domingo, 3 de febrero de 2008

De Álvaro Cunqueiro


Uno, que cuando pergeña estas líneas aún está ebrio por la lectura de Cuando el viejo Simbad vuelva a las islas, tiene que hacer un verdadero esfuerzo (el de los escritores de segunda que se niegan a serlo de tercera) para no imitar el estilo prodigioso de Álvaro Cunqueiro.

De nuevo deslumbrado por su prosa, trata uno, digo, de no ir tras de sus pasos dando tumbos torpes de pavo raso que quiere ser pavo real. Y es que el autor de Mondoñedo ostenta un raro privilegio: el de poseer una de las voces más personales y reconocibles de nuestro siglo, el de haber entrado a saco en el lenguaje para, como un Robin Hood galaico, dárnoslo, liberal, a los pobres.

He llamado a Cunqueiro autor, y por tal lo tengo, más que por escritor o escribano. Fabulador, hacedor de historias, narrador, narrador sobre todo. Pero narrador de los que ya no quedan, a lo tradicional, con regusto por contar —y oír contar— una historia. “¿No tiene pena de la vida quien en la larga noche no sepa decirse un cuento?”, Cunqueiro dixit. Bien podría haber nacido en Irlanda, un país que tanto comparte con el suyo, donde aún la gente se congrega alrededor de un buen fuego y un narrador que cautiva a su audiencia hasta la madrugada.

Como la Scherezade famosa o el Simbad éste, viejo y locuaz, que nos encandila. El que Cunqueiro escribiera se debe a contingencias y a un accidente llamado Gutenberg, con su secuela de prensas y ediciones. Y a que de algo tenía que vivir. Si no, puede que hubiera sido simplemente un narrador oral, un cuentista para unos pocos afortunados. Lo que nos da idea de las muchas maravillas que sin duda nos hemos perdido de autores anónimos: novelas, cuentos, que han quedado en el aire, que al aire van y el aire se lleva en su oralidad efímera, sin duda inolvidable y ya olvidada, con palabras de Borges.

Mucho se habla de realismo mágico. A pocos cuadra tan bien como a Cunqueiro. Ahí están para demostrarlo sus artículos o esas joyas de una página que son sus retratos de personajes gallegos y en los que se dan la mano tipos populares, provincianos, ordinarios, con las hadas, los portentos y ese otro mundo para el que no siempre tenemos ojos.

Otra de las cualidades de Álvaro Cunqueiro es su inaudita capacidad de invención, ese sacarse del magín lo que nunca ha visto: la Bretaña que no había pisado nunca, tan pormenorizada en Las crónicas del sochantre, el oriente de Simbad, del que nos llega el aroma de las especias y la sal de las singladuras. El sexto sentido de los celtas es la imaginación, como la que derrocha el anónimo autor de Uilix mac Aleirtis, la versión en irlandés medieval de las aventuras de Ulises, en las que las descripciones de una Grecia ensoñada se ofrecen con todo lujo de detalles, por lo demás inverosímiles. A él le habría gustado leerla.

Me llama ahora la atención una curiosa coincidencia, la que une a Flann O’Brien con Cunqueiro. Nacidos ambos el mismo año (1911), muchos son los paralelismos —más en espiral que en línea recta— que se me ocurren. Gaélico irlandés y gallego (que dicho sea de paso tienen tanto parecido como el sueco o el francés entre sí) fueron sus lenguas maternas, en las que publicaron parte de su obra y que más o menos abandonarían en favor de las lenguas dominantes inglés y castellano. También está el uso que ambos hacen de la tradición, a la que malean a placer y hacen contemporánea; su conocer y mostrar —no sin ironía— las almas de sus respectivos pueblos, tan suyos; el humor; la colaboración en prensa como medio de vida; el hacer, toda sabor, que su lengua nos acaricie el paladar. Los dos son para releer, el máximo don que puede recibir un escritor.

Dejando a O’Brien y cogiendo de nuevo el hilo de Cunqueiro, también recuerdo ahora que se ha dicho de su poesía que anda cerca del surrealismo. Puede ser. Pero en el gallego, el surrealismo es su realismo, tan suyo. Realismo mágico, como dije, y celta y anterior al de ese otro Breton.


(Publicado en La mirada, 123 (El Correo de Andalucía, 7.6.97)

2 comentarios:

Luis Valdesueiro dijo...

Excelente semblanza.
Saludos.

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Muchas gracias, Luis. Saludos desde una Sevilla algo galaica hoy por el nublado.