Luis
Cernuda tomó su fusil
Había quedado con Francisco Barrionuevo en una vieja taberna
de Sevilla. Lo hacemos de vez en cuando para hablar de poesía y ponernos al
corriente de nuestras vidas. Barrionuevo es poeta de una excelente obra, casi
toda inédita. Como Joan Margarit, es también arquitecto. Precisamente de un
colega difunto venía a hablarme ese mediodía, de alguien a quien trató
profesionalmente y con quien conversó prácticamente hasta su muerte, hace tres
lustros. Antonio Delgado Roig (que llegó a ser casi centenario, pues cumplió
los 99 años de edad) fue, además de autor de otros proyectos, el arquitecto de
la basílica del Gran Poder y, en la aldea almonteña, del santuario del Rocío.
Gran cofrade, era el hermano número uno de la Hermandad del Silencio, de la
cual llegó a ser hermano mayor (como luego lo ha sido su hijo). Hombre culto,
inquieto, de gran vitalidad, se le podía ver pasear su elegante figura, siempre
caballeroso y bien vestido incluso en el verano tórrido hispalense, hasta poco
antes de su fallecimiento. Lo que vino a decirme Paco Barrionuevo fue que,
amigo del hijo de Delgado Roig, este le había estado hablando del servicio
militar del padre, y que entre los papeles perfectamente clasificados, en su
excelente archivo, había dado con unas fotografías de gran interés, no solo
sentimental.
En
efecto, lo eran. Barrionuevo me espetó entre sorbo y sorbo de oloroso: ¿Tú has
visto alguna vez a Cernuda con un fusil? Hice memoria rápidamente. Repasé
mentalmente el magnífico Álbum
editado por James Valender para la Residencia de Estudiantes, invoqué la amplia
iconografía que he manejado de Cernuda durante los años de preparación de su
biografía y aún después (esos retratos extraordinarios del fotógrafo mexicano
Tomás Montero Torres, ya maduro el poeta), pero no había en los negativos de mi
memoria ninguna imagen bélica de Cernuda, aparte de una fotografía de grupo en
la que el poeta estaba de uniforme con compañeros de armas cumpliendo el
servicio militar en Sevilla y, luego, en el patio de una casa de Madrid, dos
–creo que eran dos– de Cernuda embutido en un impoluto mono blanco, que sin
duda –era la época de llevarlo– lució a comienzos de la Guerra Civil. Estábamos
a dos manzanas de la casa en que vivió Ángel María Yanguas Cernuda, el único
sobrino del autor de La realidad y el
deseo. Me pregunté si entre los documentos que todavía conserva la familia
habría alguna otra foto aún ignorada. Negué: no, no se conoce ninguna de
Cernuda portando armas. Paco desenfundó entonces su teléfono móvil y apuntó
hacia mí: Mira, me dijo, como si fuera yo el que tenía que buscar un blanco.
Era una vieja fotografía en blanco y negro, brillante en el cristal del iPhone,
sorprendente por su nitidez, sin duda realizada por un fotógrafo profesional.
Entre la veintena de mozos, distinguí el rostro familiar. Luis Cernuda, aún sin
bigote, con el pelo negro y peinado hacia atrás, en un cuartel. Con un arma de
fuego, como los compañeros de ese instante congelado. Y otra tomada con el
grupo el mismo día poco antes (creo que Paco invirtió el orden para mostrarme
primero la más sorprendente).
La historia del servicio de armas
de Luis Cernuda durante la Guerra Civil es bien breve. Cernuda formó parte de
la comisión de cultura del batallón Alpino Juventud, con el que marcharía al
frente en derredor de la Ciudad Universitaria. Luego, por edad, por falta de
inclinación militar, por sus cualidades como escritor, pasó a actividades de
propaganda en la sede de la Alianza de Escritores Antifascistas en Madrid y en
torno a la revista Hora de España en
Valencia. Al estallar la contienda participó en transmisiones de radio junto
con Arturo Serrano Plaja y Emilio Prados para el programa Madrid en armas, dirigido por el primero.
Pero antes, más de diez años
antes, antes de la llegada de la República, el poeta sevillano tuvo que cumplir
con el deber militar al ser llamado a filas su reemplazo. Aunque él realizó el
servicio escalonadamente, como se permitía a los estudiantes universitarios, lo
que él era a la sazón, le llegó como a todos la hora de comparecer en la Caja
de Reclutas.
Las fotos no están fechadas, pero
cabe datarlas hacia 1922 o principios de 1923. Según Joaquín Delgado-Roig
fueron tomadas en el Cuartel del Carmen, en la calle Baños, anteriormente
convento y en la actualidad Conservatorio Superior de Música “donde estaba
parte de la guarnición del Tercer Regimiento de Artillería Ligera, conocido
vulgarmente como “El Ligero”, donde el director de la banda montada de timbales
y clarines era dirigida por el famosísimo Brigada Rafael”. Aparecen en ellas,
además de Cernuda, y Antonio Delgado Roig, el librero Tomás Sanz, cuyo
establecimiento de la calle Sierpes frecuentó Cernuda y que se anunciaba en la
revista del 27 sevillano: Mediodía.
Según recuerda a Barrionuevo también el hijo de Delgado Roig, “el Coronel que
mandó por esa época el Regimiento era don Luis Rodríguez-Caso, uno de los
fundadores del Betis y sobre todo el primer sevillano que promovió la
Exposición Iberoamericana de 1929”.
