Luis Cernuda, con Castropol al fondo, en 1935.
Spleen de
Castropol
Luis Cernuda (1902-1963) fue uno de
los principales poetas de la Generación del 27 y acaso el más influyente de
todos ellos, visto el interés con el que las sucesivas hornadas de poetas han
acogido su magisterio desde hace ya varias décadas. Además de su obra en verso
recogida en el volumen de La realidad y
el deseo, Cernuda escribió dos libros de prosa poética, ensayos y una obra
de teatro. También algunas narraciones, seis en total, entre las que destaca
por su carácter sombrío, alegórico, “En la costa de Santiniebla”, escrita entre
el 26 de agosto y el 4 de septiembre de 1937 y publicada en el número X
(octubre de ese mismo año) de la revista valenciana Hora de España. La datación no es baladí, porque refleja una vez
más una tendencia marcada en Cernuda que hemos observado cuando cotejado las
anotaciones de sus originales: la de revisar sus textos (generalmente sus
poemas) por las mismas fechas en que se escribieron, pero al año siguiente o en
los posteriores, como si un calendario interior avisara de que, cumplidas una o
más vueltas del tiovivo de la vida, era el momento de sentir como en el
instante de la concepción del poema, pero ahora ya con el reposo y la frialdad
de quien corrige. Emotion recalled in
tranquility, “Emoción recordada en el sosiego” es una fórmula que
Wordsworth empleó para referirse a la poesía lírica, y Cernuda fue un buen
lector de Wordsworth. La aplicó a la escritura así como a la revisión de esta
para su publicación.
Hora de España fue la mejor de las revistas
republicanas durante la Guerra Civil, y aunque tenía indudablemente colaboraciones
de contenido político y referentes a la contienda, también hay que decir que
mantuvo un alto nivel intelectual y, si se puede decir así, independiente (al
menos de la presión más inmediata de los partidos que conformaban el Frente
Popular). Así hay que entender la inclusión en sus páginas de “En la costa de
Santiniebla”, que solo tiene relación indirecta con lo bélico. Los muertos de
esa “última guerra civil” a la que se refiere el segundo narrador cuyas
palabras recoge el primero son, sí, los de aquella que se está librando
entonces, pero vista desde el trampantojo de una fecha futura. Es más, pueden
ser en algún modo los de la aún reciente Revolución de octubre y su represión,
que tanto impacto tuvo en Asturias. Incluso, si de desaparecidos velados por el
misterio se trata, aunque en el cuento se habla de “sublevados”, ahí están los
militantes del POUM que semanas antes habían sido laminados en Barcelona y
otros lugares por la ortodoxia estalinista y que se cebaría en Andreu Nin y,
entre otros, en un amigo de juventud de Octavio Paz según testimonios de este y
de quien era su esposa a la sazón, Elena Garro (de familia asturiana
trasplantada a México, como la de Paz era andaluza).
La ambientación
del relato de Cernuda corresponde a su estancia de dos años antes, en agosto de
1935, en la localidad asturiana de Castropol, adonde había llegado desde
tierras leonesas a principios de ese mes al frente de una de las beneméritas Misiones Pedagógicas
que recorrían el país acercando la cultura (era la segunda misión que recibía
la localidad, tras una primera de 1933 en que el Museo del Pueblo recaló allí
de la mano de Ramón Gaya y Antonio Sánchez Barbudo). Lo acompañaban Miguel
Prieto y Rafael Dieste, responsable del Guiñol del Patronato, un espectáculo de
títeres. Además de explicar al público en qué consistían las Misiones, Cernuda,
que había trabajado unos años antes en la librería madrileña de León Sánchez
Cuesta y había desarrollado labores bibliotecarias para el Patronato de
Misiones Pedagógicas, realizó tareas de apoyo y supervisión en la modélica
Biblioteca Popular Circulante de Castropol, que en los meses anteriores había
sido castigada con singular inquina por el Gobierno de derechas.
