domingo, 4 de enero de 2015

La primera "Tierra baldía"








T. S. Eliot


LA TIERRA BALDÍA

PRIMERA VERSIÓN INÉDITA
        SEGÚN EL ORIGINAL DEL MANUSCRITO




         Reconstrucción y versión española de Antonio Rivero Taravillo



Es sabido que Ezra Pound sometió a una dieta de adelgazamiento severísima al manuscrito de The Waste Land. Hace años, invitado por mi profesor de literatura inglesa en la facultad, Manuel Almagro, me entretuve en trasponer al español (otro buen verbo sería suponerlo) lo que hubiera sido ese libro sin la intervención del miglior fabbro, como Eliot llamó -también es de sobra conocido- a Pound. Como se verá, los cambios son sustanciales. En rojo, lo que quedó eliminado (como se verá, a menudo es travieso y juguetón, casi letra de un espectáculo de cabaret, muy en la línea de cierto Auden que habría de venir). Al final se incluyen varios poemas que quedaron desgajados del conocido texto de 1922. Presento esto como ejercicios de poeta, una tentativa de versión sin propósito comercial. Me he basado en T, S. ELIOT, The Waste Land. A Facsimile and Transcript of the Original Drafts Including the Annotations of Ezra Pound. Edited and with an Introduction  by Valerie Eliot, Harvester Books, San Diego, 1994. Allí (también hay edición en Faber & Faber, donde fue editor el propio Eliot) se reproducen los textos en inglés con las enmiendas.

Se permite la difusión gratuita siempre y cuando se cite la fuente. 








                        EL ENTIERRO DE LOS MUERTOS

            Empezamos a entonarnos en casa de Tom,
            allí estaba el viejo Tom, con una trompa, ciego,
            (¿no te acuerdas de aquella vez tras un baile,
            con sombrero de copa y todo, nosotros y Harry “Sombrero de seda”,
            que Tom nos llevó detrás, sacamos una botella de champán,
            con la buena de Jane, la parienta de Tom; e hicimos que Joe cantase
            “estoy orgulloso de mi linaje irlandés
            y no hay guapo que se meta con él”?).
            Después, la cenorra y dos puros de Bengala.
            Cuando entramos en la función, en la fila A, arriba,
            quise poner el pie en el tambor, y fue y se chivó la tía
            “tientas y aprietas en el amor, cortejas,            
            ay, niño, ¿qué cosas son éstas?”
            Nunca llegué a gustarle, un tío majo pero rudo;
            en un santiamén estuvimos en la calle, ¡uh, qué frío!
            ¿Cuándo serás bueno? Nos dejamos caer por el Opera Exchange,
            bebimos ginebra y jugamos a las chapas,
            el Sr. Fay estaba allí, cantando “La molinera”;
            después decidimos tomar el aire y andar un poco.
            Después perdimos a Steve.
           
            (“Aparecí una hora más tarde en el local de Myrtle.
            ¿De qué vas, me dice, a las dos de la mañana;
            yo no estoy aquí para tíos como tú,
            sólo nos han hecho una redada esta semana, me han dado dos soplado.
            He llevado una casa durante veinte años, dice,
            hay tres caballeros del Buckingham Club ahora arriba,
            me voy a jubilar y viviré en una granja, dice,
            ya no da dinero, con tantos perjuicios,
            y la reputación que coge la casa por unos cuantos borrachos.
            He llevado una casa limpia veinte años, dice,
            y los caballeros del Buckingham saben que aquí están seguros;
            mira que me hablaron bien de ti, pero se acabó.
            Quiero una mujer, le dije; estás demasiado borracho, se pone,
            pero me dio una cama, y un baño, y jamón y huevos,
            y ahora aféitate, dijo;
            Myrtle siempre me trataba con honorabilidad).

            Apenas habíamos recorrido el pasillo cuando vino un poli
            buscando jaleo; ha alterado el orden, me dijo,
            acompáñeme a la comisaría. Lo siento, dije,
            sentirlo no sirve, dijo; déjeme coger mi sombrero, dije.
            Vaya, por suerte apareció el mismísimo Sr. Donovan.
            ¿Qué es esto, agente? Es nuevo en esta ronda, ¿no?
            Eso pensé. ¿Sabe quién soy? Sí, lo sé,
            dijo el guardia impertinentemente, molesto. Déjelo entonces.
            Estos caballeros son amigos personales míos.
            ¿No fue eso suerte? Luego fuimos al Club Alemán
            Donovan y nosotros y su amigo Gus Krutzsch.
            Quiero ir a casa, dijo el cochero,
            todos vamos a casa por el mismo sitio, dijo el Sr. Donovan,
            ¡Vamos, Trixie y Stella!, y sacó el pie por la ventanilla.
            Lo siguiente que recuerdo es el viejo coche en la avenida
            y el cochero y el pequeño Ben Levin el sastre,
            el que leía a George Meredith,
            corriendo cien metros por una apuesta,
            y el Sr. Donovan sostenía el reloj.
            Así que salí a ver amanecer y me fui andando a casa.

                        *            *            *

            Abril es el mes más cruel, engendra
            lilas de la tierra muerta, mezcla
            memoria y deseo, agita
            pálidas raíces con lluvias de primavera.
            El invierno nos mantuvo calientes, cubriendo
            de olvidadiza nieve el suelo, nutriendo
            un poco de vida con tubérculos secos.
            El verano nos sorprendió, llegando sobre el Königsee
            con un chaparrón; nos paramos en la columnata,
            y avanzamos a la luz del sol, al Hofgarten,
            y tomamos café, hablando una hora.
            Bin gar Keine Russin, stamm’ aus Litauen, echt deutsch.
            Y cuando éramos niños, en casa del archiduque,
            mi primo, él me sacó en un trineo
            y yo tenía miedo. El dijo, Marie,
            Marie, agárrate fuerte. Y bajamos.
            En las montañas, allí sí que te sientes libre.
            Leo, buena parte de la noche, y voy al sur en invierno.

