Carlos Edmundo de Ory
El Ateneo Jaqués ha dedicado recientemente su revista al Postismo, en un número monográfico que ha resultado ser muy completo. Me pidieron un artículo. Es este:
DE
FANTASMA A FANTASMA
Juan
Eduardo Cirlot y Carlos Edmundo de Ory
La historia de las relaciones de Juan Eduardo Cirlot
(1916-1973) con el Postismo es también la del poeta barcelonés con otros grupos
y movimientos. Ilustra muy bien su radical soledad aunque también su necesidad
de amistad, reconocimiento, compañía, aunque únicamente fuera para anclarse a
una realidad de la que como un globo aerostático su compleja alma se alejaba de
continuo para surcar, acaso sin regreso, no se sabe bien qué cielos, qué
tormentas estratosféricas o abisales, tanto da. Su contacto con el grupo
compuesto por Carlos Edmundo de Ory, Chicharro hijo y Silvano Sernesi tiene,
así pues, su correlato con su acercamiento a Dau al Set, al grupo surrealista
parisino, a la Academia del Faro de San Cristóbal… En todos esos colectivos, el
singular Cirlot es como agua entre el aceite. Siempre es periférico. Está pero
no está, como asumiendo la máxima hamletiana, modificada, que al final de su
carrera poética se convirtió en “ser y no ser”.
A
los postistas se acercó un Cirlot joven en sus primeros vagidos literarios
queriendo impresionar –tenía motivos para hacerlo–, pero él, que aunque tenía
un gran sentido del humor era un ser trágico, chocó con las chanzas y un punto
de menosprecio del grupo madrileño, que prefirió de él las cartas enfebrecidas a
los poemas, y publicó comentarios con su firma, mas no sus versos. A aquel “Amigos:
leo vuestra revista, yo, un habitante de la sombra temporal” le sucedieron
comentarios que lo mismo aportaban un lema que recriminaban y condescendían:
“Es bello y surrealista escupir al padre, por eso os perdono que no queráis
confesaros sola y simplemente: surrealistas.”
Cirlot no se integró en el grupo,
pero si se me permite la boutade fue
un sol que orbitó sobre aquella luna trastocando las leyes de la astrofísica, un
satélite que más aún que satélite fue planeta, y estrella solitaria cuya rareza
no consintió tener sistema solar. A Chicharro le escribió más adelante para
pedirle documentación de cara a la redacción de la entrada dedicada al Postismo
de su Diccionario de los Ismos. Con
aquella petición, declaraba: “Amo la geología del postismo y si no me siento
sumido en sus ammonites aestéticas no es por falta de adhesión, o mejor, de
intrusión, sino porque ciertas razones geográficas […] me obligan a mí a comerme mis venas en soledad y
en retiro hecho de trabajo y de obscuridad; sin resonancias ni compañerismo
alguno.”
De las cartas del año 1945,
recién regresado el futuro autor de Bronwyn
a Barcelona tras el cumplimiento del segundo servicio militar, ahora en
Zaragoza, lo más interesante y valioso que quedó fue su relación epistolar con
Carlos Edmundo de Ory. Esta se desarrolló muy intensamente en una primera etapa
que abarca desde el citado año a 1952, y una más breve y de menor afinidad a
principios de los años setenta, cuando Cirlot ya había alcanzado su cenit
creativo y se despeñaba, en lo humano, por la enfermedad: un cáncer de páncreas
que se lo llevó a los 57 años.
El
epistolario se conserva perfectamente ordenado en la fundación gaditana que
lleva el apellido de Ory (este, pese a su aspecto y formas de cierto
alocamiento despreocupado, juguetón, hizo siempre gala de una gran
meticulosidad incluso en épocas en las que aún no era bibliotecario, como si
pusiera en práctica aquel dicho de Nietzsche de que “la madurez del hombre es
haber a vuelto a encontrar la seriedad con la que jugaba de niño). Allí, en
esas cajas, hay también recortes, números de revistas, manuscritos, borradores,
postales, cuadernos dedicados, fotografías, tarjetas, libros en ejemplar único
de aquellos de los que confeccionaba Cirlot como si estuviera en un scriptorium medieval de la Irlanda de la
que procedía una rama de sus antepasados, los Butler… Gracias al celo de Ory
(Carlos, como lo llaman los más cercanos), se han podido salvar materiales que
de otra manera no habrían llegado hasta nosotros. Entre ellos, el Libro de Cartago y la Suite atonal (Cirlot destruyó todas sus
partituras cuando vio que no pasaría de epígono como compositor). También, un
largo poema que alcanza casi la docena de cuartillas, “Diálogo infinito”, que
era desconocido hasta que lo hallé cuando preparaba la biografía de Cirlot entre
aquella correspondencia y que, puesto luego a disposición de su hija Victoria,
ha sido incluido en la reciente antología de la poesía cirlotiana preparada por
Elena Medel El peor de los dragones.
