domingo, 27 de enero de 2008

El Kalevala


El pasado verano escribí una reseña tardía de la edición del singular libro en Alianza Editorial. No se llegó a publicar más que en extracto, así que ahora, no menos tardíamente, la recojo aquí:



Hay textos que se pueden encuadrar –por eso de la taxonomía, o bien escurridizamente poniéndose a salvo de ella– en diferentes géneros. En el de la aventura y la fantasía tiene un lugar propio el Kalevala, que también podemos calificar de epopeya, o de repertorio mítico, o de rico granero antropológico, o de catálogo chamánico, rico tesoro de la etnología. Hoy que el mundo se estrecha y ya todo resulta conocido, las leyendas boreales de un pueblo europeo cuyo origen se vislumbra en los Urales pero que no ofrece el más familiar aspecto de los vikingos o el imaginario wagneriano de sus vecinos occidentales, han de ser por fuerza bienvenidas y, parecerán casi insultantemente exóticas. Es la novedad de lo antiguo. Como lo vascongado o lo céltico, lo finés es hoy una rareza, casi la última aldea gala de Astérix en la homogeneización galopante que arrasa a Europa y al mundo. Además, como el vascuence, ni siquiera el suyo es un idioma indoeuropeo.

Elias Lönnrot (1802-1884), un médico con vocación de filólogo de su lengua, fue el compilador de esta colección de antiguos cantos a los que acompañaba la interpretación de un instrumento, el kantele, especie de cítara de cinco cuerdas. Durante casi veinte años realizó expediciones a la región de Carelia, en el este de Finlandia (un ducado ruso por entonces), en busca de esos cantos populares transmitidos de generación en generación, y en 1849, tras un primer intento, publicó la edición definitiva, con 23.000 versos agrupados en medio centenar de cantos. Troqueo tras troqueo (ritmo que el americano Longfellow imitó en La canción de Hiawatha, hace poco editada en la editorial sevillana Mono Azul), Lönnrot unió, pegó, hilvanó, limó, el material disperso, y construyó este largo libro de aventuras al que añadió muy poco de su cosecha y que se lee como una sucesión de episodios mágicos, toscos, poéticos, con hazañas y amores y conjuros, periplos, incursiones, desgracias. Desfilan por aquí dioses mayores y menores, así como héroes de diversa estirpe. No falta tampoco un sabio hechicero, Väinämöinen; ni un herrero, Ilmarinen; ni un galán mujeriego, Lemminkäinen.

Comparecen también grandes personajes femeninos: Aino, la hermana de Joukahainen, que no quiere casarse con un viejo, aunque sea sabio y hechicero; la misteriosa ama de Pohjola; la madre de Lemminkainen; la doncella y presumida Marjatta (“había gastado medio umbral / con sus magníficos vestidos, / y medio dintel de madera / con sus tocados de hilo fino, / la mitad del macizo marco / con sus mangas de amplio vuelo, / y del suelo las fuertes tablas / con sus zapatos de tacón”).

Entre bosques y flechas, hachas, ruecas, hay aquí personajes muy bien dibujados, con rasgos bien propios, y el misterio de una búsqueda y viaje en pos de un objeto misterioso, el sampo, que se ha prestado, por su indefinición, a todo tipo de especulaciones. Está además el enfrentamiento primordial entre un sur (Kalevala) y un septentrión oscuro (Pohjola), en duelo de luz y sombras, a la postre una lucha entre la prosperidad y la desdicha. La naturaleza escandinava, con sus inclemencias, como escenario que ha de fortalecer a los hombres, también llega a ser protagonista del libro. Un volumen que se lee con asombro, por ejemplo, en las páginas dedicadas a la creación del mundo, que no consienten ceder un ápice de poesía o ingenuidad a la de cualquier cosmogonía amazónica o de Oceanía. Porque tenían este impresionante acervo (más muchos otros cantos que no quedaron integrados en el Kalevala), los finlandeses siempre han estado a la cabeza de los estudios sobre los relatos populares y leyendas, y han dado al mundo repertorios de escenas y arquetipos del folk-tale.

