PAULA
MEEHAN VUELVE A GARDINER STREET
Pequeña,
como tan solo puede ser lo más grande,
de la estatura inmensa de los sueños,
había dos poemas en su voz.
Y no emocionó menos el primero,
portal del de los versos, luminoso
mas no por lo evocado: por el rayo
fulgurante del sol de la memoria.
La adulta recordaba aquellas calles
en que vivió de niña,
los juegos con la cuerda, las esquinas
del norte de Dublín, esas mansiones
más tarde vueltas casas de vecinos
sórdidas, duras, hacinadas
como en dramas de O’Casey
o el eco del hollín en la miseria.
Como versos certeros, las palabras
no hablaban de esto ni de aquello,
lo componían
igual que los ladrillos las fachadas
y la hiedra plural y minuciosa
que entreteje el ahora y su pasado.
Paula era la niña que fue Paula.
Nosotros sus vecinos, sus amigos
que tiramos también de aquella soga
cuyo cabo se amarra a aquellos días,
el ancla del ayer en la tormenta.
como tan solo puede ser lo más grande,
de la estatura inmensa de los sueños,
había dos poemas en su voz.
Y no emocionó menos el primero,
portal del de los versos, luminoso
mas no por lo evocado: por el rayo
fulgurante del sol de la memoria.
La adulta recordaba aquellas calles
en que vivió de niña,
los juegos con la cuerda, las esquinas
del norte de Dublín, esas mansiones
más tarde vueltas casas de vecinos
sórdidas, duras, hacinadas
como en dramas de O’Casey
o el eco del hollín en la miseria.
Como versos certeros, las palabras
no hablaban de esto ni de aquello,
lo componían
igual que los ladrillos las fachadas
y la hiedra plural y minuciosa
que entreteje el ahora y su pasado.
Paula era la niña que fue Paula.
Nosotros sus vecinos, sus amigos
que tiramos también de aquella soga
cuyo cabo se amarra a aquellos días,
el ancla del ayer en la tormenta.
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