Escena de la Guerra Civil irlandesa en Cork
Si a un químico le trastocan la fórmula del agua y le dicen
que ya no intervienen en ella hidrógeno y oxígeno, o que estos se combinan en otra
proporción, lo más probable es que pida un vaso del “líquido elemento” para
reponerse del susto. Así, aunque pocos se darían cuenta, cuando Junqueras dijo
hace meses en televisión que Cataluña haría un referéndum sobre su
independencia como los que habían hecho otros países. Y citó a Irlanda. Es
decir, reformuló el H2O
para llevarlo a las tesis del 1-O.
En
Irlanda no hubo tal referéndum, y el camino a su independencia fue bien
distinto del que se ha emprendido aquí (con muchas razones por el lado
irlandés, con pocas en el catalán). Someramente, la cuestión es como sigue:
Irlanda, isla con una cultura y una lengua únicas, siguió a su aire cuando en
Europa se extendió el Imperio Romano (Hibernia, a diferencia de Britania jamás
fue provincia); luego, fue ajena a la invasión anglosajona que a partir del
siglo VI cambió la fisonomía de la isla vecina, donde arraigó la nueva lengua
germánica que se convertiría en el inglés; aunque sufrió ataques vikingos y se
benefició de asentamientos escandinavos (lo es Dublín), fue predominantemente
céltica hasta la llegada de los anglonormandos en el siglo XII, que tampoco
barrieron lengua y costumbres, sino que se integraron. En definitiva, Irlanda
(no pura sino como identidad en evolución) se mantuvo independiente en multitud
de reinos y señoríos hasta el siglo XVI, cuando Inglaterra comenzó campañas
para dominarla y aplastar, junto al catolicismo, lo que le era característico y
propio. Fue cuando el envío de colonos protestantes a espuertas y, en el XVII, la
sanguinaria represión de Cromwell. Contemporáneo de aquellas luchas fue, ya
entonces, el deseo irlandés de sacudirse al invasor. Resumiendo mucho, la historia
de Irlanda desde aquel momento ha sido la de la lucha por su independencia, con
un momento álgido en 1798 y sucesivas revueltas que desembocaron en la más
célebre de todas: el Levantamiento de Pascua de 1916.
Hace
poco más de cien años, un grupo de revolucionarios con poco apoyo popular se
alzó por las armas contra Inglaterra; fue la ejecución de los cabecillas lo que
hizo que la sensibilidad de los irlandeses cambiara y que, indignados,
abrazaran la causa del independentismo. Conviene recordar que en aquel momento
la isla no tenía autogobierno (el tan peleado y muchas veces prometido Home
Rule), y que desde el Act of Union de 1800 Dublín carecía de Parlamento regional
y los diputados tenían que trasladarse a Westminster. Además, en 1846 se
produjo una Hambruna agudizada por una gestión pésima: ese año y los
siguientes, cientos y cientos de miles de irlandeses de todas las edades
murieron en su tierra o tuvieron que emigrar, dejando pueblos fantasmas.
Hablada por los campesinos y el grueso de la población desfavorecida, la lengua
irlandesa (el gaélico, para entendernos) sufrió un golpe mortal que vino a
sumarse al no desdeñable de las leyes penales del siglo anterior, un rosario de
trabas que procuró una limpieza, si no étnica, sí religiosa y lingüística.
Por su parte, Cataluña jamás ha
sido colonia, su pueblo ha sido y es rico, no hay conflicto religioso, no se
conoce más emigración que la de los años recientes a causa de la crisis general,
ha padecido las mismas guerras que el resto de España y, si en tiempos de
Franco sufrió claramente el hostigamiento y ostracismo de su lengua, hace
décadas que el catalán es idioma oficial. Además, goza de una profunda
autonomía, Parlament y Govern propios y una fuerza policial, los Mossos,
desplegada en sus cuatro provincias con enormes competencias.
