Ochenta años sin Yeats (pero con él)





(Algo de lo que he dicho hoy en la conferencia sobre Yeats en a Universidad del Claustro de Sor Juana, en México)




Se cumple el próximo mes de enero el ochenta aniversario de la muerte de William Butler Yeats. Yeats (1865-1939) es unánimemente reconocido como el poeta nacional de su país, Irlanda. Toda la tradición que llegó hasta él, desde diferentes ríos y corrientes, confluyó en unas aguas en las que se mezclan armoniosamente elementos dispares, sin que se produzcan turbulencias ni grumos, de una manera transparente y cristalina. Tanto, que otros a su vez han bebido en ellas. Yeats es el referente ineludible de la poesía irlandesa del siglo XX y aún del XXI. Quizá al abrigo de la efeméride podamos analizar brevemente en qué consiste su obra y cuál es su legado.
            De los caudales que convergen en el poeta, uno principal es el de la poesía inglesa, naturalmente. La escrita en Inglaterra, quiero decir. Una figura fundamental en el primer Yeats fue el visionario William Blake, cuyas obras editó y estudió. Es sintomático este interés por Blake, pues delata la atracción, axial en Yeats, por la otra realidad, el envés mágico de las cosas, genealogías alternativas, cosmogonías incluso. En la familia de Yeats había clérigos de la Iglesia de Irlanda, y también artistas. La relación con lo divino y con el arte fue una constante en Blake, aunque de manera heterodoxa. También en Yeats, pero sobre todo más en lo espiritual esotérico, porque su propio arte –la poesía–discurrió en lo formal por caminos conocidos: no fue él alguien que se dedicara a innovar, a romper con lo recibido, como harían Eliot y Pound, bien que él comenzó a publicar poesía en el siglo XIX y en esa centuria el papel de innovador formal corresponde a Hopkins (curiosamente, alguien que escribió desde una perspectiva religiosa). Yeats se decantó por el hermetismo, el rosacrucianismo (tan patente en sus comienzos), la teosofía, el ocultismo y toda esa panoplia de creencias que cuaja en Madam Blavatsky, a quien conoció, y en Aleister Crowley, a quien también conoció y con quien llegaría a enfrentarse.
            Otra corriente que llega a Yeats es la de la tradición irlandesa, la del mundo gaélico con su mitología y sus creencias (más que ultraterrenas, de intersección de otro mundo en este): de ahí las hadas, los duendes, la pervivencia de pueblos anteriores a la historia consignada en las fuentes y que se retiraron bajo tierra y en túmulos (los sídhe), pero que siguen teniendo interacción con este mundo de los humanos. Las leyendas irlandesas están presentes de manera muy notable en Yeats, y a ello favoreció su trato con una gran recuperadora de toda esa que podríamos llamar materia hibernica: lady Gregory, cuyas traducciones resultaron providenciales, así como su apoyo personal a Yeats y al gran proyecto dramático del Renacimiento Irlandés o Irish Revival: el dublinés Abbey Theatre. Esto tuvo también su incidencia en el abrazo de Yeats a la causa nacionalista irlandesa, aunque nunca llegó al fanatismo. Su lección en esto es que la libertad de los pueblos no justifica los excesos, las violencias de las que Irlanda del primer cuarto del siglo XX estuvo bien servida, con el Levantamiento de Pascua de 1916 y las subsiguientes Guerra de Independencia y la contienda fratricida. Precisamente sobre esta, Yeats escribió uno de sus mejores poemas: “Meditaciones en tiempo de Guerra Civil”.
            Es cierto que Yeats elucubró hasta el final de sus días sobre arcanas esferas, ciclos de la humanidad, correspondencias lunares, en una veta no fácilmente accesible. Pero no menos cierto es que los encantos (nunca mejor dicho) de sus escritos mitológicos y feéricos, su intensa poesía amorosa, su poesía cívica (esa a la que él dio el marbete de un título suyo, Responsabilidades, pero que trasciende los límites de ese volumen), sus escritos sobre el papel del artista en la sociedad son luminosos.
            Su influencia, anoté, es amplia y larga. Como sucede con los grandes poetas llega lejos. O cerca, porque redacto estas líneas en México. Hace algunos años, al leer por primera vez la poesía completa del gran poeta mexicano José Emilio Pacheco, me sorprendí al toparme con un poema que me recordó de inmediato a Yeats. No podía ser casual, y desde luego constituye un homenaje, un guiño. Pertenece a Irás y no volverás (1973).

MÍRAME Y NO ME TOQUES
   Mientras oro, grana y nieve
              ornen vuestro cuerpo tierno…
                         
  FRANCISCO DE MEDINA

¿Cómo podría explicar Las soledadesconcentrarme en Quevedo
hablar de Lope
si en vez de alumnas
tengo ante mis ojos
[con permiso de Heine
y de mis clásicos]
la rosa el sol el lirio y la paloma?

El poema de Yeats es el muy citado “Política”, perteneciente a sus Last Poems (1939). En mi traducción dice así: 

LA POLÍTICA


                       En nuestro tiempo, el destino del hombre presenta 
                                  su significado en términos políticos

THOMAS MANN

¿Cómo puedo, estando ahí esa muchacha,
fijar mi atención
en la política de Roma,
España o Rusia?
Y aun así, aquí hay un hombre que ha viajado
y sabe de qué habla,
y allí un político 
que ha leído y meditado,
y tal vez sea cierto lo que dicen
de la guerra y las amenazas de guerra,
pero, ay, si fuera joven de nuevo
y la tuviera en mis brazos!

Pacheco, como Heaney, nació el año en que murió Yeats. Los temas se traspasan, como el estro poético, en una hermandad de afinidades que cruza el tiempo. La poesía irlandesa no pudo liberarse de la losa de la influencia de Yeats: Parick Kavanagh no pudo eludirla, y solo en la generación de Heaney, el otro poeta irlandés que obtuvo el Nobel de Literatura (este en 1995), los poetas de aquel país pudieron empezar a abandonar el campo gravitacional del autor de Los cines salvajes de Coole o de La torre. Curiosamante, esto sucedió cuando se vieron confrontados a circunstancias parecidas a las que rodearon a Yeats, con un clima de enfrentamiento continuo, de atentados y guerracivilismo. El ejemplo de Heaney es también el de Yeats: huir del extremismo, tener magnanimidad, impedir que la contingencia y las banderías arrastren al poeta, ensuciando su voz. O mejor aún, hacer que esta limpie lo mancillado, lo pisoteado, la humanidad ultrajada.


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