                        *            *            *

            ¿Qué raíces agarran, qué ramas crecen
            de esta pétrea basura? Hijo de hombre,
            tú no puedes decir, ni adivinar, pues solamente conoces
            un montón de imágenes rotas, donde golpea el sol,
            y no da el árbol muerto cobijo, el grillo no da alivio
            ni un son de agua la piedra seca. Sólo
            hay sombra bajo esta roca roja,
            (entra bajo la sombra de esta roca roja),
            te enseñaré algo diferente tanto de
            tu sombra que por la mañana camina tras de ti
            como de tu sombra que a la tarde se alza a tu encuentro;
            te mostraré el temor en un puñado de polvo.

                        *            *            *

                        Frisch weht der Wind
                        Der Heimat zu,
                        Mein Irisch’ Kind,
                        Wo weilest du?

            “Me diste jacintos por primera vez hace un año;
            me llamaron la jacintera”
            Mas cuando volvimos, tarde, al jardín de los jacintos,
            tus brazos llenos, y tu pelo mojado, no pude
            hablar, y se nublaron mis ojos, no estaba
            vivo ni muerto, ni sabía nada,
            mirando al corazón de la luz, el silencio.

            Madame Sosostris, famosa vidente
            tenía un gran constipado, sin embargo
            se dice que es la mujer más sabia de Europa,
            con una baraja terrible. Aquí, dijo,
            está su carta, el Marino fenicio ahogado
            (esas perlas fueron sus ojos, ¡vea!),
            aquí está Belladonna, la Señora de las Rocas,
            la señora de las situaciones,
            aquí está el hombre con tres bastos, y aquí está la Rueda,
            y aquí el mercader tuerto, y esta carta
            que está en blanco es algo que lleva a la espalda,
           
            que me está prohibido ver. Tema la muerte por agua.
            Veo multitudes que caminan en círculo
            (yo, Juan, vi y escuché estas cosas).
            Gracias. Si ve a mi querida Mrs. Equitone,
            dígale que yo misma le llevaré el horóscopo,
            hay que tener tantas precauciones hoy día.

            Ciudad irreal, he visto a veces y veo
            bajo la niebla parda de tu aurora de invierno
            caminar a un gentío sobre el Puente de Londres, tantos
            que no creía que la muerte hubiese deshecho a tantos.
            Suspiros, breves e infrecuentes, exhalaban,
            y cada cual fijaba sus ojos ante sus pies.
            Subió por la cuesta y bajó por King William Street
            a donde Santa María Woolnoth daba la hora
            con un sonido muerto en el toque final de las nueve.
            Allí vi a un conocido, y lo detuve, gritando: ¡Stetson!
            ¡Tú que estuviste conmigo en las naves en Milas!
            Aquel cadáver que plantaste el año pasado en tu jardín,
            ¿ha empezado a brotar? ¿Florecerá este año?
            ¿O la escarcha inesperada ha transtornado su arriate?
            Oh, mantén lejos de aquí al Perro, el amigo del hombre,
            o volverá a desenterrarlo con sus garras
            ¡Tú! hypocrite lecteur, -mon semblable, -mon frère!




            HACE DE LA POLICIA CON DISTINTAS VOCES           

                                    Una partida de ajedrez

            La Silla en que ella se sentaba, como un trono bruñido
            brillaba sobre el mármol, donde el espejo batiente
            que sostenían postes labrados con doradas viñas
            desde las que se asomaba un tierno Cupido
            (otro ocultaba sus ojos bajo el ala)
            duplicaba las llamas de candelabros de siete brazos
            reflejando la luz sobre la mesa al tiempo
            que el fulgor de sus joyas se alzaba a su encuentro
            desde estuches de raso desparramados con profusión;
            en frascos de marfil y cristal de colores
            destapados acechaban sus extraños perfumes sintéticos
            ungüentos, polvos, líquidos turbaban, confundían
            y ahogaban los sentidos en olores; agitados por el aire
            que venía fresco de la ventana, éstos subían
            cebando las llamas de las velas, que se alargaban
            y lanzaban su humo a los lacunarios
            removiendo los dibujos del artesonado.
            Sobre el hogar vasto bosque marino alimentado con cobre
            ardía verde y naranja, enmarcado por la piedra de color,
            en cuya triste luz nadaba un tallado delfín;
            sobre la repisa de época de la chimenea se mostraba
            en pigmento, pero tan vívida que se diría
            que una ventana daba sobre la nemorosa escena
            la metamorfosis de Filomela, por el bárbaro rey
            forzada tan rudamente, aunque allí el ruiseñor
            llenó todo el desierto con inviolable voz,
            y aún chilló (y aún el mundo prosigue)
            tac tac, en los oídos sucios de la muerte;
            y otros relatos, de los viejos muñones y extremos sangrientos del tiempo
            narraban las paredes, donde asomándose
            miraban formas que acallaban la estancia y la cercaban.
            Había pisadas en la escalera,
            bajo la luz del fuego, bajo el cepillo, su pelo
            se desparramaba en ardientes  puntas diminutas de deseo,
            brillaba en palabras, después quedaba fieramente en silencio.

            “Esta noche estoy mal de los nervios. Sí, mal. Quédate conmigo.
            “Háblame. Por qué nunca hablas. Habla.
            ¿En qué estás pensando? ¿Qué piensas? ¿Qué?
            “Nunca sé lo que piensas. Piensa.”

            Pienso que nos conocimos en el callejón de las ratas,
            donde los muertos perdían sus huesos.

            “¿Qué es ese ruido?”
                                              El viento bajo la puerta.
            ¿Qué es ese ruido ahora? ¿Qué hace el viento?”           
                                                                                       Se lleva
            a los muertecillos que no pesan nada
            “¿No sabes nada? ¿No es nada? ¿No recuerdas
            nada?
                       Recuerdo                       
            el jardín de los jacintos. Esas son perlas que fueron sus ojos. ¡Sí!
            “¿Estás vivo o no? ¿No hay nada en tu cabeza?
                                                                                      Pero
            Oh oh oh ese Ragtime shakespeareano
            es tan elegante,
            tan inteligente.

