lunes, 28 de enero de 2008

La vitalidad de Homero





MAKE IT NEW

Este verano pasado la Odisea ha vuelto a ser noticia, o más bien no ha dejado de serlo, haciendo buena la famosa definición de Ezra Pound de que la literatura es aquella noticia que continúa siendo noticia. Y a todos los titulares de cultura ha saltado que Mario Vargas Llosa ha escrito y protagonizado –al parecer, con más éxito como adaptador que como actor– una versión comprimida del gran poema homérico para el Festival de Teatro Clásico de Mérida. No pocos medios periodísticos recogieron unos meses antes, además, que Derek Walcott, que ya había publicado un voluminoso poemario titulado Omeros, ha dado a la imprenta, en traducción española a cargo de Manuel y Jenaro Talens, su versión particular del mismo texto griego, trasmutado en materia caribeña. Pero eso no es todo. Fatigando las mesas de novedades de las librerías londinenses se verá que el pasado mayo se publicó Homer’s Odyssey, una adaptación radiofónica firmada por el excelente poeta que es Simon Armitage, quien, como él declara, ha querido hacer una versión propia pero no “describir a los personajes de la Odisea como si fueran veteranos de la Guerra del Golfo”, evitando el canto de sirenas de las chuscas recreaciones. ¿Qué tienen los textos homéricos, la Odisea pero no menos la Ilíada, que tanto siguen atrayendo, y en los que se fijan tan destacados escritores?

Lo han hecho como traductores, entre otros, Andrew Lang, Leconte de Lisle, Alexander Pope, Giacomo Leopardi, Haroldo de Campos, William Morris, Salvatore Quasimodo, William Cullen Bryant, Agustín García Calvo, Carles Riba, Luis Alberto de Cuenca y Leopoldo Lugones. Lawrence de Arabia trasladó también la Odisea, y en su introducción a ella menciona dieciocho traducciones anteriores al inglés, lo que hace que Borges (cuyo desconocimiento del griego le hizo a la fuerza, como él confiesa, “un poco erudito en versiones homéricas”) escriba que “esa creciente profusión puede ser un indicio de la vitalidad de eso viejos cantos –de su inmortalidad, si se quiere–, pero puede asimismo querer decir que Homero está bien muerto, y que esas traducciones dispares son otros tantos artificios inútiles para infundirle vida”. No sé. Yo creo que Homero está bien vivo, y es palmario que además de las numerosas traducciones de todo tipo ha suscitado un sinfín de glosas, interpretaciones y motivos de inspiración en grandes escritores de todas las lenguas. Y como decía antes, no sólo ha sido así con la Odisea. También ha sucedido con la Ilíada, como demuestra la reciente adaptación, relativamente exitosa en librerías, de Alessandro Baricco.

Aparte de la vasta influencia en la literatura griega posterior a Homero, la guerra de Troya mereció la atención de Virgilio, y de su Eneida, que tuvo gran repercusión en la literatura medieval, brotan episodios que adornan la magna literatura artúrica. Sir Gawain y el Caballero Verde, por ejemplo, comienza con versos en los que se hace memoria de la caída de Troya. El Roman de Troie fue muy divulgado en España y se convirtió en espuma que bañó la playa del Libro de Alexandre. También aquí Juan de Mena tradujo la Ilíada latina. Luego, en los tres mil versos de “La Circe”, Lope de Vega recoge el episodio de la Odisea en el que Ulises llega a la isla de la hechicera, y Góngora por su parte se hace eco del mito de Polifemo y Galatea (que está presente en la Odisea, pero también en Teócrito, Virgilio y principalmente Ovidio). En Francia, Joachim du Bellay, en su hermoso soneto XXXI de fama duradera escribió: “¡Dichoso el que, como Ulises, hizo un bello viaje,/ y después regresó lleno de experiencia y sabiduría/ a vivir entre los suyos el resto de su edad!” Goethe, tan amante de lo clásico, escribió una Aquileida, que no llegó a poder terminar, traducida entre nosotros por Rafael Cansinos Assens en el tomo IV de las obras completas del alemán.

