domingo, 10 de febrero de 2008

UN POETA SINGULAR




“Sólo se habla de los fracasados; el mundo se divide en dos categorías de hombres: los fracasados y los desconocidos”. Esto, que por supuesto es una hipérbole, lo dijo Francis Picabia acerca de la pintura. Sin embargo viene muy a propósito en el caso del poeta español Juan Eduardo Cirlot.

Hoy, tantos años después de su muerte, Cirlot sigue siendo prácticamente un desconocido, se diría que su poesía no existe, cuando es en realidad una obra excepcional en nuestra literatura. Cualquiera que hoy la lea en alguna de las ediciones parciales que de ella existen (¿para cuándo una edición completa de su poesía?) tiene, cuando menos, garantizada la sorpresa, cuando no el deslumbramiento.

Como el protagonista de la obra de Hermann Hesse, Cirlot fue un auténtico lobo estepario en nuestras letras. Pero, ¿en qué consisten su diferencia y su originalidad?

Nació en Barcelona en 1916, el mismo año que Blas de Otero y uno antes que Ricardo Molina. También los tres empezaron a publicar por los mismos años (hacia 1943), y si bien las fechas coinciden, en todo lo demás es enorme la disparidad. Blas de Otero es considerado como el máximo exponente de la llamada “poesía social” que vino a responder al grupo de poetas afectos al Régimen, lo que podríamos denominar garcilasismo oficial. La “poesía social” (Otero, Celaya, etc.) fue considerada durante mucho tiempo la principal, por no decir única, corriente poética alternativa de posguerra. Fue en 1976, con la publicación de Guillermo Carnero El grupo “Cántico” de Córdoba cuando salió al candelero otro tipo de poesía, que de una forma paralela a la social se había ido publicando aquellos años (Molina, García Baena, Bernier, etc.). Ésta era una poesía esteticista, barroca y sensualista.

Pues bien, éstos son los polos que a grandes rasgos delimitan nuestro mapa poético de aquellos años. Y surge una pregunta: ¿dónde colocar a Cirlot? Y la respuesta es inmediata: sin duda alguna, fuera del mapa, extramuros.

Juan Eduardo Cirlot nació en el número 2 de la barcelonesa calle Gerona el 9 de abril de 1916, dos domingos antes del Levantamiento de Pascua que sacudiría Dublín y sobre el que William Butler Yeats, con quien compartía apellido, escribiría “A terrible beauty is born” (“Ha nacido una terrible belleza”). Efectivamente, Juan Eduardo era hijo del militar Juan Cirlot Nieto (1886-1962), perteneciente a una familia de tradición castrense. El abuelo de Cirlot fue Juan Cirlot Butler (1843-1903), quien llegó a ser general y gobernador de Filipinas. Su madre, irlandesa, hija del vicealmirante Butler, había casado con Juan Cirlot y Espí (1816-1881), al que se conocía como brigadier Cirlot, que luchó contra los carlistas en la segunda guerra carlista. Lourdes y Victoria Cirlot, hijas del poeta, recuerdan que fue este brigadier Cirlot quien reunió los papeles sobre la familia que más tarde completaría Juan Eduardo Cirlot. Al parecer, este bisabuelo de Cirlot vivió siempre con la idea de vengar la muerte de su padre, el capitán Juan Cirlot (hacia 1785-1830), fusilado por el Conde de Barcelona, que era gobernador de Cataluña. Las hijas apuntan sobre esta prehistoria familiar: “No se sabe con certeza el origen del apellido Cirlot, aunque con toda probabilidad procede del sur de Francia. Hace años recibimos noticias de una familia Cirlot en la Provenza cuya ascendencia se remontaba hasta la Edad Media y recuerdo haber visto un documento del siglo XIII en donde se citaba a un comerciante de Marsella de nombre Cirloti”.

El linaje anglonormando de los Butler se remonta por lo menos a la Guerra de las Dos Rosas, y una importante rama de la familia tuvo su asiento primero en Carrick-on-Suir y luego en Kilkenny, cuyo imponente castillo habitó desde finales del siglo XIV. James Butler (1610-68), primer Duque de Ormond, fue un militar que jugó un importante papel en las turbulencias políticas y religiosas del siglo XVII, luchando contra los católicos y siendo nombrado Lord Lieutenant (Virrey) de Irlanda por Carlos I. Contribuyó a la modernización arquitectónica de Dublín y estableció el Phoenix Park en la parte norte de la capital.