Cernuda había sido hijo de
militar (su padre fue coronel de Ingenieros, ascendido a general al pasar a la
reserva) y había vivido durante su adolescencia en los pabellones del cuartel de
la avenida de la Borbolla. Comenzó la carrera de Derecho en 1919, realizando un
primer curso común a Filosofía y Letras, en el que fue profesor suyo Pedro
Salinas, que acababa de obtener la cátedra de Literatura Española. Según el
propio Cernuda, realizó el servicio militar en 1923-24, pero estuvo
cumpliéndolo a trechos hasta después de acabados los estudios universitarios.
Fue soldado de cuota, lo que evitó que tuviera que ir a la guerra de África,
donde tantos españoles se dejaron la vida. El Tercer Regimiento de Artillería
Ligera tenía su acuartelamiento principal en la Fábrica de Tabacos. A Cernuda
no le gustaba nada montar caballerías (tuvo que aprenderlo, pues eran parte
fundamental para el transporte de piezas artilleras), pero hubo de resignarse. Algo
mayores que él, y por lo tanto de otra quinta, compañeros suyos de regimiento
fueron Alejandro Collantes de Terán, poeta de Mediodía, y el novelista Manuel Halcón, amigo, primo y biógrafo de
Fernando Villalón (con quien Cernuda amistó al final de su período sevillano).
En “Historial de un libro”
Cernuda contó ese momento decisivo en el que, más allá de los primeros
ejercicios escolares, sintió el llamado de la poesía: “Hacía entonces el
servicio militar y todas las tardes salía a caballo con los otros reclutas,
como parte de la instrucción, por los alrededores de Sevilla; una de aquellas
tardes, sin transición previa, las cosas se me aparecieron como si las viera
por vez primera, como si por vez primera entrara yo en comunicación con ellas, y
esa visión inusitada, al mismo tiempo, provocaba la urgencia expresiva, la
urgencia de decir dicha experiencia”. El texto “Sombras” de Ocnos refleja una estampa de su servicio
militar, entre bestias y forraje. Luego pasó a la oficina del Regimiento, como
años después a labores de retaguardia, y finalizó con sus obligaciones
militares el 1 de noviembre de 1926.
La primera foto muestra a los
mozos, aún plenamente civiles, con un sargento, bien visibles sus galones, con
los brazos cruzados. Están en cuatro filas (Cernuda es el cuarto de la tercera
fila por la izquierda, a su derecha se ve a Tomás Sanz y el segundo de la fila
es Delgado Roig). Pertenece a la minoría que lleva pañuelo en el bolsillo de la
chaqueta, y es uno de los dos que lleva la aristocrática pajarita. Presentarse
con pajarita a la Caja de Reclutas parece un gesto de distinción si no de
altanería. Otro rasgo que se aprecia es que sin ser el más bajo de la fila, su
estatura es inferior a la media. Es uno de los más repeinados, y aunque no se
distingue brillantina, ese cabello sin raya y tan prensado sugiere algo de
gomina o fijador. Entre los jóvenes los hay que intentan sonreír. No es el caso
de Cernuda, que si mira a la cámara lo hace de manera abstraída, con cierta
ausente melancolía, con seriedad.
En la siguiente imagen, las armas
apoyadas en la pared, y otras que habría junto a ellas, han pasado a manos de
los mozos. Los de la primera fila están de hinojos, con una rodilla levantada y
la culata reclinada en el suelo. Los de la segunda, junto al bizarro sargento
con mostacho, tienen las armas al hombro. Ahora el poeta sí mira al objetivo y
hasta parece sonreír con una lejana sorna de sentirse inmortalizado (aunque la
foto estuviera muerta de risa en una carpeta hasta hace nada) con esa pose, aún
civil pero ya con un pie, o un hombro, en la milicia. Tampoco en esta ocasión
vemos el calzado de Cernuda, que en todo caso imaginamos bien lustrado y en
perfecto estado de revista, acaso unos botines como los del lechuguino que está
en el centro de la aguerrida vanguardia en posición casi de tiro, ar. El arma
parece ser una carabina Mauser conocida como “tercerola”, que por sus
dimensiones más reducidas que las del fusil del mismo fabricante se empleaba
por soldados que iban a caballo. Y poco más. Rompan filas.
Recientemente el Ayuntamiento de
Sevilla aprobó en pleno, y por unanimidad, a iniciativa del Grupo Socialista y
gracias al empeño del delegado de Cultura, Antonio Muñoz, adquirir la casa
natal de Cernuda, tan ligada a Ocnos
y a la educación sentimental del poeta. Aunque Antonio Delgado Roig ya no pueda
rehabilitarla y se hayan perdido los detalles y anécdotas que hubiera podido
referir a un biógrafo que se hubiese puesto antes a la tarea, cuando sea casa-museo
y albergue actividades literarias, sendas reproducciones de estas fotografías
deberían estar expuestas en sus vitrinas o paredes, testimonios de la juventud
del mayor poeta nacido en Sevilla en el siglo XX y también de sus coetáneos,
conocidos algunos, la mayoría anónimos.
(Publicado en la revista Clarín, 128. Mi agradecimiento a Joaquín Delgado-Roig y a Francisco Barrionuevo)


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