En Inglaterra, Shakespeare recoge el personaje de Ulises y muchos otros de la Ilíada en Troilo y Crésida (obra oscura y acerba que vertió Cernuda), y en el terreno del ensayo Matthew Arnold escribió “Acerca de la traducción de Homero”, y Gladstone varias obras sobre el mismo. Pero es en el primer cuarto del siglo XIX cuando uno de los poemas más conocidos de Keats recoge la pervivencia del encanto de los antiguos textos griegos en el soneto “Al asomarme por primera vez al Homero de Chapman”. Éste fue el autor de una versión particularmente célebre, en pareados, que deslumbró al autor de la “Oda sobre una urna griega”. El título de Keats ha sido remedado por diferentes poetas, por ejemplo por la poeta y helenista Aurora Luque, autora de “Al asomarse por primera vez al Keats de Oliván” (Lorenzo Oliván es autor de una excelente antología de Keats), o hace medio siglo, en Irlanda, por Flann O’Brien, que publicaría en el Irish Times una serie de artículos paródicos en los que utilizaba como personajes a Keats y a Chapman y jugaba con el hecho de que homer en inglés signifique “paloma mensajera”, creando equívocos y regodeándose en un humor absurdo. Luego de Keats, en la época victoriana Tennyson escribió un poema titulado precisamente “Ulises”, en el que el héroe se nos presenta viejo pero aún ávido de aventuras e invita a sus camaradas a “luchar, buscar, hallar y no rendirnos” (con un deseo de romper la rutina opuesto al anhelado descanso expresado por Du Bellay), y aún otro, más largo, titulado “Los lotófagos”.

Cavafis, cómo no, también empleó pasajes de la Odisea y de la Ilíada en su obra. La primera le sirvió para construir uno de sus más conocidos poemas: en “Ítaca” nos habla de la riqueza de las experiencias del viaje, la sabiduría que éste aporta per se, frente a la recompensa efímera de alcanzar el destino. La veta épica de Homero la recoge en “Los funerales de Sarpedón” y en el conmovedor “Los caballos de Aquiles”, en el que los nobles brutos lloran por la muerte de Patroclo (canto XVII de la Ilíada). También reelaboraría el canto XXIV en “Paseo nocturno de Príamo”.

Robert Graves, con su propensión al mito y la Antigüedad, también parecía estar obligado a dejar un puñado de poemas con alusiones homéricas. Así, “Como si fueran poemas”, donde el poeta se siente identificado con Ayax, “Ulises” (en el que escribe: “Al muy baqueteado Ulises, nunca cansado/ de la mujer, ya se vista de esposa o de ramera/ Penélope y Circe le parecían la misma:/ aquélla como una ramera hacía correr sus lascivas fantasías,/ y como una esposa ésta le dio un héroe”), “El recibimiento de las sirenas a Cronos”, “Héroes en su esplendor” y “El juicio de Paris”. También llevaron al viejo aedo a su propia obra Ezra Pound (el acuñador de la consigna Make it new), cuyo primer Canto es deudor del XI la Odisea, y Auden, quien escribió poemas titulados “Calipso”, “Circe” y “El escudo de Aquiles”, o Wallace Stevens, que en “El mundo como meditación”, en el que Penélope cree ver a Ulises en el sol que viene sobre su almohada. Borges, ciego como él, se sirvió de Homero en “Odisea, libro vigésimo tercero”, donde contrapone el Ulises regresado al hogar al de las aventuras pasadas. Más reciente, en los Estados Unidos, Louise Glück ha escrito Las Praderas, donde contrapone la vida diaria, un matrimonio de hoy que hace aguas, con Ulises y Penélope, y en el libro irrumpen Maria Callas, Flaubert o el pollo a la parrilla que reclamará Ulises cuando vuelva a casa. El libro presta su voz a Penélope y Telémaco, dejando al héroe en un segundo plano.

