martes, 29 de enero de 2008

Las runas circulares





LAS RUNAS CIRCULARES

(CIRLOT Y BORGES, CON UN HOMENAJE A POE)


Siempre me ha atraído el poderoso campo magnético de ese triángulo aliterativo, Baltimore, Buenos Aires, Barcelona, que da las coordenadas de un irrepetible trío de ases (aesir) de la poesía moderna: Edgar Allan Poe, Jorge Luis Borges, Juan Eduardo Cirlot. Aún si intercambiáramos los nombres de Boston y Baltimore, lugares respectivamente del nacimiento y muerte del poeta norteamericano, la tríada aliterativa se mantendría intacta, guardando con su triple b los vértices de este triángulo que unen las dos ciudades más “europeas” del Nuevo Mundo y la que lo es más en España: la vieja Ciudad Condal, patria de trovadores y donde por vez primera se imprimió El Quijote.

Tanto Borges como Cirlot escribieron homenajes a figuras de la literatura a las que por un motivo u otro ellos mismos se sentían próximos, y casi sin excepción bajo la forma del soneto, que ambos tanto cultivaron. Borges lo hizo sobre todo en páginas de El otro, el mismo (1964), ya dentro del molde del soneto isabelino inglés —sin división estrófica, rimando independientemente los cuartetos y fluyendo toda la composición hacia el remate o epifonema del dístico final—, ya desde la ortodoxia del modelo castellano: “Snorri Sturluson (1179-1241)”, “Emanuel Swedenborg”, “Emerson”, “Rafael Cansinos-Asséns”... También tocó la misma cuerda en libros posteriores como Elogio de la sombra, El oro de los tigres o La moneda de hierro, con composiciones dedicadas a Heráclito, James Joyce, Ricardo Güiraldes, Keats, Melville, Spinoza o Blake. Por lo que respecta a Cirlot, en dos ocasiones agrupó un número de homenajes: la primera, en una plaquette de Dau al Set de 1951, temprana reveladora de sus intereses estéticos y míticos (“A Raimundo Lulio”, “A Max Ernst”, “A Osiris”, “A Jakob Böhme”, “A René Magrite”, “A Mitra”, “A Gaudí”); la segunda, en 1972, con homenajes a Orfeo, Dante Gabriel Rossetti, Alexander Scriabin, Nerval, Schoenberg, Torcuato Tasso y Richard Wagner. Si Borges dedicó sus homenajes no sólo a literatos, sino también a filósofos, Cirlot aunó creadores literarios y de otras artes (que en algún caso coinciden en la misma persona: ahí está Rossetti, pintor y poeta; o Wagner, poeta y músico), además de figuras cercanas a la alquimia o pertenecientes a la religión o la mitología.

Deliberadamente he omitido de las dos series de homenajes —de Borges, de Cirlot— el otro, el mismo, el único personaje que a ambas las visita: Edgar Allan Poe. De uno y otro soneto se desprende la manera de estar en el mundo de nuestros dos poetas: para Borges, el autor de “El cuervo” tuvo el “destino de inventor de pesadillas” y, sugiere, “quizá, del otro lado de la muerte, / siga erigiendo solitario y fuerte / espléndidas y atroces maravillas”. Sin embargo, para Cirlot no importa la inventiva literaria de Poe, ni su capacidad de crear narraciones arquetípicas que nos deparen un placer estético. Sin la brillantez verbal y metafórica de Borges, Cirlot repara en lo tormentoso que late en el alma del hombre Poe, y, sintetizando lo que había tenido ocasión de exponer en un artículo publicado en La Vanguardia, se dirige a él de tú a tú y abriendo su primer cuarteto con escalpelo diseccionador: “La muerte fue tu voz, tu inteligencia, / tu modo de asumirte en la pasión, / tu modo de sentir y la oración / con que cruzaste valles de demencia”. Para uno es ejemplo de escritura, para el otro de autodestrucción consciente expresada en esa misma escritura.

Hijo de unos actores ambulantes, Edgar Allan Poe, que quiso entrar en el Ejército, fue expulsado de West Point. Por su parte, Borges y Cirlot, que cultivaron la literatura y de ella hicieron el motor de su existencia, vivieron obsesionados por sus antepasados militares y la admiración por las espadas, hasta el punto de que el argentino llevó al poema numerosas veces las batallas de su patria, y elevó cantos a ese arma cuyo significado simbólico tradicional ya habían manifestado René Guénon y Julius Evola, y del que se hizo eco Cirlot en su Diccionario de Símbolos. Precisamente, Cirlot fue coleccionista de espadas, y en la iconografía del poeta destacan unos retratos en los que ellas, con sables y floretes, se convierten en sus sombras tutelares. Así, “Alusión a la muerte del coronel Francisco Borges (1833-1874)”, del argentino, tiene su correspondencia en “A mis antepasados militares”, un poema publicado en 1968, donde el poeta catalán afirma: “Os prefiero / entre todas las sombras / que precedieron, vívidas, mi antorcha.” Luego, en otros versos, muy borgeanamente, dice “mis espadas de bruma os substituyen”, o bien “las batallas os dieron una luz / que no tengo”. En La moneda de hierro, inmediatamente tras el poema “A mi padre”, en “La suerte de la espada” Borges habla de una espada perteneciente a un familiar, y ante ella concluye: “Acaso no soy menos ignorante”. Compárese con el “A mi padre” de Cirlot recogido en Poemas familiares: “¿Me sirve arrepentirme de haber sido? / Sabes que tengo espadas, pero están / tan muertas como yo.” El poema de Cirlot acaba así:

