Eduardo Lizalde acompañado por Jaime Labastida y Fernando Fernández
Si esto fuese un diario, referiría aquí el intenso correr
de estos días de Guadalajara, más olímpicos que de feria del libro, más de
carreras que de la sedentaria condición de lectores: el largo viaje desde
Sevilla, los encuentros en el avión que venía de México con Juan Cerezo, el
editor de Tusquets, o la poeta Ada Salas; la impresión ambigua de leer una sugestiva
entrevista a Margo Glantz en un ejemplar de la revista Gatopardo, olorosa a química y llena de carretadas de anuncios y
publicidad encubierta, aunque con el valor de páginas –que no las hojas casi
tóxicas– dedicadas a algunas otras cuestiones y protagonistas de enjundia, como
el reciente Premio Nobel de Literatura Kazuo Ishiguro. También hablaría de la
revista de la aerolínea Interjet, que en la hora escasa de vuelo entre la
capital de la República y la del Estado de Jalisco me invitó a leer sobre Paul
Auster, sobre Lovecraft, sobre Fitzgerald, y también artículos de Javier Cercas
o de Rosa Montero, que recibió el Premio Nacional de las Letras hace unos días.
Pero uno
no lleva un diario, aunque recientemente se ocupara de ellos en una mesa
redonda. De modo que no hablará aquí de que esta mañana ha estado hablando durante
el desayuno con Auster acerca de su conferencia del pasado domingo sobre Edgar
Allan Poe, ni mencionará que le ha entregado un ejemplar dedicado de sus
traducciones de la poesía del autor de “El cuervo”; no elogiará la lucidez y los versos de Eduardo Lizalde; tampoco se referirá a su
visita a la Escuela Regional de Enseñanza Media Superior de Ocotlán, cerca del
lago Chapala, y su encuentro con los chicos, que demostraron una disposición y
curiosidad mucho más notables que las de sus coetáneos españoles; queda también
exento de describir la extraña belleza de la muerte encarnada –o descarnada– en
las muchachas disfrazadas y maquilladas de la Catrina. No señalará en qué lugar
de la autovía queda la entrada al rancho del cantante Vicente Fernández: “Los
Tres Potrillos”.
Pasará
de puntillas sobre los escritores, editores y demás personas relacionadas con
la literatura que estos días pueblan la casi ciudad autónoma que es la FIL y
los salones, pasillos y ascensores del hotel, algo achaparrado ante el
rascacielos barbado que es Juan Villoro, sobre cuyo cráneo parece que van a
volar las águilas que revoloteaban junto al ventanal del cuarto del viajero la
mañana que llegó, águilas que parecían salidas de La visión de Anáhuac, de Alfonso Reyes. Carlos Fuentes, de cuya
viuda no hablará tampoco, saludada en la sala de atención a autores, tomó el
epígrafe del poema en prosa de Reyes como título de uno de sus libros más
célebres: La región más transparente.
Pero no comentará nada de esto ni de los amigos con los que se topa, como Armando
González Torres, José Luis Martínez y Roberto Pliego, del suplemento Laberinto de Milenio (que esta semana saca además Filias, un boletín diario sobre la FIL). Tampoco se entretendrá en
dar cuenta de las personas a las que conoce y le presentan, empleados de la
Secretaría de Cultura, autores de novelas históricas sobre los mayas, inminente
fichajes de catálogos que frecuenta.
Dejará fuera de estas páginas a poetas y mariachis, maestros y aprendices, policías y meseros, taxistas y edecanes. Saldrá por la puerta, cruzará la calle, entrará en la FIL. No escribirá él: se dejará arrastrar por las palabras ajenas.
Dejará fuera de estas páginas a poetas y mariachis, maestros y aprendices, policías y meseros, taxistas y edecanes. Saldrá por la puerta, cruzará la calle, entrará en la FIL. No escribirá él: se dejará arrastrar por las palabras ajenas.
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