            “¿Qué haré ahora? ¿Qué haré?
            Saldré corriendo como estoy y andaré por la calle
            con el pelo suelto, así. ¿Qué haremos mañana?
            ¿Qué demonios haremos?
                                                     El agua caliente a las diez.
            Y si llueve, el carruaje cubierto a las cuatro.
            Y jugaremos una partida de ajedrez:
            las figuras de marfil nos harán compañía
            apretando ojos sin párpados y esperando un golpe en la puerta.

            Cuando el marido de Lil iba a abandonar el Regimiento
            no me mordí la lengua, yo misma se lo dije
            SEÑORES QUE NOS VAMOS QUE ES TARDE.
            Ahora que vuelve Albert, arréglate un poco.
            El querrá saber lo que hiciste con ese dinero que te dio
            para ponerte unos dientes. Sí que lo hizo, yo estaba.
            Sácatelos todos, Lil, y ponte unos lindos,”
            dijo él, “te juro que no soporto mirarte.”
            “Yo tampoco puedo,” dije, “y piensa en el pobre Albert,
            ha estado cuatro años en el ejército, quiere pasarlo bien
            y si tú no se lo das, hay muchas otras por ahí que lo harán, le dije
            Así que otras, eh. ¿Pues no te lo estoy diciendo?
            Entonces ya sabré a quién darle las gracias, y vaya mirada que me echó.
            SEÑORES QUE NOS VAMOS QUE ES TARDE
            “Oye, no te hagas la antigua conmigo,” le dije,
            “otras pueden elegir y escoger, si tú no puedes
            pero si Albert se larga no será porque no te lo he dicho
            Debería darte vergüenza”, le dije “parecer una momia”
            (y sólo tiene treinta y uno).
            “No lo puedo evitar,” dijo, poniendo la cara larga.
            “Es esa medicina que tomé para echarlo
            (Ya ha tenido cinco, y casi murió cuando el pequeño George                       
            “el de la farmacia dijo que iría bien, pero no he vuelto a ser la misma”
            “Eres una verdadera idiota,” le dije.
            “Bueno, si Albert no te deja tranquila, ahí está,” le dije.
            “Querrás que se quede en casa, me supongo.”
            SEÑORES QUE NOS VAMOS QUE ES TARDE
            SEÑORES QUE NOS VAMOS QUE ES TARDE
            Buenas noches, Bill. Buenas noches, Lou. Adiós, George. Buenas noches.
            Gracias gracias. Buenas noches. Buenas noches.
            Buenas noches, señoras; buenas noches, queridas; buenas noches, buenas                                                                                           
                        noches.
           















                                 EL SERMON DE FUEGO

            Por el sesgado rayo de sol amonestada
            y los furtivos pasos de la nueva mañana,
            parpadea y bosteza Fresca, de blancos brazos,
            excitada por sueños de amor y dulces raptos.
            Frenéticas llamadas con eléctrico ritmo
            pronto traen a Amanda y rompen el hechizo;
            con basta mano y toscos movimientos plebeyos
            descorre la cortina junto al lacado lecho
            y deja una bandeja de brillo rutilante:
            relajante cacao o bien té estimulante.

            Dejando que se enfríe la espumosa bebida,
            al excusado Fresca con calma se encamina;
            el relato de Richardson, todo él tan patético,
            mientras completa la obra facilita el esfuerzo.
            De vuelta, entre las sábanas conscientes se repone
            y explora una página de Gibbon mientras come.
            Sus manos acarician la cúpula del huevo
            llena de ensoñaciones hasta que llega el correo,
            las cartas manuscritas devora de un vistazo
            y a contestar se entrega con avezada mano.

            ¿Qué tal estás, querida? Yo me encuentro peor,
            desde cuando nos vimos en aquella función.
            Ojalá no haya nada que enturbie tu alegría
            y mejor que conmigo se comporte la vida.
            Pues anoche asistí -estaba desesperada-
            a la fiesta de Lady Kleinwurm. ¿Que quién estaba?
            Oh, le monde de esta Lady Kleinwurm, nadie importante.
            Alguien cantó, pero ella habla que habla, imparable.
            ¿Qué estás leyendo ahora, algún librito nuevo?
            Yo uno de Giradoux, que tiene mucho ingenio.
            El ingenio lo es todo. Te tengo que contar,
            mas no sé cómo hacerlo; ya me comprenderás.
            Cuándo vamos a vernos, cuéntame con detalle
            todo sobre ti misma y tus nuevos amantes.
            ¿Cuándo vas a París? Tengo que terminar;
            es la verdad, querida. Tu amiga más leal.

            Después, cuando termina va al baño de vapores
            y abanican su pelo los alados Amores;
            fragancias endulzadas por astutos franceses
            disimulan su intensa y femenina peste.

            ¡Fresca! En otro lugar o tiempo habría sido
            llorosa Magdalena que aceptara su sino;
            víctima de pecados más que pecadora,
            la vaga y riente Jenny del bardo: ajada y rota.
            (El ansia sempiterna que la devora a ella
            puede hacerla una mártir o sólo una ramera);
            doméstica y prudente minina con reparos,
            favorita de otoño en un piso amueblado
            o vagabunda sucia cubierta de oropeles,
            un umbral en que cagan todos los perros siempre.
            Para formas variables, una definición:
            un apetito real, e irreal la emoción.
            Mas las intelectuales hoy se vuelven feúchas
            y pierden el instinto maternal de la puta.
            Fresca había nacido en el mar jabonoso
            de Symonds-Walter Pater-Vernon Lee, juntos todos.
            Y como consecuencia, la Venus Anadiómena
            desembarcó buscando variedad en la costa.

