado de veneración que cada cual sienta
por Cash, pero es evidente que no son grandes poemas, aunque sí, emocionantes a
menudo, importante testimonios y letras que retornan a los orígenes de la
poesía como algo vinculado al canto. Sobre este asunto, el propio Cash se
manifestó en “Qué hará un soñador como yo”: “Dicen que las canciones son para
cantarlas sólo / Lo dicen los que nunca escuchan: sordos / Mientras suena la
música.”
Por su carácter documental, cabe
destacar “No hagáis una película sobre mí”, ruego que, como se sabe, no fue
atendido. Allí, un verso de este hombre obsesionado por la religión: “No hay
pecado más limpio que el más sucio”. Muy poco antes de morir, Cash escribió
“Para siempre”, un poema en el que acierta a medias y a medias se equivoca,
porque lo cierto es que su nombre sigue suscitando reconocimiento y hasta
entusiasmo. Como se aprecia, el traductor ha mantenido las rimas con objeto de
preservar el sabor a canción: “Me dices que moriré / Como las flores que tanto
amé / Nada de mi sombra quedará / Nada de mi fama se recordará / Pero los
árboles que he plantado / Aún son jóvenes / Las canciones que canto / Aún
seguirán cantándose.”
El volumen incorpora algunas
fotografías, reproducciones facsimilares de manuscritos y, en apéndice, los
textos originales de los poemas, datados a lo largo de nada menos que seis
décadas.

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