De niño tal vez sintiera envidia

ante tus condecoraciones,

tu uniforme

y tu espadín viviente.

Luego tú les temías a mis libros,

mientras eran mi clave y mi victoria

todavía entre las sordas

palabras de los textos.

De las espadas y los antepasados, a un mundo en que ambas ideas se concilian en un pasado remoto de la Alta Edad Media: Borges y Cirlot fueron los dos, a su modo, pioneros de los estudios anglosajones entre nosotros a ambos lados del Atlántico. Cuando el argentino comenzó a finales de la década del cincuenta el estudio del inglés antiguo (véase su poema de El hacedor “Al iniciar el estudio de la gramática anglosajona”), la literatura británica anterior a Chaucer era una rareza y reducto de las facultades de Filosofía y Letras, en las que sólo con suerte había un departamento de inglés y, si el azar era benigno, algún profesor que sabía abrirse paso entre las declinaciones y tiempos de esa pretérita lengua barbárica; pero de ninguna forma era literatura que pudiera codearse con los cantares de gesta franceses o la poesía del amor cortés, con las que nos querían convencer que habían nacido las letras vernáculas europeas. Tras el escrutinio de ése que él llamó “lenguaje del alba”, Borges escribió una obra de divulgación modélica en su género, Literaturas germánicas medievales (versión corregida de su Antiguas literaturas germánicas, publicada en 1951 y escrita en colaboración con Delia Ingenieros) donde tradujo pasajes de esas obras que alumbró la pagana y cristiana Inglaterra desde los siglos VI al XI, y también de otras literaturas parientes como la antigua alemana o la escandinava. A partir de 1960, en todos sus libros de poesía aparecen alusiones a temas sajones o islandeses, citándose los nombres de los reinos de Mercia o Northumbria, los nombres de monarcas o caudillos, y recónditos episodios de esas literaturas como alusiones a la batalla de Finnsburh o a la de Brunanburh (que Tennyson, en quien Borges vio esencialmente una música, tradujo vigorosamente en versos que guardan el eco de las aliterativas líneas originales. Bracelet-bestower / and Baron of Barons”, “Struck for their hoards and their hearths and their homes”, “Traitor and trickster / and spurner of treaties”). Qué hermoso su escolio “Composición escrita en un ejemplar de la Gesta de Beowulf”, que me permito citar entero:

A veces me pregunto qué razones

me mueven a estudiar sin esperanza

de precisión, mientras mi noche avanza,

la lengua de los ásperos sajones.

Gastada por los años la memoria

deja caer la en vano repetida

palabra y es así como mi vida

teje y desteje su cansada historia.

Será (me digo entonces) que de un modo

secreto y suficiente el alma sabe

que es inmortal y que su vasto y grave

círculo abarca todo y puede todo.

Más allá de este afán y de este verso

me aguarda inagotable el universo.

Cirlot también se interesó por la antigua versificación nórdica y del extremo occidente europeo, viendo sobre los textos originales en galés, irlandés y las lenguas germánicas —idiomas que, él confesó, no entendía, pero sí sabía oír—, elementos como la rima no sólo externa, sino también interna, y sobre todo la aliteración, que habrían de servirle de modelos para su opus magna: el ciclo Bronwyn. Que yo sepa, al menos una vez cita Cirlot a Borges, y es en la entrada sobre “espada desnuda” en su Diccionario de símbolos, donde recoge una observación de éste incluida en la primera edición de su obra sobre Beowulf y el Cantar de los Nibelungos, la poesía escáldica y las elegías anglosajonas.

