LA PANTERA
Poema anglosajón de autor
anónimo
Traducción de Antonio Rivero
Taravillo y Teresa Merino Ruiz-Funes
Este poema, que abarca tres
milenios, será aproximadamente del siglo X, esa incógnita que nos resulta arduo
despejar desde el racionalismo y el iluso descreimiento actuales. Está recogido
en un bestiario anglosajón que recibe el nombre, en latín, de Physiologus y que, incluido en el famoso
códice conocido como Exeter Book, no es más que una versión a su vez de un
texto griego de época alejandrina. Una primera traducción, ya con poco que
corregir, la hizo Teresa Merino a principios de 1986. Yo, que no estudié inglés
antiguo hasta el curso siguiente, me limité, solicitado por ella, a pulir algo
la forma y adaptarla al alejandrino, el verso de antiguos poemas castellanos
como el Libro de Alexandre o los Milagros de Nuestra Señora de Gonzalo de
Berceo. El verso anglosajón, dividido en dos hemistiquios, se presta
particularmente a ello. Luego, en las otras traducciones que, ya solo, hice de poemas
de esa lengua opté por un verso en el que primaran los acentos sobre el
isosilabismo y ese rasgo que fascinó a Juan Eduardo Cirlot: la aliteración.
Borges, que dirigió un soneto a la pantera (otra y la
misma), le dedicó a esta del poema unas líneas de su Libro de los seres imaginarios. En ellas leemos: “Para atenuar el estupor que puede producir esta
alegoría, recordemos que la Pantera no era una bestia feroz para los sajones,
sino un sonido exótico, no respaldado por una representación muy concreta. Cabe
agregar, a título de curiosidad, que el poema Gerontion, de Eliot,
habla de Christ the tiger, de “Cristo el tigre”.”
A.R.T.
Monge sindon geond
middangeard
unrīmu cynn, [þāra]
þe wē æþelu ne magon
ryhte āreccan nē rīm
witan;
þæs wīde sind geond
wor[u]l[d] innan
fugla and dēora foldhrērendras,
wornas widsceope, swā
wæter bibūgeð
þisne beorhtan bōsm, brim
grymetende,
sealtȳpa geswing. Wē bi
sumum hȳrdon
wrǣtlīc[um] gecynd[e] wildra secgan,
fīrum frēamǣrne, feorlondum
on,
eard weardian, ēðles
nēotan,
æfter dūnscrafum. Is þæt
dēor Pandher
bi noman hāten, þæs þe
niþþa bear[n],
wīsfæste weras, on
gewritum cȳþa[ð]
bi þām ānstapan. Sē is ǣ[g]hwām
frēond,
duguða ēstig, būtan
dracan ānum;
þām hē in ealle tīd andwrāð
leofaþ,
þurh yfla gehwylc þe hē
geæfnan mæg.
Ðæt is wrǣtlīc dēor, wundrum
scȳne,
hīwa gehwylces. Swā
hæleð secgað,
gǣsthālge guman, þætte
Iōsēphes
tunece wǣre telga
gehwylces
blēom bregdende, þāra
beorhtra gehwylc,
ǣghwæs ǣnlīcra, ōþrum
līxte
dryhta bearnum, swā þæs
dēores hīw,
blǣc, brigda gehwæs, beorhtra
and scȳnra
wundrum līxeð, þætte
wrǣtlīcra
ǣghwylc ōþrum, ǣnlīcra
gīen
and fǣgerra, frætwum
blīceð,
symle sellīcra. Hē hafað
sundorgecynd,
milde, gemetfæst. Hē is
monþwǣre,
lufsum and lēoftæl: nele
lāþes wiht
ǣ[ng]um geæfnan būtan
þām āttorsceaþan,
his fyrngeflitan, þe ic ǣr
fore sægde.
Symle, fylle fægen, þonne
fōddor þigeð,
æfter þām gereordum ræste
sēceð,
dȳgle stōwe under
dūnscrafum;
ðǣr se þēo[d]wiga þrēonihta
fæc
swifeð on swe[o]fote, slǣpe gebiesga[d].
Þonne ellenrōf ūp
āstondeð,
þrymme gewelga[d], on þone
þriddan dæg,
snēome of slǣpe. Swēghlēoþor
cymeð,
wōþa wynsumast, þurh þæs
wildres mūð;
æfter pære stefne stenc ūt
cymeð
of þām wongstede— wynsumra
stēam,
swēttra and swīþra, swæcca
gehwylcum,
wyrta blōstmum and
wudublēdum,
eallum æþelīcra eorþan
frætw[um].
