viernes, 1 de febrero de 2008

Los sonetos de Shakespeare


Alianza Editorial está a punto de sacar en su benemérita colección El Libro de Bolsillo una edición revisada de mi traducción de los Sonetos de Shakespeare. Me dicen los amigos de Renacimiento, donde salió la primera edición, que ésta está ya agotada. Aún quedan algunos ejemplares en librerías. Aunque sólo fuera por la hermosa presentación (no sólo la portada, a la derecha), trataré de hacerme aún con uno o dos, antes de que ya no sea posible.

Hace años pensé en editarlos en edición diferente, con el español en página par y con el impar texto inglés a la derecha. Para ese divertimento escribí estas líneas, que permanecían inéditas:

LIMINAR

Una vez compuestos mis sonetos, le pedí a un dramaturgo que no necesita presentación, William Shakespeare, que condescendiera a poner en su lengua mis poemas. A nadie se le escapa la calidad poética del autor de Stratford, al que tantos conocemos con el apodo de “El Bardo”, calidad probada no sólo en sus magníficas obras de teatro, sino también en composiciones como A Lover’s Complaint o Venus and Adonis, The Rape of Lucrece o -traduzcamos por una vez, que muy bien suena- El fénix y la tórtola. Le estoy profundamente agradecido por su dedicación y esfuerzo (de los que no soy merecedor en absoluto) a estos sonetos de amor que aquí hoy presento, y en verdad puedo decir sin temor a equivocarme que he tenido la inmensa fortuna de disponer de un traductor de lujo, que da el lustre de sus espléndidas versiones a lo que el magín de este oscuro poeta ideara.

Habiendo siempre sido admirador del autor de Macbeth, así como de otros contemporáneos suyos de esa edad dorada de las letras inglesas, como John Donne o Christopher Marlowe, por no hablar de los trasladadores del soneto italiano a aquella tradición, entre los que descuellan Samuel Daniel y Spenser tras la dignísima avanzadilla de Sir Thomas Wyatt y del Conde de Surrey, es lógico que estos sonetos míos guarden un dejo de aquellos autores admirados, bien que en mi español -un tanto arcaizante, lo reconozco-, guardan más de una similitud con los que en los siglos XVI y XVII compusieron por estas tierras Garcilaso y Lope, Herrera y Quevedo, y tantos otros ingenios a los que con mano pródiga favoreció la musa. Tampoco es extraño que reconociéndome un intenso admirador de Jorge Luis Borges haya escogido para mis sonetos el modelo estrófico del soneto que él tanto cultivó, que no es otro que precisamente el del soneto isabelino inglés, con tres serventesios y un dístico final o pareado. Pero -y aquí me declaro hijo de mi tiempo- en mi caso los sonetos carecen de rima; son entonces en endecasílabo blanco, un tipo de verso que anda más cercano del paladar del lector de hoy día, al que no quería fatigar con un elevado número de poemas -154 me salieron- cargados de unas rimas que, junto con el ya mencionado tono arcaizante y de raíz más o menos petrarquista -aunque con notables apartamientos de su pauta- podían quizás dar la impresión de ser un mero ejercicio estilístico, epígono de nuestros clásicos.

Y nada más lejos de la verdad. No por aceptar de buen grado el molde del soneto, mis poemas son menos sentidos, espontáneos o nacidos de una circunstancia íntima en la que no quiero adentrarme ahora pero que es fácilmente adivinable en la lectura de la serie completa, claramente dirigida a dos personas queridas en diverso grado y por motivos distintos: un admiradísimo amigo y una amante que... Pero bueno, esto ya es autobiografía y no creo que deba adentrarme ahora, desprotegido, por esa selva que embosca al corazón, tan vulnerable.

Vuelvo a mi colaborador en esta edición bilingüe: para acercar su traducción a las series sonetísticas de la tradición inglesa, entre sus muchos méritos está el haber añadido una magnífica estructura de rimas y musicalidad a lo que era endecasílabo blanco, dando prueba de su gran oficio y sensibilidad, ya de sobra demostrados en sus dramas. En ellos, ya ha empleado él ese verso blanco que es el continente de mis poesías, con magníficas tiradas memorables, como las de su predecesor y contrincante en la escena Marlowe, al que George Bernard Shaw ha llamado “el verdadero monstruo del verso blanco de su época”. Ahora él también il miglior fabbro, Shakespeare se acerca a Daniel o Spenser. Curiosa simbiosis. Estoy convencido de que estos sonetos podría firmarlos como suyos sin que en nada desmerecieran de su propia obra. A él le correspondería en ese caso todo el mérito, que yo no he sino aprendido en Petrarca, y sobre todo en el mismo autor de Romeo y Julieta u Othello, los altibajos de la pasión amorosa que aquí se dan cita, sus matices y sombras, sus contradicciones y torturas.

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