Sería interesante comprobar si, antes de Borges en la América hispana y Cirlot en España, algún poeta empleó la palabra runa en nuestra lengua: esto es algo que dejamos a los lexicógrafos y a esforzados investigadores de futilidades. Borges incluye por vez primera la palabra “runa” en “Un sajón (449 A. D.)”, que forma parte de El otro, el mismo (1964). A partir de ese momento, las runas irán compareciendo en diferentes poemas de ese y futuros libros. Por su parte, Cirlot siembra de runas y esvásticas su poesía última, empezando por el texto que sirve de pórtico a su primer libro de Bronwyn (1967), en el que escribe “Dentro del corazón está la muerte / como una runa blanca de ceniza”. Luego, lo hace, por ejemplo, en Los restos negros, entrega en la que habla de Hallstatt y que guarda estrofas como ésta. “Cuando el navío viking se alejó / yo estaba junto al mar, encadenado, / y mis ojos de anciano contemplaban / el cisne blanquecino de las olas” (nótese que Cirlot emplea la forma preconizada por Borges, viking, en lugar de vikingo). En Un poema del siglo VIII (como el título anterior, publicado en 1970): “Olas entrelazadas, alas, / azules espirales, cruces. / Las ruinas de las runas en silencio.” Ahí aliterando en una paronomasia que llega hasta casi la identidad de los vocablos, aparece una segunda vez junto a la palabra ruinas, y dos veces más en los 44 Sonetos de amor (1971). Vuelve a grabarse en dos poemas aparecidos en 1972 (“Virgen sola” y “Helma”), y numerosas veces hasta el final de los días del poeta.

Son numerosas las coincidencias entre nuestros dos autores, así la similitud entre Un poema del siglo VIII de Cirlot (de 1970, aunque en realidad se trata de la segunda versión de un poema escrito en 1963-64) y composiciones borgeanas como “Un poeta del siglo XIII” (1964). También los dos escribieron algún poema en inglés, esa lengua que en ambos casos hablaron una rama de sus antepasados y en cuyo estrato primitivo de inglés antiguo o anglosajón hallaron expresión las ideas, mitos y ficciones de una de las familias de la gran literatura germánica. En Cirlot como en Borges, la fascinación por la germanística (unida en el primero a un celtismo afín y coincidente tanto en los temas como en las formas) es relativamente tardía, pero llegará a hacerse consustancial a la intensísima labor poética de ambos autores en las rectas finales de sus respectivas vidas.

Ello es algo muy singular que merece ser destacado. Con la excepción del estereotipado mundo grecolatino, no ha sido frecuente en nuestra literatura el homenaje —que a veces es viva presencia avasalladora— a ámbitos espaciotemporales alejados de la realidad cotidiana. En la poesía reciente, han sido excepciones Víctor Botas (con su fijación por una idea corrosiva de Roma, o a través del mundo antiguo, presente en todos sus libros), Luis Alberto de Cuenca (con su temprano “In the days of King Arthur”, e incontables composiciones en las que se apiñan alusiones a los Mabinogion o La Vulgata, Egil Skallagrímsson o Jaufré Rudel, con otras a actrices de Hollywood o a personajes de comic) o Julio Martínez Mesanza (con sus mesnadas de endecasílabos blancos procedentes de Asiria o las Cruzadas).

Pero no es sólo el mundo de las tradiciones hiperbóreas el que compartirán los poetas de los que nos estamos ocupando. Cartago, que siempre había estado presente en la obra de Cirlot desde Canto de la vida muerta (1946) —“Cartago se parece a mi tristeza”— , y que aflora en los Poemas de Cartago de 1969, y en los textos que forman parte del recientemente publicado y reconstruido Libro de Cartago, cobrará una inusitada presencia en la obra del último Borges, hasta el punto de que la ciudad púnica aparece hasta un total de siete veces en los dos últimos libros suyos: La cifra (1981) y Los conjurados (1985).

Cirlot y Borges frecuentaron los mismos territorios, pero no son de ningún modo poetas de la misma estirpe. Uno, sin en absoluto carecer de inteligencia, antes al contrario, tiene una sensibilidad exacerbada y espinosa, y si se acerca al Medievo, al culto a las armas antiguas, al amor redivivo por una doncella (Bronwyn) que nunca existió, lo hace siempre con un pie en el vacío, con vértigo, con el terror que le producen sus propias obsesiones y visiones y sueños. El otro, aunque aluda reiteradamente a lo onírico, a las paradojas de las creencias religiosas y a esos hermosos artefactos verbales que son la épica germánica y la arqueología lingüística y literaria islandesa, aunque se vea atraído por la Cábala y la tradición hermética (como Cirlot, que las estudió a fondo), siempre lo hace de una forma especulativa (a diferencia suya), y nunca con él se cruza su propio Golem desatado ni paladea lo terrible. Borges fue dueño de una poderosa imaginación que aplicó a ese doble portento de su narrativa y su poesía, pero Cirlot, por el contrario, no necesitó imaginar nunca nada, ni narrar nada que no fueran sus sueños, pues era víctima de un mundo interior donde éstos campaban incontroladamente por sus respetos y las visiones se desataban sin ser invocadas, como sucedió cuando tras asistir a la proyección de El señor de la guerra el poeta sufrió el arrebato del que nacería su más inmortal obra dedicada a Bronwyn, en la que cristalizaron figuras anteriores como la doncella de las cicatrices, Anahit, Lilith, etc. En su poesía, Borges paseó por civilizaciones y filosofías, creencias religiosas y paradojas de la matemática o la lógica con una voz llena de curiosidad y conocimiento, dejando sólo para sus narraciones lo más inquietante y desazonador, que alienta en piezas como “Deustches Requiem” o esa paráfrasis que escribiera sobre un pasaje del evangelio de San Marcos. Pero Cirlot, cuando se asoma a Cartago o a Roma, visita la corte de Hamlet, príncipe de Dinamarca, o muere por una virgen del Brabante del siglo XI, transmite un desgarro interior muy distinto al de la serenidad de Borges, más cerebral siempre. Como Blake, con quien tiene tanto en común, no es Cirlot un escritor del corazón y los sentimientos, lo que lo situaría en un ámbito romántico; lo es del alma, o mejor aún, del ánima que sabe que existe pero no es. Algo que vibra con una angustia terrible, por ejemplo, en su libro Las oraciones oscuras:

