De niño, cuando visitábamos a mis
tías abuelas, yo arañaba el barniz o pintura de la mecedora, una pasta oscura
que enlutaba los extremos de mis manos, como de negro estaban ellas, coronadas
a su vez por la blancura. Hoy, cuando aquella mecedora ya no se balancea, y ni
siquiera existirá, no sé por qué siento las pequeñas cicatrices en el brazo de
aquel mueble -que dolerían no a la madera insensible, sino a las ancianas
dueñas-, y aquella oscura pasta aún, huella que delata el pequeño crimen, bajo
mi uña limpia.
Comentarios