En la muerte de Fernando del Paso




Para mí, antes de 2014, su nombre formaba parte de una nebulosa en que habitaban los clásicos, y no me planteaba siquiera que estuviese vivo. Por eso no me perdí un acto en el que participó en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, ciudad en la que vivía. Jamás había visto yo tanto cariño y admiración en torno a un autor: una sala absolutamente llena de un público entregado que lo acogió con una ovación interminable, grabada por los numerosos equipos de televisión. Iba ya en silla de ruedas (había sufrido una grave enfermedad), pero tenía la voz aún clara, llena de modulaciones expresivas, vehículo de humor y encanto. Por otra parte, dandi y divertido, vestía con chillona extravagancia, con colores vivísimos. Si no me equivoco, aquel día lucía una chaqueta de un verde frondoso, inverosímil.
    Luego, el año pasado asistí también en la FIL a otro de los actos que protagonizó. Ahora sí tuvo dificultades para hablar y se proyectó un cortometraje que suplió sus deficiencias. Iba también ataviado de manera estrafalaria, con chaqueta de listas y cuadros, con parches estrámbóticos y guantes de lana. Coincidimos en el pasillo que lleva desde la sala de autores a las puertas traseras de los salones, y estuvimos platicando un rato en compañía de Marisol Schultz, la directora de la Feria, la escritora y profesora Rosa Beltrán, la rectora de la Universidad del Claustro de Sor Juana, Carmen López Portillo, y una cálida y jovial Elena Poniatowska, que lo agasajó y quiso fotografiarse con él. También se había presentado esos días una novela policiaca suya, pero sus grandes libros, por los que será recordado, son Noticias del Imperio (con la memorable Carlota y su monólogo), Palinuro de México y José Trigo.
     También escribió poesía, y la poeta y periodista Julia Santibáñez me regaló, cuando le dije que no los había leído, un ejemplar de los Sonetos del amor y de lo diario, desenfadados, cultos, barrocos, escritos con virtuosismo y acompañados de unos dibujos en tinta china del autor. Podría aquí reproducir uno de sus sonetos a la rosa, por ejemplo el IV ("rosa más alta que la vida, altiva / rosa que, cuando, rota, se deshoja, / se hace de nuevo rosa en la memoria"), pero he recordado que escribí un poema inspirado en algo que vi durante aquella intervención suya de 2014. En la fila de butacas que tenía delante de mí, una pareja adolescente se daba arrumacos mientras hablaba Fernando del Paso y durante los estruendosos aplausos que recibió. Son versos de vida que contrastan con este momento de ahora de su muerte, y aunque es natural la tristeza por su desaparición también es grande la alegría y la gratitud por lo que dio en su obra. Va mi poema sobre aquel día en Guadalajara y no sobre Fernando del Paso, sino sobre la anónima pareja:


UNA FLOR QUIETA

En el salón de actos,
el conferenciante
diserta sobre el amor.
Unas manos no aplauden.

Entrelazadas,
dos tan distintas
en un puño o teclado,
son música silente
en la ovación.

Callan en estéreo. 
Un animalillo que es dúo, dos alas
plegadas ante el frío de existir.

Las butacas, el nido
de un pájaro posado en sus rodillas.

Una flor quieta
en un bosque agitado por el viento.

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