John Keats, por John Severn
El buen poeta
(porque el poeta malo
no tiene derecho a existir,
aunque sí el hombre, la mujer,
que cree habitarlo erróneamente)
escribe con el papel sobre el lápiz,
no explica lo que le sucede a él
sino que escribe
lo que le pasa a su poema,
comienza este por el final
o hace que el final sea el principio.
Si un doctor le tomara el pulso
en el momento en el que crea,
solo detectaría acentos
entre sus muñecas o sílabas,
y al enfermar
le vería inyectar sangre en la aguja,
herida en la jeringa.
El buen poeta es verso él mismo, y late,
solo uno más, entre los otros versos,
y respira con ellos, se encabalga
de la primera hasta la última estrofa.
Es la metáfora
y la sinécdoque:
si decimos su nombre,
es el poema al que nombramos.
Ni consonante ni asonante,
rima con él
desde el primer al último sonido.
Es estribillo que repite
todas y cada una de sus células.
El buen poeta,
samaritano de palabras,
abre la jaula del poema
para que salgan, un aleteo, las imágenes
y poder introducirse en él,
en un canto que encierra
las rejas,
igual que a las costillas los pulmones
o a la garganta ensarta el hilo
del telar de las cuerdas en que el verbo
diseña su tapiz.
El canto hace la voz, y no al contrario.
El poema hace al hombre: son el mismo.
Cantar es ver vivir lo que se muere,
que no muere jamás porque se canta.

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