No sin razón, a la escritora nacida en 1925 en Savannah
(Georgia) se la tiene por una de las voces más señeras de la narrativa
estadounidense del pasado siglo. Su excelencia es indiscutible, pero la
vindicación que hacen de ella los críticos y exégetas católicos, dada su
confesionalidad y el toque religioso que aparece en muchas de sus obras (las
novelas Sangre sabia y Los violentos lo arrebatan y las
colecciones de relatos Un hombre bueno es
difícil de encontrar junto con el póstumo Todo lo que asciende debe converger) podría sugerir una gravedad
moral, una seriedad que en realidad no existe ni en su obra ni en lo que
atisbamos de su comportamiento cotidiano gracias a epistolarios y testimonios. De
hecho, ella misma, muy consciente de su obra y de su papel como autora, se dio
cuenta de los peligros de los encasillamientos cuando escribió a John Lynch que
“el silencio del crítico católico es muy a menudo preferible a su atención”, y
que cuando buscaba en las revistas católicas que su madre recibía alguna reseña
de Sangra sabia y no la encontraba se
ponía tan contenta que ponía a rezar en acción de gracias.
Flannery O’Connor es
tremendamente divertida, y el humor uno de los ejes principales de su obra. Ella
misma fue consciente de que era un elemento que sabiamente administrado
potenciaba lo trágico, y aseveró: “En mi propia experiencia, todo lo divertido
que he escrito es más terrible que divertido, o solo divertido porque es
terrible, o solo terrible porque es divertido”. Esa vis cómica está ya en los
dibujos y caricaturas que cultivó en su juventud siendo estudiante y que
publicó en periódicos escolares (la editorial Nórdica recuperó estas tiras
cómicas hace pocos años). Algunas las envió a The New Yorker, pero fueron rechazadas (años después reconocería
que no era una gran dibujante).
El humor
tiene diferentes manifestaciones en su obra escrita: la transcripción del acento
sureño de muchos protagonistas (un acento que a veces a ella le hacía parecer
paleta e incomprensible cuando hablaba en ciudades del Norte), la penetración
psicológica del narrador omnisciente, que destapa los razonamientos pintorescos
de los personajes, las descripciones deformantes a veces, primas del
esperpento… Lo cómico es a menudo humor negro, como el final de ese cuento en
el que un viejo general confederado que ha alcanzado los ciento cuatro años de
edad tiene un comportamiento patoso, de viejo verde más que de adusto
uniformado gris, siempre pendiente de las chicas (the guls), y estira la pata sin que su nieto boy scout que lo transporta en silla de ruedas se dé cuenta de que la
ha espichado, atento como está a la cola que guarda para conseguir de una
máquina expendedora una botella de Coca-Cola. También suele emplear el humor en
nombres y apellidos, como cuando la sabihonda protagonista de “Buena gente del
campo” abandona su nombre de pila, Joy (“alegría””) por otro extravagante solo
para fastidiar a su madre. En “Un círculo de fuego”, la señora Cope teme que
unos golfillos que se han presentado en su casa le prendan fuego a los campos
de alrededor con una colilla mal apagada. Cuando ve que uno de estos chicos,
apellidado Gawfield, lanza la colilla, ella le grita que por favor la recoja,
pero su subconsciente la traiciona y lo llama Ashfield (“campo de cenizas”).
Otro de los ejes de la ficción
o’connoriana es lo grotesco, sobre lo que ella misma se explayó en una
conferencia. Allí teorizó de la manera más humorística cuando dijo que se había
dado cuenta de que todo lo que procedía del Sur era calificado de grotesco por
un lector del Norte, salvo que fuera grotesco, en cuyo caso era calificado de
realista. Pero más que de lo grotesco, de lo que nos habla constantemente es de
la gracia y mediante la gracia, en las acepciones de esta como “favor
sobrenatural y gratuito que Dios concede al hombre para ponerlo en el camino de
la salvación” y “capacidad de alguien o de algo para hacer reír”. Ella padeció
una grave dolencia y tuvo que someterse a transfusiones, inyecciones,
cortisonas con importantes efectos secundarios, muletas, varias operaciones…
todo para morir antes de los cuarenta. Pero aun así, no le parecía que la vida
fuera una tragedia, y estuvo alerta para evitar que su dolor real se
confundiera con la autocompasión, que le fue ajena. Cuando visitó el santuario
de Lourdes para contentar a su madre y a una tía suya, se dio cuenta de que al
menos ver a tantos tullidos y enfermos surtía un efecto: comprobar que había
tantos que estaban mucho peor que ella. Con humor, otra vez, se lo contó en una
carta a su amiga la poeta Elizabeth Bishop. Para O’Connor era mejor rezar que
sufrir, más grande estar alegre que lamentarse.
Sobre Simone Weil anotó que lo
que esta escribía le resultaba ridículo, y que su vida era “casi una mezcla
perfecta de lo Cómico y lo Terrible, dos cosas que pueden ser las caras
opuestas de la misma moneda”. Y poco después apostilló que al decir esto de
Weil no pretendía en absoluto minusvalorarla, sino “rendirle el más alto
homenaje del que era capaz”.
Los ejemplos del humor de
O’Connor son muchos. En uno de sus cuentos más celebrados, “Un hombre bueno es
difícil de encontrar”, la abuela que ya
ha metido la pata en cuanto a la ruta de la excursión le dice al forajido que
está segura de que es un buen hombre, que eso salta a la vista, poco antes de
que este y sus esbirros se vayan cepillando a los miembros de su familia y
finalmente a ella. “El negro artificial” ironiza sobre lo perdidos que están
los habitantes de zonas rurales en la ciudad, y dejando el chiste en manos del
señor Head (sobre la cocina del coche restaurante en el tren, que no le es
permitida visitar a los viajeros, según él para que no vean las cucarachas)
ella se queda con el humor, nada mostrenco, sutil, inteligente.
En cierta ocasión escribió en una carta que de los autores
extranjeros vivos uno de los que más le gustaban era el irlandés Frank
O’Connor, y añadía: “Aún sigo aguardando que alguna señora de un club de
lectura me pregunte si soy pariente de Frank O’Connor. A lo cual espero
contestar: “Soy su madre”. Pero no ha habido ocasión de momento.” Teniendo en
cuenta que el escritor había nacido en 1903, veintidós años antes que ella, la
salida de la autora de Sangre sabia
es aún más humorística. José María Conget la tiene entre sus escritoras
preferidas. Se entiende: ajeno a las creencias de Flannery O’Connor, él es a su
vez uno de nuestros autores de cuentos y novelas más divertidos.
(Publicado en Clarín)

Comentarios