DOS RETRATOS DE GRUPO. 90 AÑOS DE LA GENERACIÓN DEL 27
Nueve años median entre una fotografía y otra, casi un
decenio lleno de cambios políticos, sociales y, en lo que aquí más importa,
poéticos. Comencemos por el segundo, un retrato de grupo tomado en la primavera
de 1936 con motivo de la publicación de La
realidad y el deseo, volumen en el que Luis Cernuda recoge su poesía hasta
la fecha (la ya editada y la mucha que permanecía inédita). Fue un banquete en
un restaurante madrileño y allí aparecen, junto al sevillano homenajeado,
Vicente Aleixandre, Federico García Lorca, Pedro Salinas, Rafael Alberti,
Concha Méndez y Manuel Altolaguirre, poetas todos de lo que más tarde se
llamará Generación del 27. También están presentes Pablo Neruda, María Teresa
León y otros. En aquel momento, los poetas que comparten mesa y mantel con
Cernuda constituyen un grupo de amigos que representan, con algunos ausentes,
lo mejor de la poesía española de la época y de su generación (la coincidencia
de ambas coordenadas es importante porque en aquel instante siguen escribiendo
poetas mayores como Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado y Miguel de Unamuno, no
adscribibles al grupo y en el caso de Jiménez, primero maestro y luego
repudiado). Entre quienes por diferentes motivos no han acompañado a Cernuda
ese día y en todos los recuentos constan como integrantes del mismo grupo
poético están Dámaso Alonso, Gerardo Diego, Jorge Guillén y Emilio Prados. Sí
aparece en la fotografía José Bergamín, quien aunque las nóminas de la Generación
del 27 suelen excluirlo fue estrictamente poeta coetáneo y editor, además, de
varios de ellos, primero en Cruz y Raya y luego en la mexicana editorial
Séneca. Pero aún hay otros que no comparecen en el blanco y negro fotográfico y
entran sin embargo en el arco temporal trazado por las fronteras cronológicas
de la generación. ¿Algunos nombres? José María Hinojosa, Juan Gil-Albert, Juan
José Domenchina (que llegó a ser detestado por casi todos), su esposa Ernestina
de Champurcín, Pedro Garfias o Juan Chabás.
¿Cómo
se llegó allí, a ese salón del restaurante madrileño? Bergamín, ya citado, fue
uno de los que ya dejó su enjuta figura en otro negativo (o negativos, porque
hubo más de uno del mismo posado) en el homenaje a Góngora que se celebró en
Sevilla finalizando el otoño de 1927, ahora hace noventa años. Aquí hay que
establecer el germen, aperitivo largo tiempo prolongado, de aquel almuerzo
futuro. No se trató en esta ocasión de una comida o cena (aunque las hubo, y
con pintorescos festejos privados, sembrados de anécdotas), sino de dos
sesiones organizadas por el Ateneo de Sevilla y con el apoyo de Ignacio
Sánchez-Mejías, el torero escritor a cuya muerte Lorca compuso la extraordinaria
elegía que lleva su nombre. Acompañando a Bergamín, en el estrado estaban Alberti,
Lorca, Chabás, Guillén, Alonso y Diego, más algunas personalidades locales no
tan conocidas. Local era también, aunque tímido y huidizo, Cernuda, quien se
hallaba en la sala pero se quedó sentado en su butaca (fuera invitado o no a la
fotografía, no parece que tuviera mucho interés en compartir imagen con Chabás,
uno de los críticos que acogieron con tibieza si no negativismo su recién
publicado primer libro, Perfil del aire).