Cirlot
hizo con sus papeles personales borrón y cuenta nueva en varias ocasiones, pero
Ory fue acopiando desde el principio documento tras documento, de manera que
tenemos las muchas cartas cruzadas entre los dos, que hasta la fecha solo se
han publicado parcialmente. En ellas hay confidencias, peticiones de favores,
tanteos poéticos, la forja de lo que llamarían sus protagonistas una “amistad
celeste”. Llegaron a escribirse con tanta frecuencia, y tanta familiaridad
adquirieron, que en cierto momento de silencio el barcelonés insta al gaditano,
al que otras veces llama su hermano o “querido hijo” (Cirlot era siete años
mayor): “¡Perro! ¿Por qué no me escribes?”
Ory
le dedicó en 1946 su “Ante un retrato tristísimo de J.E.C.” (luego, en 1963,
“Inspirado en un retrato de JEC”). Acierta originalmente de pleno en el
adjetivo, incluso en el superlativo que lo acrece, pues la tristeza fue
elemento consustancial de Cirlot, tanto que en el genial retrato otro, el
autorretrato que tituló “Momento”, en 1971, el autor de Susan Lenox escribió que casi siempre estaba triste, y aclaraba:
“Mi tristeza proviene de que me acuerdo demasiado de Roma y de mis campañas con
Lúculo, Pompeyo o Sila, / y de que recuerdo también el brillo dorado de mis
mallas doradas en los tiempos románicos, / y proviene de que nunca pude encontrar
a Bronwyn cuando, entonces, en el siglo XI, / regresé de la capital de Brabante
y fui a Frisia en su busca. / Pero pensándolo bien, mi tristeza es anterior a
todo esto, pues cuando fui en Egipto un vendedor de caballos, / ya era un
hombre conocido por “el triste”.” Además, de puño y letra de Cirlot, el Libro de Cartago lleva como subtítulo
entre paréntesis: “diario de una tristeza irrazonable”.
Luego,
Ory le dedicaría algunas páginas más en las que evocaba la relación que los
unió y cómo esta, a la postre, se enfrió. Solo se vieron dos veces: una en
Madrid, la otra en Barcelona. Su amistad fue la de dos de los más grandes
poetas españoles de la segunda mitad del siglo XX, que en el caso de Cirlot fue
una contingencia un tanto espectral, pues su mundo verdadero era el de la
civilización sumeria, el de los cartagineses derrotados por Roma, el de la
épica germánica, el de las pervivencias célticas en el cristianismo, el de la
herejía al bigense.
Lo
que había de bromas en aquella primera etapa (como escribir Cirlot “Genio
Nacional” tras el nombre del destinatario en un sobre dirigido a Ory a su
pensión madrileña, entre otras expansiones festivas, asimismo en los remites,
que alegrarían la mañana la cartero que hiciera el reparto) se convertirá en un
tono lúgubre cuando en 1970 Cirlot ponga al corriente a su amigo de lo que ha
publicado desde “entonces”. Y un buen número de líneas más abajo: “¡Cuánto
hablo! ¿A quién? De fantasma a fantasma.” Ory mostró interés en publicar las
viejas cartas. Cirlot lo desaprobó, más distante y desengañado, más nihilista.
Dos cartas después, también en octubre de 1970: “En lo que se refiere a nuestra
amistad, advierte (cosa extraña) que está hecha de adivinación más que de nada,
pues apenas nos conocemos en realidad.” Les separan varias cosas, como la
inclinación al budismo que siente Ory y el desprecio por esa corriente
espiritual que tiene Cirlot, que como hombre occidental se siente muy lejos de
la aniquilación del deseo.
Ory
se preocupó por la magia, por las posibilidades del lenguaje, entre las que
intervienen las aliteraciones, tan cirlotianas. Pero uno fue alegre, infantil,
lleno de asombro por todo; y el otro triste, muy viejo de reencarnaciones en
las que en realidad (doble maldición) no creía, y horrorizado por nada y por lo
nunca. El centenario de Cirlot ha pasado con menos ruido del que merece; ojalá
el de Ory, dentro de pocos años, sirva para un mejor conocimiento del gran raro
luminoso –como Cirlot fue el gran raro oscuro– de nuestra poesía reciente.

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