Nos gusta entrar en las librerías aunque sea para ver ejemplares que no vamos a comprar. Pero echamos de menos que, como tarjetas de teléfono o bonos de transporte que expiden los quioscos, vendan también recargas de tiempo para poder leer todo cuanto nos apetecería.
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En México, los libros se venden todos retractilados. Es decir, cuando uno regresa y desempaca y les quita el plástico, se queda literalmente sin huellas digitales. Dan ganas de cometer impunemente algún crimen.

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