Góngora,
de cuya muerte se cumplía el tercer centenario, había sido preterido desde
hacía largo tiempo, y estos poetas jóvenes lo reivindicaron (Alonso le había
dedicado su tesis doctoral en 1926). El cordobés representaba algo que todos
ellos querían conjugar: tradición y vanguardia (Octavio Paz acuñaría más
adelante y en otro contexto el sintagma “la tradición de la ruptura”). No solo
miraban atrás a un colega del pasado desde la posición rebelde y pugnaz de la
juventud: admiraba de él su audacia sintáctica y capacidad metafórica, con sus
fulgurantes imágenes. También volvieron muchos de ellos la vista hacia el
cancionero tradicional, Lope y Garcilaso (Alberti lo había evocado en un poema
de Marinero en tierra, y Altolaguirre
escribiría su biografía). La libertad de Góngora a la hora de establecer
analogías lindaba con un fenómeno reciente que llevaba años produciéndose en
Francia y que había alcanzado cierto arraigo en España: el surrealismo. No
todos lo cultivaron, ni mucho menos, pero entre los poetas del momento casi
todos se vieron influidos por fenómenos en parte afines como el creacionismo y
el ultraísmo (aquí habrá que incluir a Juan Larrea, residente en París).
En
puridad, y por más que se busquen rasgos de una identidad común, los poetas del
27 fueron muy distintos entre sí, y los ejes de su amistad rara vez se
establecieron de forma general, sino mucho más en pequeños grupos, subgrupos o
hasta tándems, entre los que hay que incluir también las antipatías y los
rechazos. Al término Generación del 27 (término empleado por primera vez por Chabás
y consagrado por Juan Valbuena Prat en su manual de literatura española), le
han salido con el tiempo numerosas alternativas. Uno de los protagonistas,
Cernuda, prefería Generación de 1925 atendiendo a una fecha promedio de las
primeras publicaciones. El bienintencionado o mixtificador marbete de
Generación de la Amistad parece desde luego inaplicable, o solo pertinente si
se ve con manga ancha y luz poética, es decir si se considera lo fugaz y elegíacamente
se constata cuán presto se va el placer
y cómo las relaciones personales están destinadas a la decadencia y la
desintegración, minadas por la maledicencia, la incomprensión, el recelo.
Seguro azar es título de Salinas, un oxímoron
que fue también utilizado, con una leve modificación, por su íntimo Guillén,
quien escribió que estas confluencias en torno a Góngora y las “veladas
literarias” correspondientes, con el encuentro de unos y de otros, fueron este
endecasílabo tan generosamente repetido: “un buen azar que resultó destino”.
Nos fuimos a Sevilla.
¿Quiénes?
Unos amigos
por
contactos casuales,
un buen azar que resultó
destino,
relaciones felices
entre quienes, aún mozos,
se descubren gustos,
preferencias
en su raíz comunes.
La
falta de programa o asunción por parte de todos de los mismos postulados estéticos
y la coincidencia temporal, aunque haya grandes diferencias en los libros de
unos y de otros, hace que se pueda comparar a la Generación con el grupo
mexicano de los Contemporáneos, agrupados en la revista homónima que se empezó
a publicar un año después de aquel 1927. Pero los españoles mancharon mucho más
papel en un elevado número de revistas y suplementos literarios radicados en
diferentes ciudades (Litoral, Carmen, Mediodía, Papel de Aleluyas,
el suplemento de La Verdad, Verso y Prosa, Héroe…). No obstante, junto a las publicaciones periódicas una
antología fue providencial para la difusión del 27: la de Gerardo Diego, que
vio la luz en 1932 y fue objeto de una segunda edición en 1934. Poesía española. Antología 1915-1931
agavillaba poemas de algunos nombres mayores: Jiménez, los dos Machado, Unamuno
y un escritor que por así decir vivió en tierra de nadie generacional, José
Moreno Villa (1887). Tras ellos, Salinas, Guillén, Alonso, Larrea, Diego,
Lorca, Alberti, Villalón, Prados, Aleixandre, Cernuda y Altolaguirre. Notables
son de un lado la omisión de Hinojosa (el mayor surrealista español, que
abandonó la escritura en 1931) y, de otro, la inclusión de Villalón, el mayor
de todos los que empezaban a publicar estos años y que, sobre su obra neopopular
por así decir chapada a la antigua, demostró tener una gran capacidad de
evolución vanguardista, truncada por su larga enfermedad y repentina muerte
tras ser operado en 1930.