La madre del poeta fue María Laporta Blanco (1894-1972), hija de Francisco Laporta (1864-1919), un comerciante cuya familia procedía de Port Bou y Culera, en la provincia de Gerona. Francisco Laporta tuvo una oficina de aduanas en el Paseo Colón de Barcelona, y a lo largo de los años se enriqueció y arruinó varias veces. Aficionado a la caza y al tiro de pichón, conoció en el transcurso de estas actividades al rey Alfonso XIII, con quien trabó amistad. En la familia se recuerda que el monarca, en sus charlas con Francisco Laporta, siempre alababa la belleza de la hija mayor de éste, María, la mayor de cuatro hermanas. Francisco Laporta no vio con buenos ojos el noviazgo de su hija con Juan Cirlot Nieto, pero al parecer la joven contrajo fiebres tifoideas y de alguna forma este hecho hizo que el padre diera su brazo a torcer.

En 1918, la familia de Cirlot se trasladó a la casa La Pedrera, una de las obras maestras de Gaudí, donde compartió un piso con los abuelos maternos. No sabemos hasta qué punto la sorprendente arquitectura gaudiana, con su recuperación de elementos simbólicos y medievales, pudo afectar a los años de formación de la sensibilidad de Cirlot, pero lo cierto es que la vivienda en que residió hasta 1920 está, sin duda, entre las más singulares de la ciudad condal. Los veranos de 1919 y 1920 los pasó la familia en San Julián de Vilatorta. En 1919 nació su hermana Maruja, a la que seguiría, en 1922, la menor, María Victoria.

En julio de 1968, Cirlot publicó en Papeles de Son Armadans sus “Poemas familiares”, un grupo de seis composiciones dedicadas, como su título indica, a miembros de su familia. “A mis antepasados militares” homenajea a esa rama de la familia paterna a la que invoca diciendo:

Os prefiero

entre todas las sombras

que precedieron, vívidas, mi antorcha.

Perdonad que me acerque hasta vosotros

sin ser lo que pudisteis

ser.

Luego, en el dedicado al padre, escrito varios años después de su fallecimiento, muestra sus diferencias con él y el deseo de haber sido lo que éste esperaba de él, pues, ahondando en lo ya expuesto en el poema sobre sus antepasados militares, en el que llega a disculparse por haber tomado otro camino, dice:

De niño

tal vez sintiera envidia

ante tus condecoraciones,

tu uniforme

y tu espadín viviente.

Luego tú les temías a los libros,

mientras eran mi clave y mi victoria

dormida todavía entre las sordas

palabras de los textos.

Los poemas dirigidos a la madre y las hermanas están llenos de ternura y carecen por completo de la aspereza de los textos escritos para los familiares masculinos, si acaso muestran un poco de amargura y remordimiento por no haber mostrado el agradecimiento suficiente a su madre. A sus hermanas les habla con estas palabras:

Protectoras amigas de la infancia

gemelas, diferentes, ocupadas

en perdonar mis apartamientos luego,

cuando mi dios me quiso como soy.

De 1922 a 1925, Juan Eduardo asiste al Colegio Loreto, donde realiza sus estudios primarios. El bachillerato lo hará de 1926 a 1929 con los jesuitas de la Calle Caspe. Allí se originará su pasión por la antigua Roma, materializada en las coronas de laurel para premiar a los buenos alumnos, y que él recuerda que cuando sólo tenía tres años ya le otorgaba su abuelo. Los recuerdos de Cirlot de aquel colegio fueron muy buenos, en especial le gustaban las ceremonias, y fue buen alumno, aunque no el mejor de su clase. Las vacaciones de su infancia tenían lugar en Villa Blanca, una casa en la que veraneaba con su familia en San Cugat. Allí, su tía Mercedes, hermana menor de su madre que permanecía soltera, le hacía espadas de madera, y cuentan sus hijas que torturaba a saltamontes, por los que más tarde sentiría terror (como temiendo la venganza de éstos, sugieren sus hijas).