Si soy para no ser y tengo para no tener; si perdí y fui mutilado; si he de ser aún quemado en la hoguera del Tiempo e ir abandonando todo; y si nada es mío, y creí que lo era; y aún lo creo, en falso, por error...

Si nada en mi persistencia ha de sobrevivirme; y si trabajo para la muerte y la sombra; y mis propios testimonios son ceniza y tristes trozos de mi muerte-en-vida; y si mi padecer y mi conciencia son lo mismo y como restos...

El poema “Things that Might have Been” de Borges conecta con una de las más personales ideas del mundo cirlotiano: lo no sido. Efectivamente, en la médula del pensamiento o agonía del autor de Donde nada lo nunca ni se hunde como una espada inquieta el cúmulo de potencialidades no realizadas, que ya estaba latente en ese libro de delicadísima hermosura de su primera época, no suficientemente valorado, que es Donde las lilas crecen.

Por su parte, “Momento”, que es para muchos pocos entre los que me hallo —we few, we happy few, we band of brothers— el compendio de la poética de Cirlot, y que tan buena fortuna ha tenido recientemente al ser doblemente incluido entre los mejores cien poemas de nuestra lengua, según criterio de Luis Alberto de Cuenca, y en una antología de la poesía amorosa debida a Luis María Anson (curiosa inclusión, al tratarse de un poema no de amor, aunque sí turbador como el que más de ese género), recoge una tendencia tan cara a Borges como es la de la enumeración caótica —o supuestamente caótica— en versículos que pasan de los libros de arte de la Edad del Hierro o sobre los Plantagenet o de Raimundo Lulio a las íntimas creencias sobre la reencarnación, la música de sus compositores favoritos o la memoria del autor y de sus campañas con Lúculo, Pompeyo o Sila. En el ya mencionado poema “Al iniciar el estudio de la gramática anglosajona” el argentino dice “a las ásperas y laboriosas palabras / que, con una boca hecha polvo, / usé en los días de Nortumbria y Mercia, / antes de Ser Haslam o Borges.” Ante tan elocuente parecido sobran los comentarios. Textos como “Insomnio” o “Mateo, XXV, 30”, “Elegía”, u “Otro poema de los dones”, “Un lector”, “El centinela”, acercan a Borges al Cirlot de “Momento” con sus catálogos de referentes de mitologías personales.

La visión del mundo de la antigua Germania era cíclica. En la Völsunga saga, impresionante narración mitológica inspirada en algunos de los cantos de la Edda Mayor, y en la que está en germen El anillo del nibelungo de Richard Wagner, asistimos a un relato de Odín, el señor de las runas, que abre y clausura la historia. En ella y en el canto de la Edda conocido como Sigrdrífumál (“Los dichos de Sigrdrfa”) se puede leer un número de estrofas relativas al saber mágico de las runas y el papel relevante que esta escritura tenía entre los antiguos escandinavos. Poe, que en “País de los sueños” habló de la última Thule, esa tierra de la que Odín era el dios máximo y sobre la que imperaba con sus cuervos (que no atendían al nombre de “Nevermore”, sino de Hugin y Munin), también usó la palabra runa, o más bien runic, “rúnico”, en ese prodigio verbal de intraducibles ecos que es su poema “The Bells” (“Las campanas”), milagro que sin duda hubieron de leer dos atentos seguidores de su obra como fueron Borges y Cirlot.

Curiosa compañía la que hemos convocado: un dios tuerto y un escalda invidente; otro poeta visionario, y un tercero que murió ciego —borracho— en Baltimore. Boston, Buenos Aires, Barcelona aliterando... Igual que un torques o brazalete con esas inscripciones antiguas, las runas, se cierra el círculo.

(Publicado en Clarín, 27, 2000)

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