Hasta aquí, las muchas
diferencias con Irlanda. Pero en manos de los independentistas, y en sus
neuronas, está evitar complejas y espinosas similitudes. Tras el fracaso del
Levantamiento de Pascua se produjo una guerra de independencia; y, tras esta,
una guerra civil sobre la que conviene detenerse un instante: los enfrentados
lo fueron por la postura de unos y otros ante la partición de la isla. Sucede
que la mayoría de los habitantes de la provincia del Ulster eran protestantes y
partidarios de permanecer en el Reino Unido. Estos llamados unionistas se
salieron con la suya y crearon una entidad artificial, Irlanda del Norte, que
no se correspondía con el mapa real de la provincia: seis condados se quedaron
con Inglaterra y tres pasaron al nuevo Estado. Quiere esto decir, más allá de
las heridas abiertas, que Irlanda ya no forma parte del Reino Unido, pero en
realidad ni Éire representa hoy el sueño de una isla unida ni el Ulster, con
independentistas a un lado y unionistas a otro, ha permanecido tampoco entero.
¿Es Cataluña, digamos, “una unidad de destino en lo universal” que una vez
abierta la compuerta del referéndum y la autodeterminación vaya a permanecer
inalterable? No se trata, claro, de que engulla el Rosellón, la Comunidad
Valenciana y la Balear, sino, ojo, de que territorios no partidarios de la
independencia (municipios importantes y alguna provincia) dejen de formar parte
de la Cataluña segregada con la que no se ven identificados. Puestos a votar, y
vinculante el resultado, que se respete la voluntad de todos. ¿O va a ser más
irrompible Cataluña que España, el nuevo Estado que aquel del que este se
quiere marchar?
Junqueras no dijo la verdad sobre
el referéndum irlandés. En Irlanda no había desde 1800 autonomía, la
independencia mutilada se obtuvo mediante las armas contra propios y extraños y
solo a partir del Estado Libre de Irlanda, proclamado en el Sur por la práctica
totalidad de representantes electos (no como ahora en Cataluña), existió algo
parecido a lo que una parte del secesionismo hoy quiere ser. Referéndum de
independencia como tal no hubo, solo el plebiscito de 1937 que tres lustros
después de la sangría aprobó una Constitución que sucedió a la del Estado Libre
y situó al país (pero solo a 26 de sus 32 condados) en un sistema autárquico,
plegado sobre sí mismo y de nuevo con la gran hemorragia de la emigración.
En el debate del derecho a
decidir hay que poner todas las cartas sobre la mesa. Por lo que hace a las
ideas, el pueblo catalán no es más homogéneo que el irlandés hace cien años.
¿Se respetará entonces el derecho a que cada área elija de verdad dónde quiere
estar, aun al precio de la partición? (Una partición que cerrada en falso, como
suele ocurrir, generó allí la enorme turbulencia, el terrorismo y la guerra
sucia de finales de los años sesenta y los dos decenios siguientes.)
¿Quieren los catalanes sacrificar
su formidable autonomía y la integridad de su territorio para embarcarse en un
proyecto plagado de zozobras cuya única consecuencia posible, si nos atenemos a
lo democrático y participan de verdad todos, supone la fragmentación de la
misma Cataluña? No se olvide el referéndum de Quebec, donde se preveía que las
circunscripciones en que saliera no a la independencia quedarían al margen del
nuevo ente. Ente es, por cierto, una buena palabra para un texto de ciencia
ficción o de horror. Por el enfado de una coyuntura, por el berrinche contra un
gobierno, ¿desean los independentistas perder zonas de su territorio, secciones
de su pueblo, el comercio con su mercado natural, la pertenencia real, sin
futuribles, a la Unión Europea? ¿Quieren que transcurra un siglo, como en
Irlanda, sin que haya arreglo? ¿Es eso lo que quieren, lo que queremos? A veces,
al agua, cuando hierve, hay que ponerle tila.

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