Antiguo Colegio de san Ildefonso. La Verdad
DIURNO DE SAN ILDEFONSO
Para Antonio Bertrán
La neblina desdijo en la mañana
el título del valle de Anáhuac:
hoy la región más transparente,
esta ciudad,
esperó a construirse a mediodía.
El sol doraba,
calcárea plata, los cráneos
del tzonpantli
en los taludes del Templo Mayor.
Junto, sobre, cabe
las ruinas de Tenochtitlán,
el tezontle sólido, pesado, de San Ildefonso,
rojo subrayado
por la cantería, la gris pintura de ojos
en el rostro de la roca indígena.
Reverberando,
los versos de jóvenes poetas
de hace un siglo
de la Escuela Nacional Preparatoria.
Tú y yo, Antonio fuimos –me llevaste–
a esa casa de Tlaxcala
en el corazón de México,
–también este arrancado como en un sacrificio
y que llevo conmigo–:
la piedra virreinal
y, al levantar la servilleta de la fachada,
los arcos del XVIII en el patio
que copiaban las curvas de las tortas;
en esta casa en que vivió Martí,
la plática,
esa hiedra de palabras enredándose
como limón y sal sobre el mantel.
Al salir –¿recuerdas?–la promesa
del guardia de que un día nos mostraría
viejas banderas en la cerrada sala
que, sin embargo,
aquí ondean –y con qué brillo y fuerza,
sin que les falte un hilo–
en la amistad.

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