Todo el mundo tiene derecho a la fantasía. En Portugal, existe el mito de que Ulises fundó la ciudad de Lisboa, y a él se refieren Pessoa en un breve poema de Mensaje y Eça de Queiroz en un relato. El también lusitano Manuel Alegre es autor del poema dramático Barco para Ítaca. Y antes que todos ellos, preparando el terreno, Camoens, en Los Lusíadas, recogió igualmente las peripecias de Ulises. En cuanto a Italia, partes de la Ilíada fueron traducidas por Francesco Aretino, Poliziano y Ugo Foscolo. El griego Nikos Kazantzakis realizó una versión muy libre de la Odisea, tarea en la que empeñó trece años y en cuyos 33.333 versos (casi el triple de los hexámetros de Homero) consigue una gran musicalidad para el lector moderno a la par que se toma licencias como incluir escenarios tales como África o el Polo Sur (lugares que por otra parte ya apuntaban en Dante o Coleridge, cuya Rima del anciano marinero es también una reelaboración del personaje de Ulises).

Esqueje que ha prosperado en nuestra tierra, en la literatura española contemporánea también han reencarnado los protagonistas homéricos, y en la poesía no faltan ejemplos (“Retorno de Ulises”, que Cunqueiro escribió en gallego y que comienza con los muy aliterativos versos, casi de encantamiento, “Pende en que pende Penélope pensativa/ perdo novelo nove novamente canto”), José Luis García Martín (“Nausica”), Victor Botas (“Héctor y Aquiles”), Javier Salvago (“Ulises”), Aurora Luque (“La mirada de Ulises”), Juan Antonio González Iglesias (“Catálogo homérico”) o Silvia Ugidos (“Circe esgrime un argumento”). Y no continúo porque no pretendo ser en absoluto exhaustivo. Sí seré, aunque no lo pretenda, inmodesto; hace años escribí un poema que, adivinen, titulé “Ítaca”, no tanto recreación del mito como exposición de una circunstancia personal, el cual terminaba con estas líneas desesperanzadas: “De aquella edad heroica sólo queda,/ cercanos y remotos ya, Penélope,/ del manto que tejías las hilachas.”

También la narrativa se ha hecho eco de la obra de Homero, de sus personajes y todas sus derramadas posibilidades, desde la novela un tanto ligera, de entretenimiento de Clive Cussler (La odisea de Troya) a la de Robert Graves (La hija de Homero) o Margaret Atwood (Penélope y las doce criadas, también recientemente publicada en España). Atwood, asimismo poeta, publicó hace años un poema “Elena de Troya baila sobre la barra de un bar”, en el que desde una mirada feminista aggiorna y desmitifica al personaje, que prefiere dedicarse al strip-tease antes que ser pasto de las varices como una dependienta cualquiera. Mención aparte merece Álvaro Cunqueiro y su hermosa novela, como suya, Las mocedades de Ulises, en la que leemos frases como ésta: “Todo regreso del hombre a Ítaca es otra creación del mundo”. Con sus deliciosos anacronismos, lo mismo aparece en ella un cura que el mismísimo Amadís, Francia que Irlanda.

Ah, Irlanda. Ésta ha sido hasta hace poco nación culta y salvaje a un tiempo, en la que la narración de su épica, trasmitida oralmente durante generaciones y más tarde puesta por escrito, presenta notables paralelismos con el mundo de la Ilíada. En la Táin Bó Cuailnge, anterior a la llegada del cristianismo, vemos descripciones de desafíos, carros de guerra y amor entre los camaradas, pasajes que comparten mucho con Homero. No es de extrañar por ello que éste haya sido siempre muy bien acogido en la isla, y desde ángulos muy distintos. Mucho antes de que Joyce concibiera su recreación dublinesa de la Odisea en Ulises (1922), donde la acción se reduce a las más mínimas vicisitudes de un solo día, se hizo una versión medieval, bastante libre y en gaélico, de la misma obra en Merugud Uilix mac Leirtis, que no hace falta ser aventajado celtista para adivinar que trata de Ulises hijo de Laertes. Andando el tiempo, tanto la Ilíada como la Odisea serían traducidas dos veces cada una al irlandés (la traducción publicada de la Odisea, por su adaptación de los hexámetros a los ritmos vernáculos, es especialmente meritoria; otra anterior a cargo de un helenista gaélico, que utilizaba el dialecto de las Islas Blasket, originadoras de todo un subgénero de la literatura hibérnica, como de un minúsculo Egeo irlandés más inhóspito, se perdió irremediablemente antes de ser publicada con ilustraciones que debía llevar de una nieta de Darwin). En cuanto al gaélico escocés, fue airosamente traducida por John, hermano del gran poeta Sorley MacLean.