A San Cugat volvería muchas veces después, solo o en compañía de su mujer e hijas. En 1931, a los quince años, por decisión familiar, comienza a trabajar en una agencia de aduanas, dejando esa colocación al año siguiente. Sus aficiones de la época eran la numismática, con su gusto por las monedas antiguas, y los jeroglíficos egipcios. En 1933, entra en el Banco Hispanoamericano, donde permanecerá hasta 1936. El trabajo en el banco fue duro para Cirlot, por lo que tenía de alienante para él, pues siempre detestó el trabajo de oficinista. Este trabajo en el banco le impidió continuar sus estudios y nunca llegó a cursar carrera universitaria alguna; sin embargo, en esta época comenzó sus estudios musicales en la academia del maestro Ardévol, que no estaba lejos del Ateneo barcelonés. Allí comenzó estudios de piano y se interesó por la composición, llegando a escribir varias piezas de las que nada se ha conservado, aunque alguna fue estrenada en el Ateneo. Modest Cuixart asistió a uno de esos estrenos, tras el que fue destruida la partitura.

En el boceto biográfico publicado por sus hijas en 1997, sobre el que estas páginas se basan en gran medida, se comenta que Cirlot había tenido ya cierto trato con la música en el seno de su propia familia: una hermana de su padre, la tía Emilia, era una consumada pianista cuya timidez impidió que se dedicara profesionalmente a la música. Otra tía paterna, Herminia, estaba casada con un alemán, Dauer, que fabricaba juguetes de madera. Lourdes y Victoria Cirlot, que se hacen eco de las Navidades celebradas al estilo alemán en aquella casa, con San Nicolás y demás tradiciones germánicas, sugieren que tal vez esto influyera en la elección del Colegio Alemán por parte de Cirlot para la educación de sus hijas. En 1937 es reclutado por el ejército republicano, bajo cuya disciplina no estuvo mucho tiempo, pues poco después se pasó a los nacionales. Por esas fechas comienza a llevar un diario íntimo, que destruirá, y también sus primeros ensayos poéticos. Al final de la guerra es internado en un campo de concentración, del que sale el mismo año 1939, aunque poco tiempo después es movilizado de nuevo por el ejército de Franco, quedando destinado en Zaragoza hasta 1943. La guerra, aunque le impidió seguir con sus estudios musicales, no supuso ningún trauma para Cirlot, quien años después llegaría a hablar con nostalgia, según sus hijas, de lugares en los que había estado durante la contienda, como Miraflores de la Sierra. En Zaragoza, Cirlot se relaciona con intelectuales de la ciudad, y entra en contacto con José Camón Aznar, Mariano Gaspar y Alfonso Buñuel, hermano de Luis, el cineasta. Con Alfonso, que le abre su biblioteca en la que abundan los libros y revistas de arte de vanguardia y surrealismo, traduce poemas de Paul Eluard, André Breton y Antonin Artaud, versiones que no llegarían a publicarse.

Veo que este artículo, que prometía decantarse por los rasgos distintivos de Cirlot, se ha adentrado prolijamente en lo biográfico, sin lo cual, no obstante, no podríamos entender del todo su obra. Regresando a su poesía, sus primeros poemas, inéditos, son de 1937, y desde que en 1942 da a la imprenta sus dos primeros poemarios hasta 1972 (fecha del último) su evolución poética hace de su obra, como señala Leopoldo Azancot, una de las voces más personales de nuestra literatura. En su poesía no sirven los esquemas cartesianos: nos encontramos ante una poesía visionaria que linda a partes iguales con el último surrealismo y las vanguardias, sin caer en ninguno de ellos, los cuales son sólo punto de arranque para su genial hallazgo: la poesía permutatoria y otras experimentaciones que desemboca en el ciclo Bronwyn, cima de su carrera artística que queda muy por encima de la mera literatura.

Bronwyn es otra cosa. Es un largo poema, necesariamente fragmentario, que fue creciendo en sucesivas ediciones. Se ha dicho muchas veces que los verdaderos poetas están siempre escribiendo el mismo poema. Así, Cirlot. Observa José Olivio Jiménez en el prólogo a la poesía completa de Antonio Colinas que el poema extenso es “un tipo de composición cuya historia no es muy abundante en la moderna lírica hispánica”. Sin embargo, ahí están junto al vasto Bronwyn la formidable Elegía Sumeria, densísima de símbolos, y el más breve pero magnífico y también largo Susan Lenox, que es la actualización en el ahora del poeta del eterno femenino que era Siduri en el Poema de Gilgamesh.