La
segunda edición de la antología de Diego, que sin duda tuvo un gran peso en la
promoción de estos poetas, añadía numerosos nombres, tanto anteriores como adscribibles
a la Generación; entre estos, Mauricio Bacarisse (que posó en el acto del
Ateneo) y dos mujeres: de Champourcín y Josefina de la Torre (Méndez estuvo
ausente de las dos ediciones, como otras recordadas en tiempos recientes pero
cuya inclusión junto a los nombres más prestigiosos exigiría la incorporación
asimismo de una populosa lista de equivalentes masculinos).
La
Generación del 27 dejó poemas sobre una España de bandoleros y gitanos pero
también con manifestaciones del vértigo de la gran metrópoli; del amor que no
se atreve a decir su nombre y de un fervoroso amor heterosexual (que resultó
adúltero); de desbordado surrealismo y de neorromanticismo meditativo. También
–y esto es más importante de lo que parece, porque acrecienta la obra propia y abre
estancias– cultivó la traducción de poesía (el especialista Francisco Javier
Díez de Revenga ha reunido estas versiones en Las traducciones del 27).
El postre fue amargo. Tres meses
de aquella comida en que se celebraba la publicación de la obra de uno de los
poetas más vigentes hoy (acaso el que más se sigue leyendo) se producía el
alzamiento militar que provocaría la Guerra Civil prolongada durante tres años que
directamente acarreó el asesinato de dos de los miembros de la Generación
(Lorca e Hinojosa, cada uno a manos de los más facinerosos de los respectivos
bandos) y una dispersión que llevó a muchos al extranjero. En España o fuera de
ella siguieron escribiendo los supervivientes, y de los que se marcharon un
buen puñado radicó en México (gracias a la hospitalidad del presidente Lázaro
Cárdenas al principio y luego, fue el caso de Cernuda, tras largo exilio
anglosajón y por elección propia).
Si
México ganó en diferentes campos profesionales, culturales y artísticos con estos
“transterrados” (la expresión es de José Gaos), en el campo de la poesía esta
presencia fue enorme, lo mismo en calidad que en cantidad, hasta el punto de
que al convertirse para ellos Méjico (forma española de su escritura) en México,
con x, podría decirse que también una parte sustancial de la Generación se
convirtió en Xeneración. A México vinieron Litoral
en pleno (de hecho hubo una segunda etapa de la revista en este país): Prados y
Altolaguirre. Y también hallaron refugio, gachupines chilangos durante un
tiempo (en no pocos casos hasta la muerte), Moreno Villa, Gaya, Méndez, Bergamín,
Gil-Albert, Domenchina, de Champourcín, Rejano y Cernuda. Max Aub, aunque no
fue la poesía su principal dedicación como escritor, también es encuadrable en
la Generación atendiendo a criterios temporales. En cuanto a Pedro Garfias,
este fue dando tumbos por varias ciudades desde que llegó a Veracruz en el paquebote
Sinaia y murió regiomontano.
A
diferencia de otros países, más remisos a la hora de juntar números y letras en
la taxonomía literaria, España lleva más de un siglo adscribiendo años o
décadas a sus oleadas de escritores: Generación del 98, del 14, del 27, del 36,
de los Cincuenta, de los Ochenta… Tal vez la de los Novísimos sea la excepción,
pero esta sí que fue una operación de marketing editorial, y no la de Gerardo
Diego: el superlativo vendía en una España ávida de cambios. La Generación del
27, con ese nombre para entendernos, permanece como un hito insoslayable y más
allá de las individualidades geniales (Lorca) da fe de un momento, más que
movimiento, único en la poesía peninsular, cuyos ecos –¿no los oís?– están
todavía resonando entre nosotros.
(Publicado en Invndación Castálida, revista de la Universidad del Claustro Sor Juana, México)


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