Contempla el sol, cómo nos copia
y sigue nuestros pasos por el aire
como un cachorro que domesticamos.
Se alza, se ilumina, va bajando
–can al que vence la fatiga–,
para ponerse luego, horizontal,
cenizas o cadáver que se entierra.
Y somos ese perro que nos trae
su pelota lanzada que no vuelve.
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