            La guió Lady Katzegg con su gran experiencia,
            conoció las riquezas y costumbres de tierra;
            por la fama y belleza de los teatros llenos
            pasó siendo el prodigio de nuestro pobre tiempo;
            la impronta de su mente dejó en lo más selecto.
            Pero F. también reina en ámbitos más nobles,
            Minerva rodeada de los púgiles lores.
            A Eneas en un sitio para él desconocido
            se apareció su madre con un rostro distinto,
            y conoció a la diosa por su porte divino.
            Así la muchedumbre apretada en el cine
            reconoce a una diosa o distingue a una estrella.
            En rapto silencioso de lejos la venera.
            Así el arte ennoblece riquezas y abolengo
            y la crianza al postrado arte eleva hasta el cielo.
            A los escandinavos nunca los comprendió,
            los rusos la chiflaban, transida de emoción.
            De un popurrí tan grande, de ese batiburrillo,
            ¿qué sino la poesía podría haber salido?
            Cuando en la noche inquieta el sueño no le llega,
            lo mismo cuenta sílabas que solamente ovejas,
            y Fresca en esas noches en las que durme sola
            garabatea versos de una pena tan honda
            que los críticos dicen “posee una voz propia”.
            No madura del todo y menos una niña,
            malcriada por el hado y con halagos mentida,
            Fresca se ha convertido (las Musas lo dirán)
            en una como rara salonnière de cancán.
            Pero de vez en vez a mis espaldas oigo
            el traqueteo de los huesos y las risas del auditorio.

            Una rata se deslizó suavemente por la vegetación
            arrastrando su viscosa panza por la orilla
            mientras yo pescaba en el canal sombrío
            una tarde de invierno junto a la fábrica de gas,
            y meditaba sobre la ruina de mi hermano el rey
            y la muerte del rey, mi padre, antes que él.
            Blancos cuerpos desnudos sobre el húmedo y bajo suelo
            y huesos arrojados en una seca y baja buhardilla
            traqueteaban año tras año movidos por la pata del roedor.
            Pero de vez en vez a mis espaldas oigo
            el sonido de los claxons y motores, que traerán
            Sweeney a Mrs. Porter en primavera.
            Oh, la luna brillaba sobre Mrs. Porter
            y sobre su hija
            Se lavan los pies en soda
            Et O ces voix dénfants, chantant dans la coupole!

            Pío pío pío pío pío pío pío
            yuiit yuiit
            forzada tan rudamente
            yu

            Ciudad irreal, yo he visto y veo
            bajo la niebla parda de tus mediodías de invierno
            a Mr. Eugenides, el mercader de Esmirna,
            sin afeitar, con el bolsillo lleno de pasas de Corinto
            (c.i.f. London: documents at sight),
            aquel que me invitó en un francés demótico
            a almorzar en el Hotel Canon Street,
            y tal vez a un fin de semana en el Metropole.

            Pío pío pío
            tac tac tac tac tac tac
            yuiit
            oh golondrina golondrina
            yu

            Londres, la vida enorme que engendras y asesinas
            y que apiñada bulle entre el cemento y el cielo,
            a la necesidad urgente receptiva
            vibra inconsciente a su destino expreso,

            sin saber cómo sentir ni saber lo que piensa,
            vive en las mutaciones del ojo observador.
            ¡Londres, tus habitantes están atados a la rueda!
            ¡Gnomos fantasmales que hurgan en ladrillo, acero, piedra!
            Algunas mentes que chocan al equilibrio corriente
            (¡Londres, tus habitantes están atados a la rueda!)
            consignan el ajetreo por la acera de estos juguetes,
            ¡y trazan el criptograma que puede meterse en el tubo
            en el interior de estas percepciones balbucientes
            del ruido, el movimiento y las luces!

            No aquí, Adamanteo, sino en otro mundo.

            En la hora violeta, la hora en que ojos, mano y espalda
            se alzan del pupitre, el motor humano espera al fin
            -como un taxi vibrante que espera en la parada-
            correr al placer a través del cuerno o de las puerta de marfil.

            Yo, Tiresias, aunque ciego, vibrando entre dos vidas,
            un anciano con fláccidos y femeninos pechos,
            veo a la hora violeta, esa hora vespertina
            que pujando hacia casa trae al marino a puerto,

            que a la hora del té vuelve la mecanógrafa
            a su casa y recoge el veloz desayuno,
            la estufa enciende y pone en cacharros las sobras,
            prepara una tostada y ordena su cuartucho.

            Por la ventana abajo cuelgan con gran riesgo
            combinaciones húmedas que el sol ya no calienta
            y en el diván, en pila (que es de noche su lecho),
            hay sucios camisones, y medias, y ballenas.
           
            Un kimono brillante cubre, despatarrada,
            su sopor en la silla del ventanal abierto;
            y un elemento artístico pone la falsa estampa
            del lejano Japón, que ha comprado en el centro.

            Yo, Tiresias, un viejo ya de fláccidos pechos,
            cuando caté la escena,  pude pronosticarlo:
            sabiendo las costumbres de estos bichos rastreros
            yo también aguardé al cercano invitado.

            Un chaval de veintiuno con granos en la cara:
            un pazguato como él podemos haber visto
            dar vueltas sin propósito por calles o por plazas,
            tantas veces de día o de noche, es lo mismo.

            Quizá un oficinista de una empresa cualquiera
            que va de piso en piso mirando con descaro,
            un moscón de esos, a quien la chulería sienta
            cual sombrero de seda a un rico millonario.

            Su orgullo no lo inflama con devoción por lo último,
            su pelo está cubierto por brillantina y caspa,
            y tal vez al teatro lo aproxime su gusto,
            mas no se mezclará él jamás con la masa.

            Este caballerete foruncular se queda
            mirando con desdén en “el café de Londres”;
            y le dirá a ella, sin darle trascendencia,
            “Estuve hoy con Nevison” para así echarse flores.

            Mastica con el mismo descaro persistente,
            ¡no cabe duda alguna de que las vuelve locas!
            Se recuesta en la silla impertinentemente
            y echa las cenizas del cigarro en la alfombra.