Bronwyn, una doncella céltica de la Edad Oscura, es para cualquier mortal simplemente el personaje de una película, El señor de la guerra. Vista por Cirlot es la encarnación visible de la mujer primordial. Pero del ánima, de la shekina hebrea, y de tanto que no se limita a una única tradición. Y desde ese momento su poesía es quête, una búsqueda de ella lo mismo que en la Edad Media se buscaba al Grial. Bronwyn no es alegoría de nada; es una visión, un símbolo, y Cirlot, reconocido experto internacional en la materia, sabe de la riqueza irreductible de éstos. Como ha dicho Octavio Paz, “el símbolo opera en dirección opuesta a la alegoría”, y mientras ésta es algo deliberadamente artificioso, el símbolo se impone, no es patrimonio del individuo. Precisamente por eso, el fogonazo en el lector, la sacudida en su equilibrio: se despierta el subconsciente colectivo. Nos habla de algo que no sabíamos que sabíamos.

Ya desde sus primeros poemas, antes incluso de contactar con Schneider o formar parte del grupo Dau al Set, antes de que Carlos Edmundo de Ory lanzase el manifiesto del postismo (1945), Cirlot ya es él mismo, ya hay en su poesía la impronta visionaria y metafísica. Adentrarse en el simbolismo tradicional es un viaje para el que no hay retorno. No se puede mirar el mundo de igual manera una vez que se ha empezado a vislumbrar la otra realidad, o el “no mundo”, en expresión de Cirlot. Es imposible que no cambie la percepción de un hombre que como él ha leído a Guénon, a Evola, a Coomaraswamy. Notable es en particular el paralelismo con Julius Evola, que en sus primeros años se vio también atraído por el arte de vanguardia y el dadá. Cirlot, historiador y crítico de arte, y defensor del arte abstracto, como Evola simpatizó con la corriente esotérica del fascismo, llegando a colaborar en la revista prohitleriana CEDADE y demandar la libertad para Rudolf Hess, hechos que hoy pueden parecer réprobos pero que no disuenan en un poeta —como Gottfried Benn, como Robert Brasillach, también cinéfilo como él— maldito y heterodoxo hasta la médula.

Sus intereses y sus profundos, sorprendentes conocimientos, abarcaron numerosos campos: arquitectura, escultura, pintura, música, poesía, simbolismo... Con todo, Cirlot no fue un humanista, y menos “un hombre del Renacimiento”. Como un verso de Borges, fue “una espada con runas”.

En lo formal, destaca la riqueza sin par de su obra (sonetos, largos poemas en alejandrinos, poemas visuales, aliterativos...). Una riqueza en la que coincidió con muchos de los jóvenes poetas que comenzaban a publicar a fines de los años sesenta, con el experimentalismo de muchos de ellos. Pero con ser importante la innovación de los novísimos y aledaños, ésta palidece a la vista de ciertos poemas suyos, así el poema “Sacramento” de Félix de Azúa (poema circular como muchos de Cirlot) o el poema “La presa del lago”, también de Félix de Azúa. Igualmente nos recuerdan a él composiciones de José Miguel Ullán, como el poema visual y aliterativo “Verso armado”.

Ahora empieza a concedérsele la importancia que sin duda tiene, pero aún se ve lejano el día en que se le reconozca como lo que es: si no uno de los tres o cuatro mejores poetas españoles del siglo XX, sí uno de los más importantes, atrayentes y profundos.


(Texto inédito de hará dos o tres lustros)

1 comentario:

Alfredo Godínez dijo...

Luz y sólo luz me da tu texto. hace no mucho me he acercado a Cirlot, gracias a la recomendación que un amigo escritor, Pedro Ángel Palou, me hizo del poeta.
Tarde en tener los tres tomos reunidos, que conforman la obra completa de Cirlot, publicados por Siruela.
Tengo las ganas de hacer una tesis sobre él, pero en Puebla, Pue. México no hay mucho material acerca de él. De repente en Internet encuentro cosas y las voy guardando para usarlas, espero pronto. Tu texto me da esperanzas.