De Mauricio Wiesenthal solo había leído su monumental biografía de Rilke, en Acantilado. Tenía pendiente, pues, además de otras obras, sus dos principales trabajos: Libro de réquiems y El esnobismo de las golondrinas. Recientemente he leído el segundo. No me ha defraudado.
La literatura de viajes que me gusta es la que viene acompañada de experiencias personales y de la huella de otros en el camino recorrido. La vasta cultura de Wiesenthal y sus finas dotes para el retrato y el rescate de la anécdota, más un raro humor, elegante, hacen que sea una delicia la lectura de este compendio de lugares y dioses tutelares, de Estambul a Viena, de Londres al escenario rodante del Orient Express. Qué duda cabe de que el autor adorna y a veces fantasea, pero son trucos de magia de guante blanco en los que no hay malignidad, y uno se deja llevar gustoso por el encantamiento. Hay frases y episodios memorables en este centón de geografías y sensibilidades, y un continuo canto al viaje, al nomadismo aunque sea a través de lujos que pocos podrán permitirse más allá del pasaporte casi gratuito de la lectura, acompañado del visado, este sí del todo libre, de la imaginación.
Finalizando el capítulo sobre la Costa Azul, he anotado mentalmente estas líneas, que ahora traslado aquí: "Hay demasiadas colas en las autopistas y en los aeropuertos y poca gente que camine a pie. Y habría que recordar que andando fue como Homero encontró, probablemente, el ritmo de sus versos. Porque andar permite calcular, a la vez, el tiempo y la distancia."

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