Son
varios los autores asturianos que han aportado información pormenorizada de la
estancia de dos semanas del poeta en Castropol: su aspecto atildado y distante,
su alojamiento en el hotel Guerra, sus contactos con algunas personas del pueblo…
Ellos sabrán mejor que yo identificar los lugares que constituyen la
escenografía del relato. Por lo evocado en su propia narración, y no adelantaré
párrafos, porque para eso está aquí disponible el texto completo, Cernuda se
vería sumido en uno de esos períodos suyos de acedía, de spleen como él mismo dice, sin duda acordándose de Baudelaire. Así,
en el texto hallamos dos partes muy diferenciadas: la narración sobre los
cadáveres arrojados a la ría y los prolegómenos en los que el narrador da cuenta
de sus días en Santiniebla y Peñapol. Son creación suya estos nombres, como
solía hacer en otras narraciones y poemas, a veces utilizando precedentes
clásicos como el personaje Albanio (trasunto suyo en Ocnos, y en esta narración hay un Albano) o Sansueña (España). En
este relato, además, aparece un digamos que compañero antagonista, Demetrio V…,
que ha sido identificado por algunos con Dámaso Alonso. Puede ser.
Probablemente Cernuda se basó en él para construir su personaje, aunque como
suele suceder en literatura este no es la trasposición exacta del modelo. La
antipatía mutua entre los dos poetas es conocida. Resumamos: Alonso fue miembro
del jurado que otorgó el Premio Nacional de Poesía de 1933 a Vicente Aleixandre
en detrimento de Cernuda, y fue lector en Oxford en puesto que el sevillano
ambicionara; y con posteridad a la escritura de “En la costa de Santiniebla”
tuvo un desencuentro con Cernuda en Londres en 1946, cuando visitó el Instituto
de España que dirigía Leopoldo Panero, y algo después emitiría un juicio que
sentó muy mal a nuestro autor, quien le escupiría su “Carta abierta a Dámaso
Alonso” (1948).
El
padre de Alonso era de Ribadeo, y este pasó allí temporadas en su infancia.
Estudioso de las variantes dialectales, se interesó por la “jerigonza
vernácula” de los nativos (son palabras de Cernuda), y los testimonios que nos
han llegado lo sitúan en Castropol en aquel verano de 1935, lo que da
verosimilitud a la identificación con este Demetrio. En cierto pasaje, el
narrador habla de otros amigos literatos: entre ellos cabe imaginar al
matrimonio formado por Manuel Altolaguirre y Concha Méndez, aquí Arcadio y
Olvido, a punto de marchar becados por la Junta de Ampliación de Estudios a
Londres (donde nacería su hija Paloma Altolaguirre, quien aquella mañana de
noviembre de 1963 encontraría muerto a Cernuda en la casa que compartiría con
ella y con su madre en Coyoacán). De ellos dice: “sospecho que no han dejado
Madrid; se van a Londres en el otoño y deben estar terminando trabajos
pendientes.” También es posible identificar, dentro de que no esta un acta
notarial sino una pieza narrativa, a la pareja compuesta por Cecilia y Héctor
con Rafael por María Teresa León Rafael y Alberti, quienes habían viajado a la
URSS (Cernuda estuvo en el almuerzo-homenaje que el 9 de febrero de 1936 se les
dio con motivo de su regreso). No sabemos quiénes pueden ser los otros
mencionados de entre “aquella gente tan loca”, pero es probable que Hermógenes,
“que ha leído en algún teatro un drama muy interesante, que le representarán
este invierno”, sea Lorca, quien había visitado Castropol pocos años antes
cuando recorría el norte de España con La Barraca.
A
Cernuda le gustaban el mar, las playas, pero el mal tiempo de aquel verano,
acaso tan malo como este último, dejó huella en su narración, y el
protagonista, ese desdoble de sí mismo, se deprime. La ría le despierta
emociones hondas, una ría que (aunque no se la nombre) delata ahora sin duda
alguna la ubicación: “frente a Santiniebla, a través de la ría, aparece Galicia,
como tierra vecina y extraña.”
Se cumplen estos
días los ochenta de la aparición del relato en otro lugar, Valencia, en donde
Cernuda frecuentaba también la playa, pero allí tomando el sol, como lo
recuerda Garro en sus memorias de España. No cabe duda de que el contraste le
haría cargar a Cernuda las tintas. Tampoco, que allá donde fuera, y así toda la
vida, siempre llevó consigo, íntimamente y sin remedio, su propio spleen, su conflicto, que no es otro que
el de la divisa bajo la que fue integrando todos sus libros de poesía: La realidad y el deseo.

Comentarios
Manuela Busto
Biblioteca "Menéndez Pelayo"
Castropol