En puridad, no me he ido. No ha habido actualizaciones del blog durante los meses de julio y agosto, pero uno ha continuado escribiendo, traduciendo, viajando, tomando nota aunque fuera mental de mil asuntos, estímulos y preocupaciones. A partir de hoy, septiembre ya encima, esta pantalla volverá a llenarse con entradas espero que diarias, salvo cuando algún inponderable acontezca o el más previsible de ellos, la pereza, pida su soldada. Seguirán viniendo aquí reflexiones, poemas, versiones, enlaces. Por su antigüedad (es de principios de enero), aunque se haya publicado hace pocas semanas, comienzo con el texto que el Anuario Joly 2017 Andalucía me solicitó sobre las efemérides literarias del pasado año, como se recordará cuarto centenario de las muertes de Cervantes y de Shakespeare. Desde que se escribió, se ha producido la buena noticia de que Juan Manuel Bonet ha sido nombrado director del Instituto Cervantes, y me consta que este tiene la intención de avanzar en la línea que comento a mitad de mi artículo. Bienvenido sea. Aquí, sin más dilación, mi balance de los mencionados fastos:
DE
SHAKESPEARE Y CERVANTES
Lo lógico sería que de las personalidades artísticas y
literarias se celebraran sus natalicios, ese echar a andar sus prodigios
creativos. Sin embargo, debido a cierto gusto desmedido por las efemérides y
por una necrofilia que solo se nos cura irreparablemente cuando acaba la vida,
los aniversarios de las muertes también ocupan la atención, sin mucha
distinción ni discernimiento entre lo festivo y lo luctuoso. Conmemorar el
fallecimiento de alguien que destacó por su obra es como marcar con un hito o
señal tras una inundación: hasta aquí llegaron las aguas. Que las de
Shakespeare y Cervantes fueron caudales y hasta dos océanos nadie lo duda. Bien
está entonces la conmemoración, además con la casualidad de las fechas de sus
óbitos (una coincidencia espuria y de manga ancha, porque no murieron
simultáneamente aunque se aproximaran mucho los calendarios con los que cada
uno de los dos fue deshojando sus jornadas).
Shakespeare
leería la primera parte del Quijote,
traducida al inglés en 1612, y en ella se basaría para su obra perdida Cardenio. Cervantes, entre los
diferentes trabajos de recaudación y avituallamiento que desempeñó con tan mala
fortuna que unas cuentas deficientes lo llevaron a parar con sus huesos a la
cárcel, fue comisario de abastos de las naos de la Armada que partió para
Inglaterra, a la que esta, visto el fracaso, puso el mote de Invencible no
tanto con flema inglesa como con ese otro humor: la mala leche. Aparte de esto,
y de que el posible destinatario de los Sonnets
participó en el ataque a Cádiz de 1587, de la que querría tomar venganza la
Armada, poco más une a ambos colosos muertos en 1616. Ahora, en la magnitud de
sus obras los dos tienen en común brillar no solo por encima del resto de sus
contemporáneos, sino proyectar esa estatura, a modo de larga sombra luminosa,
sobre las generaciones siguientes.
En
los países de lengua inglesa, y no solo en el Reino Unido, Shakespeare ha sido
celebrado el pasado año de mil maneras que van de las incontables adaptaciones
de sus obras teatrales a la escritura a cargo de destacados narradores de
novelas basadas libremente en algunas de esas comedias y dramas. Por lo que
respecta a España y a Cervantes, a título privado muchas compañías de teatro han
sumado su granito de arena al secarral de La Mancha, y no pocos ayuntamientos,
diputaciones, universidades, han realizado sus aportaciones, que han incluido
cursos, charlas y exposiciones. En Andalucía, los actos han tenido como eje un
ciclo de conferencias que en colaboración con la Fundación Lara y Cajasol han
hecho hablar de Cervantes a Trapiello, Eslava Galán o Caballero Bonald, entre
otros. En el acto inaugural, la intervención de la consejera de Cultura fue la
comidilla de los asistentes por ideologizar al manco de Lepanto haciéndolo poco
menos que un pintoresco adalid de la Alianza de Civilizaciones, olvidando los
años de cautiverio en Argel.
Se
ha echado en falta una implicación mayor del Estado representado por el
Gobierno de la nación, que debería haber adoptado el cuarto centenario como una
acción fundamental. Pero acaso esto hubiera sido pedir peras al olmo, porque el
país sigue careciendo de Ministerio de Cultura y el Instituto Cervantes depende
del de Asuntos Exteriores cuando lo cierto es que debería estar adscrito al del
Interior (es decir, a un ministerio que se ocupara del alma española y que
tuviera como titular honorario de
la cartera a Unamuno). ¿No tendría España que haber reivindicado con más brío y
tino a su escritor más grande y universal?
En
la Nueva España, en las Indias a las que quiso marchar sin que se le concediera
el preceptivo permiso, el Festival Cervantino de Guanajuato ha recordado por
todo lo alto a don Miguel con Cervantes
400. De la locura al idealismo, donde en octubre hubo conciertos,
espectáculos de danza, mesas redondas. Como no todo se agota en el Quijote, la Orquesta Nacional de España
interpretó el Persiles y Sigismunda
del peruano J. López. Es México un país que pese a sus enormes conflictos ha
dado el paso de crear la Secretaría de Cultura (con rango de ministerio) cuando
aquí se menosprecia la auténtica marca España, que es la de sus artistas y
escritores: la de todos sus hijos quijotescos.
El
poeta malagueño Manuel Altolaguirre, creador de extraordinarias revistas, editó
en Londres con su esposa Concha Méndez en 1934-1935 una exquisita, 1616, que explicaba en su subtítulo o
llamada que aquel año saw the death of W.
S. & M. de C., no hace falta decir a quiénes pertenecen esas iniciales.
Curiosamente, no se publicó en sus páginas nada de Shakespeare ni de Cervantes,
aunque sí versos de la Diana de Montemayor
traducidos por Sidney en 1590. Fue otra Armada, ya no de guerra sino de
literatura; no de cañones sino de cabos para unir y anclas con las que
permanecer juntos.
Dos
veces cuatrocientos años hace que se fueron el autor del fingido loco Hamlet y
el del loco que quizá no lo fue, Quijano. Ochocientos años sumados que, tan
vivos están, semejan un suspiro.

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