            El momento es ahora adecuado, adivina:
            acabó la cena, y ella harta está ya y cansada;
            se esfuerza en atraerla a un juego de caricias
            si bien no reprendidas tampoco deseadas.

            Colorado y resuelto desarrolla el ataque,
            exploradoras manos que no hallan resistencia;
            su vanidad no exige respuesta favorable
            y da la bienvenida a tanta indiferencia.

            (Cuanto han representado en el diván o cama,
            yo, Tiresias, sufrí hace ya mucho tiempo,
            yo que me senté en Tebas al pie de su muralla
            y anduve entre los restos de los más viles muertos).

            Al final le concede, condescendiente, un beso
            y se va tanteando por la escalera lúgubre,
            y al llegar a la esquina donde está el vertedero
            se detiene a orinar, y de camino escupe.

            Ella se vuelve y mira un poco en el espejo
            y es apenas consciente de que se fue su amante.
            Puede que se le ocurra un vago pensamiento:
            “Bien, se terminó, y estoy feliz de que acabase”.

            Cuando una mujer buena comete una locura
            no para de dar vueltas por su cuarto vacío,
            con mano maquinal el cabello se atusa
            y al gramófono va para poner un disco.

            Esta música se arrastró junto a mí por la aguas
            a lo largo del Strand y de Victoria Street
            tras mis pies voladores, apagándose al fin
            allí donde la iglesia se dibuja en la noche
            de Michael Pasternak, su roja y blanca torre.


            Oh, City, City, yo he oído y oigo
            el agradable sonido de una mandolina
            junto a un pub en Lower Thames Street
            y la algarabía y el guirigay donde la empinan
            a la una los pescaderos, allí donde se alzaban
            y alzan los muros de Magnus Mártir, con su insólito
            esplendor corintio en blanco y oro.


            El río suda
            petróleo y alquitrán
            las barcazas se deslizan
            con la cambiante marea
            amplias velas rojizas
            a sotavento
            balanceándose van
            en el pesado palo y se arrastran
            como troncos que se deslizan
            más allá de Greenwich
            y la Isla de los Perros.

            Weialala       leia
            Wallala

            Elizabeth y Leicester.
            Remos que baten.
            La popa estaba formada
            un casco dorado
            rojo y oro.
            El fuerte oleaje
            rizaba ambas orillas
            viento de suroeste
            corriendo abajo
            repique de campanas.
            Torres blancas.
            Weialala    leia
            Wallala     leialala

            “Árboles polvorientos y tranvías.
            Highbury me engendró. Richmond y Kew
            me deshicieron. Junto a Richmond alcé mis rodillas
            en el suelo de una frágil canoa hacia el sur”.

            “Mis pies están en Moorgate, y mi corazón
            bajo mis pies. Cuando acabó todo esto
            lloró. Prometió “empezar de nuevo”.
            No comenté nada: no le guardaba rencor.




                                    MUERTE POR AGUA

            El marino, atento a la carta de navegación o a las sábanas,
            una continuada voluntad contra la tempestad y la marea,
            retiene, incluso en tierra, en los bares o plazas,
            algo inhumano, puro y con grandeza.

            Incluso el rufián borracho que desciende
            ilícitas escaleras de callejas
            y luego para regocijo de sus amigos sobrios vuelve
            tambaleándose o cojeando con cómica gonorrea,

            a causa de su trato con viento, mar y nieve
            desea, como todos ellos, “habiendo visto y padecido mucho”,
            estar -necio, impersonal, alegre o inocente-
            afeitado, peinado, perfumado y pulcro.

                        *            *            *            *

            Un aire de añil, una ligera brisa,
            a todo trapo, y las ocho velas henchidas.
            Pasamos el cabo y pusimos rumbo
            de Dry Salvages a la banda de oriente.
            Una marsopa roncó sobre el fosforescente oleaje,
            un tritón tocó la campana final de advertencia
            a popa, y la mar se balanceaba dormida.
            Tres nudos, cuatro nudos, al alba; a las ocho
            y hasta la guardia matutina cesó el viento;
             a partir de ahí todo fue mal,
            se abrió un tonel de agua y olía a aceite,
            otro salobre. Después las mordazas de la cangreja
            se trabaron. Un mástil se rajó sin remedio, vendido
            -y así costó- como pino noruego. Jimelgado.
            Y luego el pantoque empezó a hacer agua.
            Las judías de lata eran sólo una pútrida peste.
            Dos bajaron con bubas; uno se cortó la mano.
            La tripulación empezó a murmurar; cuando los de una guardia
            fueron tarde a cenar se excusaron,
            extenuados, así: “¡Comer!”, dijeron,
            “no es la comida lo que hay que tragar,
            que cuando le has sacao los gorgojos
             a todas las galletas no da tiempo de comer.”
            Así de perniciosa era esta raza huraña e insumisa.
            También protestaban del buque. “Ir a barlovento,”
            dijo uno que tenía influencia sobre los demás,
            “veré a un muerto en su caja de hierro
            remar de aquí al infierno con una palanca
            antes de que este barco gane barlovento.”
            Así se quejaba la tripulación, con muchas voces
            la mar se quejaba en torno, bajo la lluviosa luna,
            mientras el suspenso invierno jalaba y remolcaba
            agitando el mal tiempo bajo el Híades.
            Por fin llegó el pescado, los mares del norte
            nunca habían visto correr tan bien al bacalao.
            Los hombres tiraban de las redes, y reían, y pensaban
            en la patria y en los dólares, y en el dulce violín
            en el garito de Marm Brown, y en las chicas al fin.
            Yo no reía.
                               Pues una ráfaga desconocida
            nos escoró. Y refrescó hasta que se levantó un vendaval.
            Perdimos dos botes. Y otra noche
            nos sorprendió viento a popa perdida la guaira
            yendo al norte, bajo astros invisibles saltando.
            Y cuando el vigía ya no pudo oír
            más allá del rugido de las olas
            la nota más aguda de cachones contra escollos
            supimos que habíamos pasado las más remotas islas del norte,
            así que nadie volvió a hablar. Comimos dormimos bebimos
            café caliente, expectantes, y nadie osó
            mirar a la cara a otro, o hablar           
            ante el horror de un infinito aullido:
            de todo un mundo en derredor. Una noche,
            de guardia, creí ver en las crucetas de proa
             a tres mujeres inclinadas -su pelo blanco
            flotando bajo ellas- que por encima del viento entonaban
            un canto que hechizó mis sentidos, atemorizado
            más allá del temor, horrorizado más allá del horror, tranquilo.
            Nada era real, pues -pensaba- cuando
            yo quisiese, podía despertar y acabaría el sueño.