Yeats se adueño del personaje de Helena para hacerlo trasunto de su amada imposible, Maud Gonne, y poemas como “La rosa del mundo” “Sin otra Troya” o “Una mujer a la que cantara Homero” lo muestran a la perfección. Del primero de los tres son estos versos que mezclan la mitología autóctona con la griega: “Por estos labios rojos, con todo su triste orgullo,/ triste de que ningún nuevo portento pueda suceder,/ Troya desapareció en funérea lumbre/ y los hijos de Usna murieron.”

El gran poeta irlandés siguiente a Yeats, Louis MacNeice, escribió un poema titulado “Circe” (como el de su amigo Auden); más tarde, Patrick Kavanagh, compuso uno de los más inteligentes homenajes que se hayan podido hacer de Homero cuando en su poema “Epopeya” hace que la Ilíada actúe como sorprendente, pero si bien se mira completamente lógico, contrapunto de unas rencillas aldeanas de su condado de Monaghan. También firmó Kavanagh un poema satírico con ecos vagamente homéricos, “La Paddiada”, y un poema en la estela del de Keats titulado “Al leer por vez primera el Homero de E. V. Rieu” (la muy alabada traducción en prosa de la Ilíada publicada en 1950). Otro poeta sobresaliente, Derek Mahon, es autor de los poemas “Calipso” y “Achill”, donde fusiona el mundo irlandés (Achill Island, frente a la costa del condado de Mayo) con el griego a través de referencias explícitas y otras oblicuas (Aquiles es Achilles es inglés)

Y ya vamos llegando a donde quería. De Irlanda es Michael Longley, un poeta del llamado “Grupo de Belfast” al que pertenecieron grandes poetas del Ulster en los años sesenta del pasado siglo como Seamus Heaney o Mahon. Longley acaba de publicar sus Collected Poems. Pocos como él han sabido hacer propia la enorme herencia de Homero, vivificándola, transcreándola, mirándose en su espejo. Estudió Clásicas en el Trinity College de Dublín, y esa formación hubo de ser de igual modo el caldo de cultivo para la composición de su Filemón y Baucis: al estilo de Ovidio (1993).

Longley utiliza la materia homérica como humus en el que sembrar sus propios poemas, y mediante la adaptación, la relectura de la remota literatura, consigue trasmitir ideas y sentimientos que de otra manera le resultaría difícil expresar. Entreteje traducciones de los versos de Homero con otros suyos, consiguiendo poemas de una validez universal. Él lo ha dicho: “Fui capaz de expresar sentimientos de ternura hacia mi padre a través de Laertes y Odiseo” (su padre fue un inglés casi héroe de la Ilíada que luchó en dos guerras mundiales, condecorado por la toma en solitario de un nido de ametralladoras, llegando al grado de coronel). Fuegos de aulaga (1991, ganador del Premio de Poesía Whitbread) es rico en alusiones homéricas, como sucede con “Los carniceros”, donde no se ahorran crudezas y en el que la matanza de los pretendientes de Penélope se hace terriblemente actual, como una operación de castigo en la turbulenta Irlanda de los Troubles. Hasta seis poemas más del libro muestran su deuda con Homero.

