El
mirlo de las ocho de la tarde
llega
puntual a la terraza.
Es
un expreso o tren de cercanías
de
único vagón, aéreo y libre,
que
descarrila y pone su cojín diminuto
sobre
el respaldo de la silla verde,
o
acaso una desenganchada
locomotora
de breve chimenea melodiosa.
de breve chimenea melodiosa.
Acicalándose,
henchido
como un mirlo
que
se acicala,
que limpia
su plumaje, y ya de paso
los
ojos que lo observan,
su
humareda naranja en su carbón.
Más
tarde la golpea sobre el canto
del
prado del asiento,
afila
el pico,
la
puerta de lombrices que sacarán billete
para
un viaje solamente de ida.
Y
deja la estación con un pitido
que
invita a recorrer junto con él
las
invisibles vías de la tarde,
el
aire en el que viaja
hasta mañana.
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