            Algo que sabíamos debía ser una aurora
            -una oscuridad distinta- se derramó sobre las nubes,
            y justo enfrente vimos, donde cielo y tierra se tocan
            una línea, una línea blanca, una larga línea blanca,
            un muro, una barrera a la que nos dirigíamos.

            Dios mío, uf, hay osos allí.
            Ni una oportunidad.      Ay, mi casa; ay mi madre.
            Dónde hay una coctelera, Ben, aquí hay hielo en cantidad.

            Y si otro lo sabe, yo sé que lo ignoro
            sólo sé que ahora ya no se oye más ruido.

            Flebas el fenicio, fallecido hace semanas
            olvidó el chillar de las gaviotas y la marejada
            y el beneficio y la pérdida.
                                                      Una corriente submarina
            recogió sus huesos susurrando. Alzándose y cayendo
            atravesó su madurez y juventud
            entrando en el remolino.
                                                  Judío o gentil,
            oh tú que llevas el timón y miras a barlovento,
            piensa en Flebas, que fue tan alto como tú, y tan apuesto.           
           





                        LO QUE DIJO EL TRUENO

            Tras el rojo de antorchas en rostros sudorosos,
            tras el silencio de escarcha en los jardines,
            tras la agonía en lugares pedregosos,
            el clamor y el llanto,            
            prisión y palacio y reverberación
            de trueno de primavera en lejanas montañas;
            quien vivía está ahora muerto,
            quienes vivíamos ahora morimos
            con un poco de paciencia

            Aquí no hay agua sino sólo roca
            roca y nada de agua y la arenosa senda
            la senda que serpea entre los montes
            que son montes de roca sin agua
            si hubiese agua nos pararíamoa a beber
            en medio de la roca uno no se puede parar ni pensar
            el sudor es seco y los pies se hunden en la arena
            si hubiese al menos agua entre la roca
            boca cariada de una montaña muerta que no puede escupir
            aquí uno no puede estar de pie tenderse ni sentarse
            ni siquiera hay silencio en la montaña
            sino trueno estéril seco y sin lluvia
            ni siquiera hay soledad en las montañas
            sino rostros colorados y hoscos que sonríen con desprecio y gruñen
            en las puertas de casas de agrietado adobe
                                                                                Si hubiese agua
            y no roca
            si hubiese roca
            y también agua
            y agua
            un manantial
            una charca entre la roca
            si hubiese el ruido del agua solamente
            no la chicharra
            y la hierba seca cantando           
            sino el ruido del agua sobre una roca
            donde canta el zorzal ermitaño en el pinar
            gluglú gluglú gluglú glú glú glú
            pero no hay agua

            ¿Quién es el tercero que siempre va a tu lado?
            Cuando cuento, sólo estamos juntos tú y yo
            pero cuando miro camino blanco adelante
            siempre hay otro que camina a tu lado
            deslizándose envuelto en un manto marrón, con capucha
            No sé si es hombre o mujer
            -¿Pero quién es ese que está a tu otro lado?

            Qué es ese sonido alto en el aire
            murmullo de lamento maternal
            quiénes son esas hordas encapuchadas que irrumpen
            sobre interminables llanuras y tropiezan en la tierra agrietada

            Circundado por el plano horizonte sólo
            qué es la ciudad que está sobre los montes
            grietas y reformas y estallidos en el aire violeta
            torres que caen
            Jerusalén Atenas Alejandría
            Viena Londres
            irreales


            Ganga estaba hundido, y las hojas mustias
            aguardaban la lluvia,
            mientras las negras nubes
            se apiñaban en la distancia, sobre Himavent.
            La selva se acurrucó, se encorvó en silencio.
            Entonces habló el trueno
            DA
             Datta: ¿qué hemos dado?
            Amigo, sangre que sacudes mi corazón,
            la horrible osadía de rendirse un momento
            de la que una edad de prudencia retractarse no puede
            por esto, y sólo esto, hemos existido,
            algo que no se hallará en nuestras necrológicas
            o en recuerdos tapizados por la benéfica araña
            o bajo sellos rotos por el enjuto abogado
            en nuestras habitaciones vacías.
            DA
            Dayadhvam: he oído girar la llave
            en la puerta una vez y sólo una
            Pensamos en la llave, cada uno en su prisión
            pensando en la llave, cada uno confirma una prisión
            sólo al anochecer, rumores etéreos
            reviven por un momento a un Coriolano muerto.
            DA
            Damyata: la barca respondió
            con alegría, a la mano diestra en la vela y el remo
            la mar fue calma, tu corazón hubiera querido responder
            con alegría, al invitarlo, latiendo obediente
            bajo las manos que lo controlaban.
                                                                   Me senté en la playa
            pescando, con la árida planicie trás de mí
            ¿Pondré al menos en orden mis tierras?

            El puente de Londres se desmorona, se desmorona, se desmorona

            Poi s'ascose nel fuoco che gli affina
            quando fiam ceu chelidon; oh golondrina golondrina
            Le Prince d’Aquitaine de la tour abolie
            He apuntalado estos fragmentos contra mis ruinas
            pues bien os daré lo vuestro. Jerónimo torna a estar loco
            Datta.    Dayadhvam.   Damyata.
                        Shantih         Shantih         Shantih 







                        LA MUERTE DE SAN NARCISO

            Ven bajo la sombra de esta roca gris
            entra bajo la sombra de esta roca gris
            y una sombra te mostraré diferente de
            tu sombra que se tumba sobre la arena al alba, o
            tu sombra que salta tras el fuego ante la roca roja;
            te mostraré su paño ensangrentado y sus miembros
            y la sombra gris de sus labios.