Un soneto de La orquídea fantasma, “Alto el fuego”, fue enviado por el poeta al Irish Times en 1994 con la esperanza de que si lo publicaban pudiera hacer cambiar de idea a algún indeciso en la cúpula del IRA. Dos días después, la organización armada decretaba la tregua. “Alto el fuego” se basa en el Libro XXIV de la Ilíada (el pasaje en el que Príamo acude a Aquiles para reclamar el cadáver de Héctor) y acaba con dos versos de reconciliación que fueron muy comentados en Irlanda: “Me arrodillo y hago lo que debe hacerse/ y beso la mano de Aquiles, el asesino de mi hijo”. No en vano, Longley ha afirmado que “La Ilíada es el mejor libro del mundo, uno de los más antiguos, y una de las más grandes meditaciones sobre la muerte”. En su penúltima entrega, El tiempo en Japón, incluye un poema titulado “Caballos” en el que, inspirado en la Ilíada una vez más, aparecen los corceles que lloran por Patroclo (como en Cavafis).

Su más reciente poemario, Aguanieve, vuelve a incluir dos poemas con reminiscencias homéricas. Uno es “Sueño y muerte”, que depende de la Ilíada al recoger la retirada del cuerpo de Sarpedón del campo de batalla. Longley incorpora temas y personajes, ya se dijo, pero también recursos formales, como el llamado catálogo homérico: en un poema de sólo diez versos sobre el asesinato de un vendedor de helados a manos del IRA incluye sendas muestras: una lista de sabores de helados y otra, para cerrarlo, de hasta veintiuna flores.

Deliberadamente he dejado para el final a Chistopher Logue y su obra en marcha Música de guerra, de la que ha publicado cinco entregas y de la cual ya sólo queda la última para que quede coronado el proyecto. En opinión de muchos, entre los que me cuento, este work in progress de Logue, en el que ha empleado ya varias décadas, magníficamente musical y que merece ser leído en voz alta, recitado, constituye la mejor reelaboración de la Ilíada en lenguas modernas.

Todo comenzó como una de esas invitaciones para colaborar con la radio de la BBC. Logue no sabía griego, y a partir de otras traducciones fue creando su personalísima lectura. Hay algo muy moderno y a la vez muy antiguo en Logue: un carro de guerra recibe un epíteto en el que se incluye un Porsche, alguien toma una foto que da la vuelta al mundo. De alguna manera, ha conseguido aquello que etnocéntricamente predicaba Samuel Johnson de la traducción de poemas: que ésta se erija en un nuevo poema en inglés. Y éste lo es, omitiendo, añadiendo, modificando, resumiendo, amplificando, plagiando a Homero si no fuera porque conocemos la fuente. La última entrega hasta la fecha ha obtenido, como uno de los libros de Longley en los que bulle Homero, el Premio Whitbread de Poesía (2005). Leídos con el telón de fondo de la reciente guerra del Líbano (de cualquier guerra en realidad), la obra de Logue adquiere un dramatismo cercano y actualísimo.

A veces, pienso que algunas versiones homéricas, las destinadas a la radiodifusión o al teatro, como las mencionadas de Vargas Llosa o Armitage, han surgido en momentos como aquellos a los que se refiere Robert Lowell en el prólogo a Imitaciones, su colección de ejercicios a partir de otros poetas (donde, por cierto, escribe variaciones a partir de Homero, destilando la Ilíada hasta que ésta se queda en 46 versos): “Este libro lo fui haciendo poco a poco cuando no tenía nada mío que escribir”. De alguna manera es también lo que sucedió con Longley, que tras un silencio de doce años volvió a publicar poesía con tintes homéricos en Fuegos de aulaga. Sin embargo, Logue ha escrito una reelaboración ante la cual palidece el resto de su obra. Las mejores recreaciones nos enseñan la vitalidad de un poeta y unas obras que siguen estando pletóricos de vida. Uno de los más hermosos poemas que ha inspirado Homero es uno del escocés George Campbell Hay, en el que no se habla de los héroes sino del rapsoda –¿invidente?– capaz de describir y narrar como nadie: “Dicen que estabas ciego, aunque en la arena/ viste saltar las olas en el mar;/ antes del nuevo albor, la noche negra/ también viste escapar.// El deshielo que el torrente recibe, / la sombra del pinar del monte heleno,/ el curvo brillo de la espada viste./ Mienten: no estabas ciego.”

(Publicado en El Fingidor, 29-30, 2006)