Adolfo García Ortega, Ray Loriga y Carlos Pardo conversando en el pabellón de Madrid
Que hoy estaré volando de vuelta a España, quiero decir. Dejo aquí algunas anotaciones del no diario que he llevado esta semana, que vale un año, en la Feria Internacional de Libro de Guadalajara:
Esto sigue sin
ser un diario. Si lo fuera, uno referiría aquí la multitudinaria cena en casa
de Raúl Padilla, presidente de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara,
ponderaría la belleza de no pocas de las asistentes, la conversación con los nuevos
amigos -y poetas- Luis Armenta Malpica, Gustavo Íñiguez y Jorge Ortega; la
agradable plática con la abierta y expresiva Cristina Rivera Garza acerca de su
más reciente libro, Había mucha niebla o
humo o yo no sé; la excelencia de un vino tinto que tomó y tomó y tomó por
gran rioja y que resultó ser mexicano (de las bodegas Madero, creo recordar que de Aguascalientes).
Si esto fuese un diario, contaría
aquí los encuentros en el desayuno: con Elena Ramírez, directora de Seix Barral
y responsable del área internacional del Grupo Planeta, que charlaba en buen
inglés con una autora frente a la cristalera desde la que se divisa mediada
ciudad, y a la que no interrumpí para no frustrar un negocio de muchos miles de dólares (Elena sabe lo que publica); el fortísimo catarro de Wendy Guerra, contra el que la amable mesera
dispuso, amablemente imperativa, el remedio de un té con limón; la alta aparición de Sergio Ramírez con su esposa; la
perplejidad de Carrere, solo ante su taza de café, por los muchos y populosos
actos a los que lo llevan, las numerosas fotografías de extraños que decora. Hablaría
de que Elena Poniatowska no es tan chaparrita como pensaba y aún más agradable
de lo que imaginaba; de que aún está esperando a Antonio Lucas, que aseguró que
participaría en la presentación de la revista Estación Poesía y se lo tragó, por ahí se va a salvar, ese
justificado Maelstrom, la FIL. Contaría que en el vestíbulo del hotel, a unos
metros de donde estaba sentado Élmer Mendoza, Luis García Montero le anunció
que le acababan de conceder el Premio Ramón López Velarde por su trayectoria;
que Alberto Ruy Sánchez siempre viste guayaberas; que Antonio Ortuño es tan
jovial como se transparenta en sus artículos y textos de Facebook; que Alberto Chimal cenaba en la mesa de al lado en la cantina del Hilton.
Añadiría que uno programa la
asistencia a muchas actividades y que luego difícilmente puede acudir a la
mitad de ellas, siempre con tantas cosas que hacer al mismo tiempo. Que la
Feria se escurre de las manos con la promesa de una nueva Feria (que el año que
viene, ya se anuncia oficiosamente por quienes saben, estará dedicada a
Portugal). Que se va uno de ella y en realidad se queda, o ella se va con uno, tanto da.
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