            Una vez caminó entre el mar y los acantilados
            donde el viento le hizo darse cuenta de sus piernas que
            con facilidad se adelantaban mutuamente
            y de sus brazos cruzados sobre el pecho.
            Cuando caminaba por los prados
            se sofocaba y lo serenaba su propio ritmo.
            Junto al río
            sus ojos tuvieron conciencia del rabillo puntiagudo de sus ojos
            y sus manos tuvieron conciencia de las yemas de sus dedos.
            Fulminado por tal conocimiento
            no pudo vivir como hacen los hombres, sino que se hizo bailarín de Dios.
            Si caminaba por calles de ciudades
            parecía andar sobre rostros, compulsos muslos, rodillas.
            De forma que marchó a vivir bajo la roca.

            Primero estuvo seguro de que había sido un árbol
            que entrelazaba sus ramas
            que enredaba sus raíces.
            Después supo que había sido un pez
            de vientre blanco y escurridizo que cogían sus propios dedos
            que se retorcía en su propio asimiento, su antigua belleza
            aferrada por las rosadas yemas de su nueva belleza

            Después había sido una chiquilla
            cogida en el bosque por un viejo borracho
            que al final conocía el sabor de la blancura de ella
            el horror de su propia suavidad
            y caía borracho y viejo

            Así que se hizo bailarín de Dios.
            Porque su carne estaba enamorada de las flechas de fuego
            bailó sobre la arena caliente
            hasta que vinieron las flechas.
            Mientras las abrazaba, su piel blanca se rendía a la rojez de la sangre y le                                                                        satisfacía.
            Ahora está verde, seco y manchado
            con la sombra de su boca.

           


                                    EXEQUIAS

            Acudirán amantes porfiados
            (con el tiempo) a mi fuente en las afueras
            a peregrinar, cuando me convierta
            en una deidad de amor del lugar,
            y piadosos juramentos y salmos
            en mi bosque sagrado flotarán
            suspensos en aquel aire italiano.

            Cuando al mármol de mi atlética edad
            por siempre ágil, de eterna juventud,
            le cuelguen guirnaldas de gratitud
            y flores de doncellas desfloradas,
            me calentará la llama cordial,
            una sombra entre las sombras -ya nada-
            que no hace el bien; tampoco mucho mal.

            Mientras la fuente melodiosa cae
            (esculpida por el boloñés diestro),
            bajo árboles, por pares, los adeptos
            a oblaciones devotas se entregan.
            Luego terminan las festividades
            con la misma e invariable sorpresa
            de fuegos artificiales o valses.

            Mas, si de un ser más violento o profundo,
            un alma desdeñosa o desdeñada,
            la sombra de su belleza manchada
            de los colores del año marchito,
            aquí viene, y se autoinmola en el Túmulo
            en plena crisis ya, se oirá el sonido
            de una risita sorda en el sepulcro.
            Sovegna vos a temps de ma dolor.
            Consiros vei la passada folor.




                        LA MUERTE DE LA DUQUESA

                                    I

            Los habitantes de Hampstead tienen sombreros de seda
            el domingo por la tarde salen a tomar té
            el sábado toca tenis sobre hierba, y té
            el lunes a la City, y luego té
            Saben qué deben sentir y qué pensar
            la tinta de la prensa matutina lo dirá
            tienen otro domingo cuando se acaba el último
            saben qué pensar y qué sentir
            los habitantes de Hampstead giran en la rueda sin fin.

            ¿Pero qué hay para ti y para mí
            para mí y para ti
            qué hay que nosotros podamos hacer?
            ¿Dónde se unen las hojas en la frondosa Marylebone?

            No hay nada nuevo en Hampstead
            y por la tarde, a través de los visillos, la aspidistra se aflige

                                    II

            Por la tarde la gente se echa sobre la barandilla del puente
            como cebollas bajo el alero
            en la glorieta unos se apoyan en otros, como espigas
            o caminan como dedos sobre una mesa
            ojos de perro extendiéndose sobre la mesa
            hay en sus cabezas cuando miran fijamente
            suponiendo que tienen cabezas de pajaritos
            en vez de palabras picos
            Me gustaría estar en una multitud de picos sin palabras
            pero es terrible estar a solas con otra persona.
           
            Deberíamos tener suelos de mármol
            y lumbre en tu melena
            no habrá un correr de pasos por la escalera

            los que se apoyan en otros en la glorieta
            comentan las noticias de la tarde, sus cosas de bandadas

            esta noche mis pensamientos tiene cola, mas no alas
            penden en racimos de la araña
            o caen uno a uno sobre el suelo.
            Bajo el cepillo su pelo
            desparramado en puntas encendidas de deseo
            en palabras brillaba, después se quedó mudo

            “Tienes motivo para amarme, te introduje en mi corazón
            antes de que por fin te dignases a pedir la llave.”

            Vuelta de espaldas, sus brazos estaban desnudos
            preparada para una pregunta, sus manos tras el pelo
            y la luz del hogar brillaba donde se tensaba el músculo.

            Mis pensaminetos en un manojo enmarañado sin pies ni cabeza
            uno de repente se liberó, cayó al suelo
            uno que conocía
            “Es otra vez momento de alcanzar la puerta.”
            Cruzó la alfombra y expiró en el suelo

            Y si dije “te quiero”, ¿deberíamos respirar
            oír música, ir de cacería, como antes?
            ¿relajar las manos y que el cepillo avance?
            ¡Qué terrible esto sería igualmente!
            Por la mañana, cuando llamasen a la puerta
            deberíamos decir: esto y aquello es lo que necesitamos
            y si llueve, el carruaje cubierto a las cuatro.
            Deberíamos jugar una partida de ajedrez
            las figuras de marfil nos hacen compañía
            deberíamos jugar una partida de ajedrez
            apretando los ojos sin párpados y aguardando un golpe en la puerta

            Es otra vez momento de alcanzar la puerta

            “Cuando me haga vieja haré que todos en la corte
            se empolven el pelo con paños de Arrás, para que sean como yo.
            Pero sé que me quieres, tienes que quererme.”

