Literatura y Navidad





Participamos ayer en una mesa redonda sobre literatura y Navidad. Qué bien le cuadra el concepto mesa redonda a este tema, porque parece que los intervinientes estamos sentados a una mesa con mantel para festejar la Nochebuena, o en una de esas celebraciones en las que los amigos se reúnen para renovar los votos de la cordialidad. Por otra parte, lo de mesa redonda suena a Tabla Redonda, a los relatos artúricos, que solían comenzar con la llegada de un ciervo blanco a la corte el día de Navidad, heraldo del milagro.
En la mente de todos estaba que la Navidad como la entendemos hoy día es un invento victoriano, fomentado por Dickens y su famoso cuento (que en realidad es villancico, Carol, y que de aquella época procede la parafernalia decorativa que asociamos con estas fechas. Precisamente por ello se trataba de aducir otros ejemplos para no limitarnos siempre a lo mismo, y yo escogí algunos de los muchos posibles, naturalmente tirando hacia mis devociones. Comencé diciendo que uno de los relatos más hermosos que conozco es el que cierra el libro Dublinesesde James Joyce. “Los muertos” se desarrolla durante una cena navideña y la alegría se quiebra al final por la irrupción de un fantasma del pasado que se interpone entre los protagonistas Greta y Gabriel, en una Irlanda cubierta por la nieve en un párrafo bellísimo. George Steiner reparó en que en las lanzas y los espinos de ese último párrafo, aplicados a las verjas y a la vegetación, está implícita la pasión de Cristo:

Unos toquecitos en el cristal lo hicieron volverse a la ventana. Otra vez había empezado a nevar. Soñoliento, se fijó en los copos, plata y sombra, cayendo oblicuos contra la farola. Le había llegado el momento de encaminarse al Oeste. Sí, los periódicos tenían razón: la nieve caía por toda Irlanda. Caía por toda la oscura llanura central, sobre las colinas desnudas; caía suavemente sobre la Marisma de Allen y, más hacia el oeste, suave caía sobre las oscuras olas amotinadas del Shannon. Caía también en la colina del cementerio solitario en que yacía enterrado Michael Furey. Se amontonaba espesa sobre las cruces y lápidas torcidas, en las lanzas de la pequeña verja, sobre los espinos resecos. Su alma fue desvaneciéndose mientras oía caer la nieve tenuemente por todo el universo, y tenuemente caer, como el descenso de un último ocaso, sobre todos los vivos y los muertos.

“Los muertos” es un relato que deja el alma encogida. Hay otros textos más amables, como una evocación de Dylan Thomas, publicada aquí por la editorial Nórdica con el título de “La Navidad para un niño en Gales”. Va aquí su primer párrafo:

Por aquellos años, las Navidades se parecían tanto unas a otras en aquel remoto pueblo pesquero, Navidades carentes de todo sonido excepto del murmullo de voces distantes que sigo oyendo algunas veces antes de dormir, que nunca consigo recordar si estuvo nevando durante seis días con sus noches cuando yo tenía doce años, o si nevó durante doce noches y doce días cuando tenía seis.

También recordé poemas de Navidad, obviamente. Dos de Cernuda, el desolador “Nochebuena cincuenta y una” y “La adoración de los Magos”, con sus concomitancias con Yeats y con Eliot. No es el poema de un creyente ni de un ateo, sino de un agnóstico. Aquí, algunos versos:

Vimos la estrella hacia lo alto
Que estaba inmóvil, pálida como el agua
En la irrupción del día, una respuesta dando
Con su brillo tardío del milagro
Sobre la choza. Los muros sin cobijo
Y el dintel roto se abrían hacia el campo,
Desvalidos. Nuestro fervor helado
Se volvió como el viento de aquel páramo.
Dimos el alto. Todos descabalgaron.
Al entrar en la choza, refugiados
Una mujer y un viejo sólo hallamos.

Pero alguien más había en la cabaña:
Un niño entre sus brazos la mujer guardaba.
Esperamos un dios, una presencia
Radiante e imperiosa, cuya vista es la gracia,
Y cuya privación idéntica a la noche
Del amante celoso sin la amada.
Hallamos una vida como la nuestra humana,
Gritando lastimosa, con ojos que miraban
Dolientes, bajo el peso de su alma
Sometida al destino de las almas,
Cosecha que la muerte ha de segarla.

En España tenemos la tradición del villancico, tan rica. El Siglo de Oro abunda en poesía sobre navideña, y en la posguerra española por causas sociopolíticas hubo un gran cultivo de composiciones dedicadas a la Natividad. Luis Rosales dejó espléndidas muestras.
De la mexicana Rosario Castellanos es este poema, que utiliza símbolos de la Epifanía para un contexto que puede ser profano: 

RESPLANDOR DEL SER
Para la adoración no traje oro.
(Aquí muestro mis manos despojadas)
Para la adoración no traje mirra.
(¿Quién cargaría tanta ciencia amarga?)
Para la adoración traje un grano de incienso:
mi corazón ardiendo en alabanzas.
Ya puestos a recordar poemas, evoqué ese de Juan Luis Panero, que tanto me gustó la primera vez que lo leí:

CUENTO DE NAVIDAD

Ahora podría con estas mismas manos,
como en aquellos días del invierno,
colocar las sillas, las viejas cajas de cartón
y, sirviendo de frente, la larga, oscura mesa.
Sobre ella, los papeles, al principio lisos y estirados,
después cayendo en apresurados bloques.
Los montones de musgo aún húmedos,
las montañas de corcho, la nieve de algodón.
Allí estaría el pastor, con el peso de su oveja en los brazos
y el leñador cargado de madera y costumbre.
En la fingida altura, el castillo de Herodes se alzaría
entre lanzas de alambre y sangre de niños.
Junto al viejo portal, la mula, con la rota cabeza
pegada de nuevo, reclinaría mansamente su cansancio
y desde Oriente, bajo la deslucida estrella de plata,
los tres reyes vendrían, cabalgando en dorados camellos.
Extraño juego, inútil, muchos años repetido.
Levantada arquitectura de niñez y sueños
que tercamente vuelve a los ojos esta noche,
mientras la nieve verdadera de diciembre resbala por los cristales,
y hasta mí llega un olor lejano de musgo,
el rumor de un río hecho de espejos rotos.

         Finalicé mi intervención, y el acto, leyendo este poema de Thomas Hardy, que también refleja el encanto de la Navidad incluso para quienes ya hemos dejado de creer:

LOS BUEYES

Es Nochebuena, y dan las doce.
“Ahora se ponen todos de rodillas”,
decían los mayores cuando estábamos
al amor de la lumbre apretujados.

Imaginábamos a las bestias mansamente
de hinojos en su pesebre de paja.
Y a nadie se le ocurría dudar
que entonces estuvieran de rodillas.
¡Pocos creen tan bella fantasía
en estos años! Y con todo,
sé que si alguien dijera en Nochebuena
“Vamos a ver los bueyes de rodillas

en aquella majada solitaria
que nuestra infancia conoció”,
con él me marcharía entre las sombras,
esperando que eso fuera verdad.

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