Jean Sibelius se inspiró reiteradamente en el Kalevala, así como buena parte de los compositores y artistas plásticos finlandeses. Mucho se podría decir también de cómo influyó en la construcción de la identidad finlandesa (primero bajo Suecia, bajo Rusia luego), pero aquí, más que de historia o sociología, estamos hablando de literatura y, por qué no, de entretenimiento, de encanto. Ángel Ganivet y Agustín de Foxá lo degustaron en sus respectivas estancias finlandesas (aquél llegó a escribir páginas muy incisivas sobre el Kalevala), y Alejandro Casona publicó una traducción indirecta y resumida. Tolkien, un filólogo con vocación de médico de almas, no sólo lo conoció, sino que también se sirvió de él, en parte, para modelar el mundo y los idiomas inventados de su Tierra Media. Lingüista y profesor de literatura medieval, el autor de El hobbit quedó deslumbrado por el Kalevala y la extraña lengua finesa, otra rareza que vino a unirse a sus nociones de islandés o galés. Para él, aquello fue “como descubrir una bodega llena de botellas de un vino extraordinario y de un gusto hasta ahora desconocido. Fue muy excitante”. El Silmarillion contiene muchos puntos en común con el Kalevala, y como talismán que ejerce influjo en quienes lo poseen, quién duda que el sampo y su quête como de grial artúrico, obsesionante, juegan un papel similar al del famoso anillo en su gran ciclo narrativo, hoy enriquecido con su secuela Los hijos de Hurin. Parece que agotado ya el contenido de ese caldero mágico del que mana su obra en forma de historias inconclusas o borradores, los lectores de Tolkien quedarán ahora un poco huérfanos, pero uno recomendaría a esos seguidores “que ya lo han leído todo” (de los suyo) sumergirse en las páginas de ésta, una de sus fuentes. Verán de dónde proceden algunos motivos de las novelas de espada y brujería que con mapas espurios y genealogías inmemoriales han saturado al arrimo de su maestro muchas estanterías con trilogías, pentalogías y reinos futuribles y olvidados durante los últimos treinta años o más. Y disfrutarán de un texto de gran calidad literaria.

Esta edición de Alianza, directa del idioma finés, y muy escrupulosa con el mantenimiento del ritmo, consta además de un perspicaz prólogo de Agustín García Calvo sobre cuestiones rítmicas, entre otras, y una excelente introducción de los traductores, Joaquín Fernández y Úrsula Ojanen, amén de un índice onomástico, muy útil para no naufragar en el relato, hundido bajo el peso de tantas diéresis como nievan sobre las vocales de los nombres.

Este mes de agosto, algunos meridionales buscaremos el Norte, su aire frío, sus prolongadas noches. Inexcusable es para quien visite el país de los mil lagos, Finlandia, leer su epopeya o codearse, aunque sea de pasada, con sus héroes. El verano es un buen momento para leer los clásicos, para sumergirse en libros extensos, como éste. No es la Ilíada, no la Odisea, pero tiene pasajes que recuerdan a esas grandes narraciones en verso.

A veces, una moneda finlandesa se nos cuela en el bolsillo. Demos alas a la imaginación y pensemos que esa pieza de euro ha sido acuñada con la hoja de alguna espada forjada por Ilmarinen, o molida con el sampo misterioso. Dejemos que nos llegue, fresca, la brisa tan feraz del Kalevala.

4 comentarios:

Diego dijo...

Excelente articulo! Soy un dibujante de comics que tambien descubrio el Kalevala en su momento y quede fascinado. Justamente mi obra mas querida es una version libre de la epopeya finesa. Se puede ver una muestra de la misma en diegohcarcano.blogspot.com, esperando su pronta publicacion en España.Mis saludos!

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Me alegro que te haya gustado, Diego. Veré esa muestra del Kalevala ilustrado en tu blog, faltaría más. Un cordial saludo.

Diego dijo...

Muchas gracias por ver mi trabajo, Antonio! En esta pagina http://www.pfi-esp.org/ se puede ver una presentacion de la publicacion. Saludos!

llew dijo...

Hola
Yo he descubierto recientemente El Kalevala gracias al disco Skyforger del grupo finés Amorphis, que basa sus letras en la obra de Lönnrot. Desde entonces estoy bastante enganchado a la historia, al igual que en su día lo estuve a La Iliada.

Por cierto, gran artículo ;)