            Entonces imagino que la hallaron
            mientras se daba la vuelta
            para interrogar al silencio fijo tras de ella

            Soy administrador de sus rentas
            pero yo sé, y sé que ella sabía...

            Tras el pasar de los días inspirados
            tras las súplicas el silencio y el llanto
            y el fin inevitable de tantísimas cosas
            y la vigilia helada en jardines marchitos
            tras la vida y la muerte de lugares aislados
            tras los jueces y abogados y carceleros
            y el rojo de antorchas en rostros sudorosos
            tras el pasar de las noches inspiradas
            y las temblonas lanzas y el parpadeo de las luces
            tras los vivos y los que agonizaban

            Tras el pasar de esta inspiración
            y las antorchas y los rostros y los gritos
            el mundo parecía futil: como una excursión dominguera.


            Y a través de la tarde, del aire violeta,
            una meditación torturada me condujo
            palabras concatenadas en un absurdo
            (cuando llega al dormido o al despierto
            el haced-esto-por-mí-os-ruego)
            cuando a las casas sombrías y calcinadas y a los árboles
            una palabra esencial que liberase
            la inspiración que expede y expresa
            este arrugado camino que gira, duda y serpea:
            oh, a través del cielo violeta y el aire de la tarde
            una cadena de razonamientos que ha perdido el hilo
            reunió extrañas imágenes que recorrimos:

            una mujer tiraba de su largo pelo
            y tocaba una música rumorosa en esas cuerdas
            los murciélagos estridentes en el aire violeta
            vibraban gimiendo y batiendo sus alas.
            A un hombre deforme por alguna tara mental
            aunque con poderes anormales
            lo vi arrastrarse boca abajo por un muro
            y torres del revés había en el aire
            que tocaban campanas de rememoranza
            cantos que de cisternas y pozos brotaban.

            Mis impulsos febriles alcanzaron su extremo
            a uno tendido boca arriba le oí gritar
            “Parece que llevo muerto mucho tiempo:
            no informen de mí al mundo oficial
            Ha visto extrañas revoluciones: déjenme en paz.”



            Yo soy la Resurrección y la Vida,
            soy lo que permanece y lo que fluye.
            Soy el marido y su esposa,
            la daga del sacrificio y la víctima.
            Yo soy el fuego; también la mantequilla.





                                    ELEGÍA

            Nuestros rezos despiden la sombra que se marcha
            y musitan el hipócrita amén.
            La agraviada Aspativa volvió           
            con guirnaldas de alado ciclamen.

            Que rotundamente debería haber lamentado
            la ruina de una cabeza tan querida.
            No era por sueños: un sueño restaura
             a los muertos que siempre nos dan grima.

            ¡El sudor transpiraba por mis poros!
            Vi las puertas sepulcrales, expeditas,
            revelar (como en un cuento de Poe)
            los rasgos de la novia herida.

            Esa mano profética y lenta
            cálida ayer, ayer hermosa, tan sagrada,
            desgarró el desordenado sudario.
            En torno a su cabeza los escorpiones silbaban.

            Liberado el remordimiento, una intensa pena
            se había esforzado por expiar la culpa.
            Mas no envenenéis mi presente dicha
            y quedaos dentro de vuestra sepultura.

.            Dios, en una bola de fuego rodante
            persigue a mis errantes pies de día;
            sus llamas de ira y de deseo
            con fuego devorador se me aproximan.




                        ENDECHA

            A cinco brazas tu Bleistein yace
            bajo las rayas y los chocos
            la Enfermedad de Graves en los ojos de un judío inane
            donde los cangrejos han comido los ojos.
            Más bajo de lo que bucean las ratas de los muelles
            aunque sufra una mutación océanica
            quieto, raro, rico y estrambótico.

            Esto es encaje que fue su nariz
            ved yace sobre su espalda
            (los huesos se asoman, calzados de algas)
            con una mirada de sorpresa gris
            lo mecen reflujo y pleamar
            de un lado a otro con suavidad
            Ved los labios abrirse poco a poco
            desde los dientes, oro en oro.
            Las langostas cambian a cada hora su vigilia.
            ¡Callad! Ahora las oigo: pican   pican   pican



                        CANCION. PARA EL OFERION

            El pie dorado que no sé si besaré o rozaré
            refulgía a la sombra de la cama
            No llegará a mucho, tal vez,
            esta idea, este péndulo en la cabeza, este fantasma

            que oscila de lo vivo a lo muerto
            y sangra entre dos vidas
                                                            aguardando un roce un aliento

            Se levantó viento y quebró las campanas.
            ¿Es un tambor o qué es lo que pasa
            cuando la superficie del río ennegrecido
            es un rostro que suda con lágrimas?

            Vi a través del lúgubre río
            que las fogatas hacían temblar a las lanzas

                                                                        aguardando ese roce

            Treinta años ya pasan.

4 comentarios:

Alfredo J Ramos dijo...

Qué lujo, ART. Y qué generoso. Un extraordinario regalo de año nuevo (es de justicia decirte: ¡gracias!), que aprovecho para reiterarte pródigo en buenos días.

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Lujo, tener lectores como tú, Alfredo. Lujazo.

sergiohc dijo...

Te felicito, Antonio, por dos razones: por la idea de traducir esta "reliquia" maravillosa y, segunda, por lo afortunado de tu traducción, apegada y disfrutable. Mil gracias.

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Muchas gracias. Después del tiempo y esfuerzo dedicados, el comentario es muy bien recibido. Un saludo.