Þonne of ceastrum and
cynestōlum
and of burgsalum beornþrēat
monig
farað foldwegum folca
þrȳþum;
ēoredcystum, ofestum
gefȳsde,
dareðlācende —dēor [s]wā
some—
æfter þǣre stefne on þone
stenc farað.
Swā is Dryhten God, drēama
Rǣdend,
eallum ēaðmēde ōþrum
gesceaftum,
duguða gehwylcre, būtan
dracan ānum,
āttres ordfruman— þæt is
se ealda fēond
þone hē gesǣlde in sūsla
grund,
and gefetrade fȳrnum
tēagum,
biþeahte þrēanȳdum; and þȳ
þriddan dæge
of dīgle ārās, þæs þe
hē dēað fore ūs
þrēo niht þolade, Þēoden
engla,
sigora Sellend. Þæt wæs
swēte stenc,
wlitig and wynsum, geond
woruld ealle.
Siþþan tō þām swicce sōðfæste
men,
on healfa gehwone, hēapum þrungon
geond ealne ymbhwyrft eorþan scēat[a].
Swā se snottra gecwæð Sanctus Paulus:
‘Monigfealde sind geond middangeard
gōd ungnȳðe þe ūs tō giefe dǣleð
and tō feorhnere Fæder ælmihtig,
and se ānga Hyht ealra gesceafta
uppe ge niþre.’ Þæt is æþele stenc.
Existen
en el mundo infinitas especies,
apenas
si podemos referir su nobleza
ni
tampoco su número conocer justamente;
extendidas
se encuentran sobre la tierra toda
errantes
multitudes de pájaros y bestias
como el
agua que abraza este suelo radiante,
rugiente
marejada, oleaje salado.
Hablar
hemos oído sobre cierta criatura:
su
carácter extraño, las regiones que
habita
—celebradas
incluso en países remotos—,
la
morada que ocupa en las altas
cavernas.
Es
llamada pantera según han declarado
los
hijos de los hombres en sus sabios
escritos
sobre
este vagabundo que marcha solitario.
Amigo
generoso, a todos favorece
excepto
a la serpiente, cuya maldad detesta.
Fiera
maravillosa, mágicamente bella
en todos
los matices de su rica apariencia.
así como
la Túnica Sagrada relucía
–afirman
los piadosos– irradiando color,
reluce
su figura con singular reflejo:
hermosura
radiante, fúlgido tornasol.
Es su
naturaleza de condición insólita,
apacible
es y suave; es amante y amado.
A nadie
perjudica, tan sólo a su adversario,
venenoso
rival del que ya antes hablé.
De su
festín contento, saciado se retira
a un
oculto paraje en las altas cavernas.
Allí
duerme el guerrero; descansa por tres
días
en
sueños sumergido. Al tercer día sale:
lleno de
fortaleza abandona el reposo.
Bellísimos
acordes surgen de la garganta
del
salvaje animal. Cuando cesa el sonido
aquel
lugar exhala fragancias deliciosas,
más
dulces y tenaces que los aromas
todos,
que los
frutos silvestres, que el follaje del
bosque...
Supera
en excelencia los tesoros del mundo.
Surgen
las multitudes de palacios, ciudades;
por los
caminos vienen los armados guerreros,
huestes
innumerables avanzan presurosas.
También
los animales acuden al perfume
guiados
por la voz: así nuestro Señor
a todos
favorece con generosos dones
si no es
a la serpiente de quien brota el
veneno,
veterana
rival a la que encadenó
al fondo
del tormento, sujeta con grilletes,
hundida
en la miseria. Después del tercer día,
tras
morir por nosotros abandonó el
sepulcro:
Príncipe
de los ángeles, Señor de las
victorias.
Una
dulce fragancia –placentera,
exquisita–
impregnaba
la tierra. Los más fieles humanos
en
tropel acudían atravesando el círculo
de la
faz terrenal. Como dijo San Pablo:
“Abundan
en el mundo los espléndidos bienes
que el
Todopoderoso concedérnoslos quiso;
esperanza
de vida para toda criatura
del cielo y de la tierra”. Magnífica fragancia.
Publicado en Anáfora, 11.

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